¿Sancionar al Chicharito es la mejor respuesta?

Herminia Miranda · 29 de julio de 2025

¿Sancionar al Chicharito es la mejor respuesta?

El foco público está volcado sobre las manifestaciones de Javier el Chicharito Hernández, quien -entre otras cosas- dijo que las mujeres “están fracasando” y “están erradicando la masculinidad”, en lugar de “encarnar” su energía femenina “cuidando, nutriendo, recibiendo, multiplicando, limpiando (…) cuidando el hogar, que es el lugar más preciado para nosotros, los hombres”, en un discurso que ha sido calificado, por decir lo menos, de desfavorable.

Y sí, las manifestaciones de Javier Hernández tienden a perpetuar roles de género que durante décadas se han buscado erradicar, porque nos llevan, no sólo a las mujeres sino también a los hombres, a contextos de violencia en el peor de los casos y, en el “mejor” de los casos, merman la libertad de decidir cómo se quiere vivir, independientemente del género.

Sobre el por qué es lamentable lo que dijo el Chicharito ya sobran voces. Lo que me lleva a escribir estas líneas es otra reflexión: preguntarnos como sociedad si sancionar a Javier Hernández es la mejor respuesta o no.

Al parecer ya le fue impuesta una multa y apercibimiento por parte de la Federación Mexicana de Futbol; la Comisión de Género y Diversidad anunció el inicio de una investigación formal; Chivas probablemente realice la aplicación de acciones internas, y ha habido llamados a sanciones internacionales por parte de la FIFA.

Y es aquí donde debemos pararnos en seco y repensar si sancionar al Chicharito por decir lo que piensa es la mejor respuesta o no. O si es mejor dejarlo al debate y juicio de la opinión pública. Porque cuando pasa la molestia e incredulidad de escucharlo, se vuelve ridículo y tierno en el peor de los sentidos.

El caso del Chicharito nos da la excusa perfecta para repensar qué discursos son admisibles y cuáles no, y cuál es la mejor estrategia social para dar respuesta. Se dice que la piedra angular del sistema democrático es la libertad de expresión. Dicen los que saben que el grado de democracia de un país podría medirse por el número de limitaciones que son aceptadas a la libertad de expresión. Esto, porque el ejercicio de dicha libertad es el medio para formar una opinión pública libre, lo que constituye a su vez el cimiento del pluralismo que se considera valioso en una sociedad, donde todas las ideas y expresiones son aceptadas, salvo contadas limitaciones -que mencionaré más adelante-. Es en ese mercado de las ideas[1] donde, a manera dialéctica, se expresan y forman unas buenas y otras malas y, con base en una discusión libre, se avanza y construye. Y el pluralismo de ideas, tutelado por la libertad de expresión, reconoce no sólo las ideas que nos agradan sino también aquellas que ofenden, chocan o molestan.

Limitar la libertad de expresión debe de ser excepcional y estar plenamente justificado, de lo contrario no sería libertad, sino privilegio.[2] El discurso que odiamos merece tanta protección como cualquier otro. Hasta el del Chicharito.

De una u otra manera las sanciones impuestas al Chicharito son una forma de censura. Tienen un efecto inhibitorio generalizado en el ejercicio de la libertad de expresión. Y como sociedad debemos tener cuidado cuando caminamos en esa dirección o corremos el riesgo de dejar de escuchar voces disidentes al discurso mayoritario. Con ello dejará de existir no sólo la libertad, también la dialéctica necesaria para avanzar.

Esto tiene más vigencia que nunca con el ridículo grado de polarización que hemos creado. Hemos llevado al extremo la corrección de nuestras ideas, donde quien piensa diferente es el underdog, tambaléandose esa piedra angular sobre la que descansa nuestra democracia. A grado tal que aquí me tienen, escribiendo en defensa de la libertad de expresión de uno de los discursos que más me molestan: aquél que perpetúa roles de género.

Es cierto que el ejercicio de la libertad de expresión tiene límites, en México los límites reconocidos son: i) el ataque a la moral, ii) la vida privada y derechos de terceros, iii) la provocación de algún delito y iv) se perturbe el orden público. ¿El discurso del Chicharito encuadra en alguno de estos límites? A mi juicio no, es un discurso con el que no estoy de acuerdo, pero no va mucho más allá.

Ahora, la cosa se pone más interesante si consideramos la doctrina del discurso de odio como límite a la libertad de expresión, y esto en palabras muy generales se refiere a aquellas expresiones que desacreditan o vilipendian a miembros de grupos tradicionalmente discriminados, estigmatizando al objetivo adjudicándole cualidades indeseables, como sería decir que todas las mujeres son tontas por el simple hecho de ser mujeres. ¿El discurso del Chicharito puede ser considerado un discurso de odio contra las mujeres? A mi juicio no. Es un discurso que perpetúa roles de género, pero el contexto no da para considerar que lo hace desde el otorgamiento de cualidades indeseables, por lo que no considero que se trate de un discurso de odio.[3]

Lo que hasta aquí he venido exponiendo no significa que no pueda existir un discurso en contra de las mujeres fuera de los márgenes de la libertad de expresión que sí deba de tener consecuencias legales. Pero hay que ser cautelosos con silenciar discursos e inhibir la expresión de ideas bajo la bandera de lo que la corriente mayoritaria consideramos correcto, porque cada vez es más popular usar conceptos como herramientas políticas y de censura, sin reflexión alguna del discurso y su contexto. Como la violencia política de género, por ejemplo.

En el caso concreto del Chicharito, su discurso -por más lamentable que sea- está protegido por la libertad de expresión y es el propio mercado de las ideas el que debería juzgarlo: voces más fuertes, más pensadas y entendidas, pero no sanciones que inhiban su libertad y la de tantos otros que nos puedan llegar a incomodar.

Proteger aquellos discursos, aunque nos desagraden, y someterlos a un escrutinio público nos llevará más lejos como sociedad, que imponer sanciones que tengan como efecto callar esas voces.

[1] El mercado de las ideas es una doctrina estadounidense que surge por primera vez en el voto disidente del juez Oliver Wendell Holmes al resolver el caso Abrams vs Estados Unidos resuelto por la Suprema Corte de Estados Unidos en 1919.

[2] Carrillo Donaire Juan Antonio, “Libertad de expresión y discurso del odio: la construcción de la tolerancia”, Lección inaugural del curso académico 2015-2016 de la Universidad Loyola Andalucía, septiembre de 2015, pp. 6.

[3] Generalmente el discurso de odio estigmatiza a su objetivo señalando un conjunto de cualidades que son vistas de forma extendida como indeseables, y como son fuertemente desaprobadas dichas cualidades, consideradas como no lo suficientemente normales, son tratados con desprecio. Por lo que las consecuencias del lenguaje del odio afectan a las relaciones de los miembros del grupo con el resto de la población.

Pérez de la Fuente Oscar, “Libertad de expresión y el caso del lenguaje del odio. Una aproximación desde la perspectiva norteamericana y la perspectiva alemana”, Cuadernos Electrónicos de Filosofía del Derecho, número 21, 2010, ISSN: 1138-9877, pp. 92.