¿Se agota la esperanza?

Redacción Animal Político · 19 de noviembre de 2024

¿Se agota la esperanza?

“Como no creo en el futuro, sino en la eternidad del presente, me puedo dar el lujo de ser optimista”.

Raimon Panikkar

Al asentarse el polvo, poco a poco vamos aclarando el escenario de lo que se viene. Escribimos estas líneas entre tres eventos COP (Conferencias de las Partes sobre Cambio Climático), que marcan muy bien la distinción entre los dos caminos a seguir ante la bifurcación del capitalismo. Por un lado, la COP16 en Cali, Colombia, a pesar de haber movilizado un importante número de grupos indígenas y de alcanzar algunos acuerdos importantes –como el de garantizar una voz y voto permanente a los pueblos indígenas en torno al uso de recursos genéticos–, los instrumentos operativos de la COP, ahora renombrados como ‘soluciones innovadoras’ continúan siendo las mismas propuestas que buscan la articulación de mercado a través de créditos y con las cadenas de valor del capitalismo. La transferencia de créditos y el flujo de financiamiento son esas infames herramientas del amo que, como nos recuerda Audre Lorde –a veces como un mantra y a veces como una espada de Damocles–, no nos permitirán destruir la casa del amo.

La COP29, celebrándose en Azerbaiyán, expone nuevamente las contradicciones de estos encuentros, al tener lugar en un país profundamente dependiente de la explotación de hidrocarburos. Tras casi 30 cumbres internacionales, las emisiones de gases de efecto invernadero han aumentado en casi un 70 %, evidenciando la ineficacia de los acuerdos alcanzados y del propio modelo en el que se buscan. Con la participación de 1,700 delegados de empresas petroleras y 500 representantes de la industria de captura y secuestro de carbono, las metas actuales proyectan un aumento de temperatura global que superará los 2.7°C para finales de siglo, muy lejos de los límites de 2°C —y aún más de 1.5°C, que ya han sido superados de facto. Si las tendencias continúan, los países desarrollados necesitarían 220 años para alcanzar emisiones cero absolutas sin recurrir a soluciones falsas como la geoingeniería o los mercados/créditos de carbono. Además, deberían destinar un billón de dólares (trillones en inglés) anuales para compensar su deuda climática con el Sur Global. A pesar de la gravedad de esta crisis, la COP29 comenzó con declaraciones del presidente de Azerbaiyán, quien describió a los combustibles fósiles como un “regalo de Dios“, provocando críticas de figuras como Ban Ki-moon, Christiana Figueres y Mary Robinson, quienes declararon que la COP ha dejado de cumplir sus objetivos… algo que muchxs llevamos señalando por décadas.

En medio de estos dos encuentros, la elección de Donald Trump emergió como una gran sombra que revela un panorama cada vez más preocupante, con importantes implicaciones para la crisis climática y el Sur Global. Aunque su victoria representa una amenaza fascista, no es un mandato popular hacia el fascismo, sino el síntoma de un sistema político desgastado. El Partido Demócrata se ha limitado a una adhesión superficial a las políticas de identidad, mientras que el Partido Republicano ha adoptado un neoliberalismo reaccionario disfrazado de populismo. El rechazo a la administración de Biden refleja algo más que un simple respaldo por Trump; pone de manifiesto no sólo su activa complicidad en facilitar un genocidio en Gaza, sino también su incapacidad para abordar las múltiples crisis: ecológica, democrática, institucional, climática y de sentido. Este descontento evidencia la falta de alternativas al neoliberalismo, que persiste tanto en su versión inclusiva como en su forma autoritaria y reaccionaria. Culpar únicamente al racismo o al machismo por el rechazo a figuras como Kamala Harris ignora el problema de fondo: la incapacidad del liberalismo democrático para responder a las crisis estructurales que enfrenta y la adopción de una capitalismo cada vez más violento como un inamovible.

Lejos de marcar el fin del neoliberalismo, estamos presenciando su evolución hacia formas más autoritarias y destructivas. Este “neoliberalismo reaccionario” busca pasar del biopoder —el control de la vida— al geopoder, un intento de dominar los sistemas planetarios, con la guerra cada vez más central como herramienta de acumulación. Decisiones de la Suprema Corte de Estados Unidos como revertir el caso Chevron Deference, que obligaba a los tribunales federales de Estados Unidos a deferirse a la interpretación de una ley o estatuto a una agencia gubernamental, marca una nueva etapa que permitirá darle libertad absoluta a las corporaciones para dictar su propia ciencia. Asimismo, otros casos como la Inflation Reduction Act, la gran propuesta de reconstrucción de Biden, desembolsó cerca de 300 mil millones de dólares, demostrando que, como propone Peter Gelderloos, la inversión creció de la mano con el incremento de la producción de combustibles fósiles, revelando que todo el marco nacional e internacional en torno al cambio climático está diseñado para fracasar.

