Redacción Animal Político · 17 de julio de 2020
Seguramente el experimento se ha hecho: pedir a seguidores de dos equipos de futbol que miren las escenas de una falta sancionada con un penalti, sin saber qué equipo es el que violó el reglamento y cuál el que tirará a gol, y preguntarles si la falta es justa o no; y luego hacer lo mismo, pero sabiendo las personas consultadas de qué equipo se trata en cada caso.
Por qué dos personas ven lo mismo y piensan diferente, según el contexto de cada una, es una pregunta que tiene cualquier cantidad de respuestas desde múltiples disciplinas; pero el punto es que un mismo acontecimiento puede ser interpretado de muchas maneras a partir de cuestiones subjetivas. No es penal cuando es contra nuestro equipo, sí es penal cuando es contra el equipo contrario. Pero sin mirar las camisetas que enseñan de qué escuadra se trata, la percepción acaso será otra.
Me pregunto qué pasaría si se hiciera un experimento similar, pero relacionado con la seguridad ciudadana: pedir a las personas que evalúen los resultados de tal o cual política en la materia, sin saber qué camiseta porta el gobierno del que se trate, y luego pedir que la evalúen sabiéndolo. Acaso nos llevamos sorpresas mayores.
Encuentro que los gobiernos y la sociedad están muchas veces mirando el color de las camisetas y muy pocas veces mirando los resultados en seguridad, de manera que las discusiones y las percepciones parecen estar sesgadas una y otra vez por la ponderación política, más que por la ponderación de la política pública.
Entonces la conversación, en vez de medir los resultados, mide las simpatías. Es tan claro como que unas y otros defiende o critican ferozmente tal o cual sexenio federal, independientemente de que, sea cual sea la camiseta, la agudización de las violencias es justamente transexenal.
La conversación es sobre las creencias, quedando los hechos invisibilizados, justo ahora que hay más disponibilidad que nunca de evidencia empírica que mide, precisamente, los hechos.
Los partidos políticos y los gobiernos lo saben y muchas veces lo usan, haciendo de su discurso una invitación a creer, de manera que la rendición de cuentas, en estricto sentido, queda crónicamente debilitada. Y si los homicidios violentos, los feminicidios, la violencia escolar o tantas otras violencias se multiplican, al final es lo de menos si el discurso y la discusión logra colocarse del lado de las filias y fobias políticas.
Por eso es rentable sembrar la división entre la sociedad y así distraer a la inmensa mayoría del fondo del asunto, esto es, que el Estado se ha quedado atrás ante la evolución de las violencias y en general no cuenta, traiga la camiseta que traiga, con la caja de herramientas acorde a este país que, en términos de conflictividad, ya es otro.
Habría que quitarle la camiseta a la seguridad ciudadana y aprender a ponderar y a conversar sobre lo que funciona y lo que no.
La otra es seguir dando vueltas a la catástrofe de las violencias apostándole a las creencias.