Animal Político · 2 de octubre de 2026
Buena parte de la vida diaria se sustenta sobre creencias y expectativas, razonables aun si quienes las sostenemos no nos preocupamos por entender a cabalidad los principios y procesos que tras ellas subyacen. Usted y yo abrimos el grifo y esperamos agua potable sin necesariamente entender ni de la red de distribución ni de mecánica de fluidos.
La persona promedio no precisa un conocimiento profundo en motores eléctricos o de combustión para esperar que tal o cual medio de transporte le ayude a llegar a su destino.
De esta misma manera, aun sin esperar del individuo de la mayoría una comprensión finísima de la ciencia política, sigue siendo razonable su expectativa de que el poder del Estado se traduzca en seguridad para los habitantes del respectivo territorio. Esto no siempre pasa.
A la creencia básica en que un Estado ha de proveer seguridad a sus ciudadanos, se suman otras vinculadas al principio democrático de igualdad. Si somos todos iguales políticamente, ¿cómo habrá de tolerarse la exclusión, la falta de oportunidades, la imposibilidad de que todos gocen, siquiera, de la misma seguridad? Y sin embargo estas expectativas y creencias continuamente se estrellan, no sin sobrecogedoras consecuencias, contra la aturdidora experiencia de miles de latinoamericanos.
En Democracia y Mercado, Adam Przeworski explicaba que en Estados cuyo paso hacia la democracia es reciente y que, por tanto, precisan realizar importantes reformas, la inestabilidad, aun si transitoria, que sigue a éstas suele derivar en inconformidad popular en contra de la democracia misma. Ahí emerge, dice Przeworski, la “tentación autoritaria”, la seductora idea de abandonar la democracia con tal de acceder a una estabilidad que, sin embargo, no está garantizada. Me parece que hoy esa tentación vaga por Iberoamérica alimentándose del desencanto que se achaca a la democracia cuando los estados no logran proveer seguridad y defender la vida y la integridad de sus habitantes.
¿A usted cuántas personas le han dicho que en México “necesitamos a alguien como Bukele”? ¿Cuántos comentarios ha encontrado en la Internet clamando por medidas contundentes, a veces contrarias a la dignidad humana, que erradiquen el azote del crimen organizado?
No obstante, a las propuestas abiertamente autoritarias, antidemocráticas, hay que sumar otras que, aunque intolerantes del pluralismo y afectas a la “mano dura”, siguen reclamando para sí el título de democráticas porque –según dicen– hablan, actúan y trabajan por “el pueblo”. Autor controvertido de la Alemania del siglo XX, Carl Schmitt discutió si democracia y dictadura son mutuamente excluyentes o, si por el contrario, pueden coexistir. Después de todo, él veía que en el caso histórico de la República Romana el dictador se concebía como instrumento para solucionar crisis y emergencias ejecutando disposiciones inmediatamente, sin la obstaculización de otras instancias jurídicas. Por cuanto para Schmitt la democracia implica “identidad de gobernantes y gobernados, de los que mandan y los que obedecen”, llega a la conclusión de que, contrario a lo que dicta la creencia general, hay compatibilidad entre dictadura y democracia. Quedaría así justificada una democracia totalitaria, en la cual se suprime cualquier forma de liberalismo y, en pro de la homogeneidad del “pueblo”, se abandona la tolerancia política. Y con esto, habría de conseguirse la función primordial del Estado como poderoso Leviatán: el éxito concreto e instrumental en materia de seguridad.
Sea que la tentación que ofrece seguridad se presente bajo el disfraz del “gobierno del pueblo” o abiertamente como propuesta autoritaria, el precio a pagar resulta altísimo en términos de libertades y derechos. Sin constituir en sí paraíso alguno, el pluralismo democrático no es incompatible con un Estado capaz de garantizar seguridad y oportunidades. Sin embargo, no será fácil reconstruir y fortalecer esta creencia para no ceder a los embaucamientos autocráticos. Hace falta escucha y diálogo, tanto más con quienes han sufrido el desamparo o, peor aún, los abusos del Estado. En la defensa de la democracia frente a las propuestas autoritarias, son la discusión plural y la escucha a la crítica herramientas necesarias
*Francisco Miguel Alatriste Montiel es licenciado en Relaciones Internacionales y miembro del Seminario sobre Violencia y Paz de El Colegio de México..