blogeditor · 24 de marzo de 2021
Primero vinieron por los socialistas, y yo no dije nada, porque yo no era socialista.
Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no dije nada, porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los judíos, y yo no dije nada, porque yo no era judío.
Luego vinieron por mí, y no quedó nadie para hablar por mí.
Martin Niemöller
Ya son 10 años. El 28 de marzo de 2011 fueron asesinados en Cuernavaca Juan Francisco Sicilia Ortega y seis amigos suyos: Julio, Luis, Gabriel, Jesús, Álvaro y Socorro. Esta brutalidad que ya era una constante en nuestro país marcó el inicio de la primera gran articulación nacional de víctimas de la absurda guerra contra las drogas: el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD).
Las víctimas venían ya organizándose regionalmente, pero el MPJD logró articular la indignación y dolor que penetraba todo el país. En su primera declaración, Javier Sicilia afirmó que “lo que hoy quiero decirles desde esas vidas mutiladas, desde ese dolor que carece de nombre… desde ese sufrimiento, desde la indignación que esas muertes han provocado, es simplemente que estamos hasta la madre”. A los pocos días Javier publicó en Proceso el primer texto de lo que sería el MPJD, ¡Estamos hasta la madre! Carta abierta a políticos y criminales. En este texto quedó plasmado el sentir de buena parte de la población: “Estamos hasta la madre de ustedes, políticos… porque en sus luchas por el poder han desgarrado el tejido de la nación… estamos hasta la madre porque la corrupción de las instituciones judiciales genera la complicidad con el crimen y la impunidad… de ustedes, criminales estamos hasta la madre de su violencia… de su crueldad, de su sinsentido”.
Le siguieron marchas, protestas, caravanas, textos, discursos, poemas, desgarradores testimonios e incluso propuestas. El resultado: nada, más horror. Se acumulan las víctimas por cientos de miles mientras la clase política, toda ella, permanece en la indolencia y los medios y opinocracia miran solo de reojo el abismo. Diez años y seguimos en las mismas. ¡Seguimos hasta la madre!
México solo continúa cavando el hoyo en el que cayó cuando inició la guerra contra el narcotráfico. Se ha sumido más en él por gobiernos federales y estatales que solo mantienen la inercia. Los partidos políticos, de todos los colores, han quedado a deber, han puesto por delante sus intereses. Las redes criminales, de protección política y de corrupción se mantienen sólidas. Se pretende engañar atiendo casos emblemáticos con escasos resultados.
Es necesario detenerse y recordar el surgimiento del MPJD que aglutinó a distintos sectores, algunos de ellos hoy en gobierno, para enfrentar al horror desde la ciudadanía y apostó por generar conciencia social apelando a que las instituciones y los funcionarios asumieran el rol que les corresponde. A diez años se logró poco o nada. La gobernabilidad está en riesgo, la democracia y sus instituciones se tambalean mientras los asesinatos, los feminicidios, las desapariciones, las fosas, la tortura y el desplazamiento forzado siguen en aumento. La militarización del país crece a la par de la brutalidad y el horror normalizado.
Las víctimas de las violencias han intentado dialogar y construir con gobiernos federales del PAN, PRI y ahora Morena. En lo local con el resto del abanico político. Los resultados son los mismos. AMLO traicionó su compromiso de construir una política de seguridad, justicia, verdad y construcción de paz. Engañó y se atrincheró discursivamente y con ebriedad ideológica ante las víctimas de las violencias, del despojo a pueblos originarios y de manera más burda ante el movimiento feminista. En el olvido y abandono quedó la propuesta de justicia transicional (http://www.cmdpdh.org/publicaciones-pdf/cmdpdh-justicia-transcional-2019.pdf) construida con el actual gobierno durante la transición junto con diversos sectores de sociedad civil y víctimas convocados por el MPJD.
En este momento debe quedar claro que los políticos han renunciado a construir la democracia, paz y unidad nacional; solo queda esperar que la ciudadanía se organice y a partir de una agenda ciudadana trace los acuerdos mínimos que pueden lograr la unidad para reconstruir al país y frenar el desastre.
Sólo una gran fuerza social puede conmover al país. Para lograrla tenemos que anteponer los intereses generales a los individuales y, teniendo en cuenta los tiempos del poder, no sujetarnos a sus agendas ni a sus condiciones, sino plantear los propios para obligarles a cumplirlos.
Es momento, no quedan muchas oportunidades, para desatar un proceso de articulación entre las comunidades en resistencia, las víctimas de la violencia y sus familiares, los pueblos originarios, el movimiento feminista, las organizaciones populares y comunitarias y las organizaciones de sociedad civil. A la que deben sumarse los medios, la academia, la comunidad artística y cultural, las empresas e iglesias. La nación se desgarra y no hay tiempo para relativizar.
La agenda mínima debe abordar la defensa de la democracia y sus instituciones; optar por un modelo de seguridad ciudadana; implementar una agenda seria de verdad, justicia, búsqueda de personas desaparecidas, reparación y construcción de paz; respeto a la autodeterminación y defensa de la tierra y territorios de pueblos originarios; priorizar la agenda de cambio climático; respetar la migración y el refugio; acabar con la impunidad, la corrupción y el modelo económico rapaz. Suena complicado, pero hay mucho avanzado desde la ciudadanía.
De lo contrario, seguiremos hasta la madre mientras la clase política y criminal termina por destruir lo poco que queda.
@dayan_jacobo