Seguridad, elecciones y posverdad

blogeditor · 1 de febrero de 2021

Seguridad, elecciones y posverdad

Toca hacernos otra vez hacer la difícil pregunta: ¿para qué sirven las elecciones, si de mejora de la calidad de la democracia se trata? La respuesta es cada vez más difícil.

Ya empezó la absurda, superficial y destructiva serie interminable de spots asociados a las campañas electorales del 2021. Es absurda precisamente porque no parece tener sentido para mejorar la calidad de la democracia, es superficial porque se enfoca en reducir el proceso a una competencia de mensajes sin propuestas sólidas y es destructiva porque se juega más la capacidad de daño a la credibilidad del adversario y menos la construcción de alternativas a favor de la gente.

Todavía no encuentro a alguien que me diga confiar en los partidos políticos y las únicas opiniones a favor de la maquinaria electoral las recibo de quienes viven de ella. Los partidos políticos han sido percibidos entre las instituciones más corruptas y menos confiables por la mayoría de la sociedad en estudios de opinión nacionales e internacionales desde hace décadas.

Lo pregunté en reciente entrega y lo vuelvo a preguntar ahora: ¿para qué sirven las elecciones? Toca insistir en esto porque el sinsentido de las elecciones, desde el punto de vista del beneficio al electorado a través de la competencia para construir una democracia de mejor calidad, parece agudizarse.

Lo analizo desde el punto de vista de las políticas de seguridad. Si miramos hacia atrás, lo que ha venido sucediendo es que en las elecciones es casi imposible encontrar una propuesta de campaña seria, fundada en el conocimiento científico y en la experiencia de los gobiernos y de la sociedad. Vaya, las plataformas que registran los partidos muchas veces ni siquiera pretenden hacernos creer que saben de lo que hablan cuando se refieren a la seguridad y las violencias. Una de las más claras muestras de ello es la ausencia de diagnósticos y propuestas basados en evidencia.

Solo que ahora hay nuevas herramientas para que los partidos políticos se acomoden en esa zona de confort que supone aparentar que se tiene idea de lo que se habla, sin mayores costos. Enfocado cada vez más el ejercicio del poder público en la construcción del espectáculo, viene echando raíces el discurso que, ya sin disimulos, descalifica de plano las políticas públicas basadas en evidencia. Son los tiempos de la posverdad; cualquier versión de la realidad es verdad o ninguna según se quiera creer, haya o no conocimiento alguno detrás de cada una de ellas.

Es cierto, la crítica a la instrumentalización del conocimiento disciplinar en beneficio de las élites es fundamental y debe llevarnos a la resignificación y reconstrucción de lo que entendemos como el saber válido, abriendo paso e incluso colocando en el centro el conocimiento a disciplinar, especialmente el de las poblaciones más vulneradas, marginadas y silenciadas. De eso no hay duda.

Pero de ahí a tirar a la basura el conocimiento disciplinar que ha venido nutriendo las políticas públicas, hay un enorme trecho (para no ir más lejos, piénsese en la pandemia sin el recurso de las ciencias detrás de la vacuna contra el COVID-19). Lo que no se quiere hacer, desde esa postura política maniquea que vive del blanco y negro y apuesta por crecer sobre los hombros de la polarización, es distinguir, diferenciar cuándo, desde dónde y cómo el conocimiento disciplinar ha funcionado para beneficiar a las élites y cuándo ha sucedido justo al revés. Mirar lo grises, vaya.

Si las políticas de seguridad en México suelen ser una especie de “zona libre de evidencia”, como alguien dijo, las campañas son el paraíso dentro de esa zona, porque no solamente se tira a la basura la relación entre la seguridad, las violencias y las ciencias, sino además se usan enormes recursos para terminar reconociendo el triunfo de quien, igual que los perdedores, no enseña idea sólida alguna sobre cómo reducir las violencias.

Miren estas palabras del director saliente del Washington Post:

“El mayor desafío al que nos enfrentamos es que, como sociedad, no podemos ponernos de acuerdo en una serie común de verdades. La gente ha de estar en desacuerdo sobre los retos a los que nos enfrentamos, sobre cuáles deben ser las respuestas, en eso consiste una democracia. Debemos tener un debate vigoroso y vibrante. Pero necesitamos operar desde una serie común de hechos. Y hoy en día ni siquiera podemos ponernos de acuerdo en lo que pasó ayer. Uno debe preguntarse cómo puede funcionar la democracia en un ambiente así”.

Marty Baron se refiere al reto principal desde el periodismo; pero en realidad el desafío es para todas las personas interesadas en construir acuerdos de convivencia de cualquier naturaleza, creo.

Ya la tenían fácil las y los candidatos y los partidos, compitiendo y ganando sin esfuerzo serio alguno para descifrar la complejidad de la seguridad y las violencias, y construir rutas de salida; ahora, montándose en estos tiempos de posverdad, la tienen aún más fácil.

Si las ciencias no son más que instrumento del poder para beneficiar a las élites, como se quiere hacer creer desde el discurso más polarizado y polarizante, entonces acabemos con ellas; lo de menos es entregar el poder, otra vez, a quien no tiene idea fundada alguna sobre cómo enfrentar esta terrible, prolongada y desfondada crisis de violencias. En todo caso, igual el voto vendrá. Tiempos de posverdad.

@ErnestoLPV