alejandrohopeeditor · 7 de septiembre de 2012
Ayer, el oriente del Valle de México entró en pánico por una cadena de rumores en redes sociales sobre presuntas balaceras, enfrentamientos y atentados en Iztapalapa, Ciudad Nezahualcóyotl y otras localidades. Cerraron escuelas y comercios, la gente se escondió en sus casas, pararon varias líneas de transporte público. Lo interesante del asunto es que, según las autoridades, no hubo nada excepcional que reportar: nada de balas, nada de muertos (salvo los habituales), nada de convoys con gente armada, nada de nada.
No sabemos aún como iniciaron esos cuentos (hoy se reporta la detención de cuatro personas por “propagar rumores”, algo similar a lo sucedido en Veracruz hace algunos meses). No sabemos aún si fue obra de bromistas de mal gusto o una manipulación deliberada para desviar la atención de las autoridades. Lo que si sabemos es que el rumor se expandió porque resultaba creíble. Y resultaba creíble porque, en otros estados y en otras localidades, esas cosas sí suceden: un día sí y otro también, hay balaceras en Reynosa, bloqueos en Guadalajara, enfrentamientos armados en Acapulco. Y también, porque el oriente del Valle de México ha sido escenario de varios incidentes de alto impacto en las últimas semanas: si son posibles los ataques a balazos contra bares o la aparición de cadáveres en la calle, con señales de tortura, tiro de gracia y mensajes de la “Familia Michoacana”, ¿por qué resultarían notoriamente inverosímiles los rumores de ayer?
La oleada de pánico de ayer arroja varias lecciones:
Que tengan buen fin de semana.
PD: he andado de desobligado con mis cinco lectores habituales. En descargo, les cuento que he andado de aeropuerto a hotel a aeropuerto casi sin descanso. Pero espero que ya la semana que entra, tenga un poco más de tiempo para platicar con ustedes sobre la plata y el plomo. Gracias por su paciencia.