Entre estos dos procesos se llevó a cabo una ANTI-COP en Oaxaca, un encuentro entre diversos pueblos, comunidades, activistas y organizaciones buscando denunciar la militarización, el avance de los los megaproyectos, la mercantilización de la vida, así como la inacción de los gobiernos y organismos internacionales por la crisis climática, que marca una guerra contra los pueblos y la naturaleza. Recuperado el lema anarquista en inglés All Cops Are Bastards, la ANTI-COP propone All COPS are Bastards: denunciando la gama de falsas soluciones que el tecnocapitalismo propone como una solución al cambio climático. A diferencia de las otras COPs, el camino que ofrece la ANTI-COP es uno que busca tejer resistencias y construir alianzas rompiendo con las fronteras impuestas por el estado nación. La apuesta de la ANTI-COP es por la organización desde lo local pero sin caer en localismos y el de impulsar otra relación con la tecnología, los territorios y la naturaleza, una que ha de ser profundamente relacional, plural y hospitalaria.

¿Qué sigue? El cuidado encarnando la digna rabia

Hablar de esperanza frente a este panorama puede parecer ingenuo o desconectado de la realidad. Estamos ante una reconfiguración profunda del capitalismo, donde su carácter omnicida ocupa un lugar central. El extractivismo, ahora disfrazado con un tenue barniz verde, se presenta como un “capitalismo humanitario”, con empresas mineras liderando la supuesta transición energética. Mientras tanto, territorios antes no valorados por el capital se convierten en las nuevas fronteras de extracción y explotación.

El genocidio en Gaza simboliza el colapso del liberalismo y la pérdida de su legitimidad, un proceso en desarrollo durante los últimos 30 años. En este tiempo, hemos presenciado una globalización de la rebeldía y un rechazo al capitalismo neoliberal. El ¡Ya Basta! zapatista en la Selva Lacandona resonó globalmente; en 2001, Argentina clamaba “¡Que se vayan todos!”; en 2008, Grecia y España gritaban “¡Mis sueños no caben en sus urnas!” y “¡No nos iremos hasta que se vayan ustedes!”, mientras Occupy declaraba: “No tenemos demandas porque pedirle algo a este sistema es validarlo”. En México, el grito en 2014 de “¡Fue el Estado!” sigue vigente, y en 2021, el viaje zapatista a Europa reafirmó la importancia de aprender a tejer luchas diversas. Movimientos posteriores, como los surgidos tras la crisis de la COVID-19, las protestas por el asesinato de George Floyd y las denuncias universitarias contra Israel y la industria del genocidio, son prueba de que la resistencia global sigue viva, alimentada por una esperanza que surge del hacer lo que tiene sentido y no de la expectativa de lo que queremos que suceda.

Aunque fue difícil apartar nuestra atención del espectáculo de la política partidista en Estados Unidos, la victoria de Trump subraya la importancia de desconectarnos de las políticas electorales y reafirma nuestra postura: observar lo que sucede allá arriba, pero construir desde abajo. No se trata de buscar treguas con la modernidad capitalista —como aún intentan las negociaciones internacionales y gran parte del movimiento ecológico—, sino de cultivar una relación distinta entre nosotros y la naturaleza. El reciente giro hacia la inteligencia artificial, la geoingeniería y otras soluciones tecnológicas refuerza la lógica moderna que separa y subordina la naturaleza a una visión estrecha de progreso. Esta crisis de significado exige repensar el presente y abandonar los términos de la “megamáquina” para proponer un pluralismo radical que nos permita salir de la modernidad capitalista. Para los pueblos Kichwa de Ecuador, una transacción no es un paso hacia un “mejor futuro”, sino una forma de caminar con el pasado por delante. Como recuerda Gustavo Esteva, es la arqueología, no la futurología, la que nos conecta con el presente. La incertidumbre que define nuestra época exige reconocer la guerra total que impone el capitalismo, rechazarla desde la digna rabia y regresar a poner la vida y el cuidado al centro.

Resulta urgente redefinir nuestro concepto de esperanza, alejándolo de parámetros imposibles de lograr. Optamos por abrir con la frase de Pannikar porque quizá el mayor error en nuestras luchas es seguir pensando en utopías —u que significa “no” y topos que significa “lugar”, literalmente un “no lugar”— que esperamos, casi milagrosamente, alcancen algún día. La eutopía, en cambio, nos ofrece otro camino: un enfoque en el presente, en un “buen (eu) lugar”, en lo que ya está aquí y tiene sentido. Nuestro desafío es organizar, escuchar y articularnos en torno a lo que hacemos hoy, porque sabemos que tiene sentido, en lugar de alimentar expectativas de un futuro incierto. La elección en Estados Unidos y el continuo fracaso de las COP nos invitan a desvincularnos de estos procesos —sin ignorarlos por completo— y a redirigir nuestras energías hacia la construcción de otros mundos posibles desde nuestros territorios y procesos. Esto implica entrelazar nuestras luchas y forjar alianzas capaces de desafiar la sentencia que nos imponen: que no hay otro camino más allá del dictado por los poderosos. Su poder no es más que la violencia y su habilidad para anular nuestra imaginación y nuestros sueños. La eutopía que buscamos ya vive entre nosotrxs; nuestro desafío es nutrirla, polinizarla, expandirla y defenderla.

* Carlos Tornel (@Cartor_88) es miembro del tejido Global de Alternativas. Contacto: [email protected]. Pablo Montaño (@PabloMontanoB) es comunicador climático y coordinador de @CClimaticas.