ernestoramos · 12 de octubre de 2011
Es conocida la tradición del poder político de apropiarse de los artistas o de las glorias del deporte, con el consecuente beneficio para el régimen.
Ha sucedido en Estados Unidos, por ejemplo, donde personalmente Henry Kissinger incidió para que el duelo Spassky-Fisher se llevara a cabo en Reykjavik. Sucedió en la Alemania nazi con Leni Riefenstahl. Ocurre en México cotidianamente con boxeadores, luchadores, futbolistas, toda clase de artistas y de atletas, que hasta de premio pueden terminar con algún hueso. Sucede tradicionalmente en la Cuba de Castro, y en lo particular con los boxeadores olímpicos.
La ceremonia de bienvenida es lugar común en el acto de apropiación. Bajo los balcones de la municipalidad se congregan las masas. Las banderas del país que se trate, las llaves de la ciudad, las fotos de rigor, las primeras páginas en los diarios matutinos. El engranaje propagandístico funciona aceitado, y el hombre de a pie se deslumbra y aplaude. La estrella del atleta brilla en cualquier firmamento, y el efecto dura mientras su utilidad existe.
Así, el utilitarismo todo lo rige, la fama cae o se acrecienta; y tristemente ocurre, después del tiempo necesario, que el atleta cae de su pedestal e inicia su cotidianidad con lo mortales. Ya no es perfecto, no todos se carcajean de sus bromas, ya no tiene a todas las mujeres.
III. La Conclusión de la Breve Entrevista
La casa de Savon está en una esquina, en las afueras de La Habana, y tiene un porche amplio donde se sientan sus hijas por la tarde. Llegamos en un Ford azul, una lata cincuentera de bordes punteados, a la que había que abrirle el cofre cada tanto para enfriarlo. Me acompañaban otros dos boxeadores que conocían al campeón de su primer gallinero. Ellos se abrieron camino para buscarlo al fondo de la casa. Ellos lo asustaron con un grito mientras cebaba cerdos con pienso de calidad superior –según dijo.
En el interior de su casa hay una sala llena de trofeos. Savón me permite ver, tocar las medallas olímpicas y el tiempo discurre entre su hablar pausado y ordinario, sobre sus inicios como remero, sobre las cualidades que le vieron los entrenadores por su altura, sobre las malformaciones que le causó el mal vendaje en las manos, sobre el sentimiento de escuchar el himno cubano con la medalla al cuello.
Yo hubiera querido quedarme más tiempo, conversar más largo con el campeón, pero nos vimos forzados a interrumpir la plática, salir de la casa y continuar en la calle.
No sé bien lo que ocurrió. El español cubano es rápido y es arrastrado, y puede ser realmente ininteligible.
El caso es que algo dijo su mujer enfurecida, y él la increpó se callara “pero hija, silencio, que hay visitas”; pero no pudo calmarla: dejar abierta la puerta de los cerdos, e inundar de moscas la casa entera, era algo inaceptable.
Ante los gritos de un lado a otro y, sin poder hacer nada, tuvimos que salir de su casa y continuar en la calle.
Entre bromas me reconoció que esa batalla la tenía perdida desde antes de subir al cuadrilatero.