Sarco: la cápsula de la muerte

blogeditor · 13 de abril de 2022

Sarco: la cápsula de la muerte

Aunque al nacer lo único que tenemos seguro es la muerte, hablar de ella siempre es difícil. El minúsculo SARS-COV-2 nos ha puesto en un escenario complejo, de conversaciones quizá indeseadas, pero que tal vez ya habíamos tenido en algún momento de nuestras vidas: de qué forma NO querríamos morir y si es peor morir en un incendio, ahogados o en un accidente aéreo. Si bien dicha plática se refiere a cómo NO nos gustaría morir, el ejercicio permite vislumbrar cómo nos gustaría que la muerte llegue, y casi todos desearíamos que sea de manera rápida, indolora y apacible.

Hoy en día existe una cápsula que permite terminar voluntariamente con la vida: Sarco (abreviatura de “sarcófago”), que recién se legalizó en Suiza y puede ser utilizada por quienes desean finalizar su existencia con dignidad y en el momento que consideren apropiado. Recordemos que en ese país se ha discutido desde hace años la posibilidad de acceder al suicidio de una manera indolora, rápida y efectiva, sin que la causa de muerte sea una enfermedad terminal sino simplemente la decisión de terminar la vida por mano propia, haciendo valer el Derecho de Autodeterminación Física. Aunque es importante destacar que esta cápsula no es una máquina de eutanasia, pues el individuo le da las órdenes: el aparato sigue las indicaciones de quien haya decidido cómo, cuándo y dónde morir.

Sarco, diseñada por Alexander Bannink y Philip Nitschke, plantea un nuevo camino de muerte digna. Ayuda a morir en un lapso de entre dos y 10 minutos, sin necesidad de ingerir sustancia alguna: todo es a través de gases. La persona entra en la cápsula y se recuesta con mucha comodidad, responde una serie de preguntas, y finalmente puede activar la máquina presionando un botón, o bien mediante una secuencia de parpadeos —en caso de que no pueda moverse—. Posteriormente, la cápsula inunda su interior con nitrógeno, reduciendo los niveles de oxígeno del 21% al 1% en 30 segundos. La persona comenzará a sentirse desorientada y un poco eufórica antes de perder el conocimiento (hasta el momento no se ha registrado que los usuarios sientan pánico o asfixia), y la muerte se producirá por falta de oxígeno y dióxido de carbono (hipoxia e hipocapnia, respectivamente). Se ofrece, además, la posibilidad de elegir y reproducir el sitio en el que se desea morir —frente al mar, en el bosque, en casa, etcétera— mediante una impresora 3D, con planos que se podrían descargar de Internet. Este prototipo fue revisado por los organismos reguladores suizos, sin problemas legales hasta el momento, y se espera que la versión final entre en funcionamiento este mismo año.

Pensemos que Suiza, hogar de este invento, cuenta ya con una legislación que regula la eutanasia y el suicido asistido, y permite este último a través de asociaciones pro derecho a morir. Incluso se sabe que atienden a ciudadanos de otros países, bajo estrictas condiciones. Una noticia reciente señala que, según la Oficina Federal de Estadística, “el número de muertes (en aquel país) por suicidio asistido aumenta y se situó en más de 1,000 a finales de 2017. La mayoría de quienes recurren a esa medida tienen más de 65 años, pero también se incrementa el número de jóvenes. Esta cifra no incluye a los expatriados, por lo que es probable que el número real sea mayor”. Otra nota señala que “Unas mil 300 personas murieron por suicidio asistido en Suiza en 2020, utilizando los servicios de las dos organizaciones (…) más grandes del país: Exit (…) y Dignitas. El método actualmente en uso es la ingestión de pentobarbital sódico líquido, tras el dictamen favorable de uno o varios médicos y la confirmación de la capacidad mental de la persona (…) Sarco elimina dicha revisión médica (…)”.

Las decisiones al final de la vida han sido siempre un tema que despierta mucha polémica. Son pocos los países que han logrado hacer lo necesario para garantizar la eutanasia o en su defecto el suicidio asistido, proporcionados por un personal de salud capacitado, bajo ciertas condiciones, con el mayor respeto a la voluntad del paciente, con una normatividad legal que no califique estos métodos de homicidio y con una estricta regulación de fármacos. Sarco revive los planteamientos filosóficos, sociológicos, psiquiátricos, médicos y bioéticos sobre el suicidio y la reflexión sobre la sacralidad de la vida, el buen morir y la dignidad ante la muerte.

* Blanca Rocío Muciño Ramírez es maestra en Diseño y Producción Editorial por la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco, donde obtuvo la Medalla al Mérito Universitario, y licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha actualizado sus conocimientos en tres diplomados y más de 50 cursos. Actualmente se desempeña como Secretaria Técnica y responsable de edición y gestión de publicaciones en el Programa Universitario de Bioética (PUB). Angel Alonso Salas es licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa, con maestría y doctorado en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras y doctorado en Ciencias por el Posgrado en Ciencias Médicas, Odontológicas y de la Salud de la Facultad de Medicina, ambas de la UNAM. Es miembro fundador del Observatorio Filosófico de México; Profesor Titular “B” de Tiempo Completo Definitivo en el Colegio de Ciencias y Humanidades, unidad Azcapotzalco; e Investigador nivel 1 por el Sistema Nacional de Investigadores. Se desempeña como Secretario Académico del PUB. En 2018 obtuvo el Reconocimiento Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en Docencia en Educación Media Superior y la Medalla al Mérito Docente “Prof. José Santos Valdés”, otorgada por la I Asamblea Legislativa del Congreso de la Ciudad de México.

 

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