Sálvese quien pueda: el fin del liderazgo presidencial

blogeditor · 16 de junio de 2020

Sálvese quien pueda: el fin del liderazgo presidencial

El presidente quiere moverse a otra cosa. O más bien, quiere que los demás nos movamos a otra cosa. Nunca estuvo en realidad al frente del asunto de la pandemia y cada vez está más claro que nunca ha creído realmente que el problema sea tan grave como se decía en todo el mundo e incluso en su propio movimiento y su gobierno. Tuvo dos, tres, cuatro ocurrencias místicas cada vez más ridículas y despojadas de todo rigor científico, pero tenía un vocero más o menos creíble y obligaciones de ley, así que, generosamente, quizá hizo algún esfuerzo. Pero eso ya se acabó. Tiene otras cosas que hacer, la pandemia es un tema perdedor que no se acaba nunca y vio una ventana de oportunidad para tratar de dejar las cosas en manos de alguien más. Ahora su vocero está desacreditado y borrado, sin respuestas creíbles a ningún asunto importante, y el manejo de la pandemia quedó en manos de gobiernos locales que se dividen entre imitar la estrategia presidencial de desentenderse del asunto —incluyendo, paradójicamente, a su némesis Enrique Alfaro de Jalisco— o tratar de mantener alguna clase de semblanza de estrategia de contención —irónicamente, incluyendo a líderes emanados de su propio movimiento, como Claudia Sheinbaum de la CDMX. Si alguien pensó que hubo o, al menos, podría haber habido una estrategia nacional frente a la pandemia, apalancada en los recursos del gobierno federal, ya se puede ir deshaciendo de esa idea. Ya se nos dijo con toda claridad: somos libres de morir de COVID-19 como somos libres de morir por cualquier otra cosa. Y el presidente ya anda en otro tema. Dejen de mirar acá, miren el tren, está más interesante.

No es sólo que el presidente esté cansado del tema. Como ya dije, incluso Alfaro, que tanto peleaba por tener la mejor respuesta a la pandemia, ya dejó en manos de dios, quiero decir, de la “responsabilidad individual”, la respuesta a la pandemia. Y no me malinterpreten, quienes empujan esta versión de la “Nueva Normalidad”, muera quien tenga que morir, bien pueden tener razones atendibles: lo que intentaron falló —o al menos no tuvo el éxito prometido que es básicamente lo mismo— e incluso, como en el asunto de usar a la policía para obligar a la gente a usar cubrebocas, se revirtió y ya no tienen más herramientas en la caja. Que sea hora de hacer ajustes no tiene en sí nada de malo. Que la estrategia haya fallado tampoco es sorprendente ni particularmente censurable, pasa todo el tiempo y les pasó a países con gobiernos mucho más competentes que el nuestro. Podría incluso tener sentido político dejar de tratar de salvar a la gente: lo que se hizo por las víctimas reales y potenciales de COVID-19 no se ha hecho nunca por ninguna otra clase de víctimas y nadie ha pagado realmente las consecuencias electorales por ello. Además, los estragos económicos ya son evidentes y esos sí cuestan y mucho en las urnas.

Sea cual sea el razonamiento que lleve a cada líder a la “Nueva Normalidad”, empero, será mejor que tengan claro que su liderazgo no sobrevivirá sin daños al paso. Y el del presidente, que era más bien tenue de arranque, probablemente sea el más afectado. Y se verá afectado no por el fracaso que, de nuevo, es común a muchos países, sino porque habiendo tenido la oportunidad de ejercer liderazgo, renunció a hacerlo y envió una señal inconfundible a cortesanos y opositores por igual: este presidente, como muchos de sus predecesores y los gobernadores que se lavan o se lavarán las manos, teme a las consecuencias de ejercer el poder y no sabe cómo operar fuera de los temas y circunstancias que más o menos conoce y escoge para sí mismo. El más bien fantasioso “talento político” del presidente se agota, pues, en plazas y monólogos a modo y no alcanza para el trabajo de gobierno. No alcanzó, siquiera, para lamentarse por las muertes y el sacrificio de los trabajadores de la salud, ya no se diga por los demás muertos, a los que prácticamente les echa la culpa por no ser sanos.

Se diría que el presidente soltó la rienda en el asunto de la pandemia, pero no encuentro evidencia de que la haya sostenido alguna vez en cualquier otro asunto de importancia. Pregona todos los días desde sus múltiples púlpitos y sus acólitos empujan ocurrencias a velocidad abrumadora, pero eso no es tener control de las cosas ni, muchísimo menos, ejercer liderazgo real. De hecho, la influencia que tiene sobre el debate público —y crucialmente, sobre el subconjunto vociferante y desproporcionado del debate que son las redes sociales— es el mínimo que podría esperarse del funcionario electo que concentra la mayor cantidad de facultades y recursos públicos en este país. Incluso presidentes con talento político mínimo, apalancados en el gobierno federal, tendrían —han tenido, de hecho— oportunidad de llenar todas las tribunas con sus ocurrencias y proyectos. Es la naturaleza de las cosas. Los presidentes y sus subordinados tienen, por un rato, cancha libre para pregonar, pero no siempre, o casi nunca, para de hecho actuar. Es por eso que en los últimos 30 años la mayoría se las ha arreglado para derrotarse a sí mismos después de un rato: prometer no empobrece, cumplir es lo que aniquila. Y eventualmente, todos los electorados se cansan de las peroratas sin resultados y están listos para creer en nuevas y brillantes promesas, por más que sepan, o debieran saber, que tampoco van a cumplirse cabalmente.

Cierto, millones de votantes en el país prefieren y probablemente preferirán a los militantes del movimiento presidencial a las alternativas. Pero eso era cierto antes y lo seguirá siendo después y, sobre todo, una gran cantidad de esos millones de votos tuvo que adquirirse a un precio muy alto y no le son leales, necesariamente, al Presidente, sino a los cortesanos y operadores que hoy encuentran cobijo con él y mañana, sin demasiado problema, podrían encontrarlo con otra persona. Este no sería el presidente que vea que sus mayorías lo abandonan al siguiente ciclo electoral. Faltaba más.

Se podría haber tenido un liderazgo, aunque fuera fallido, en el asunto de la pandemia. En lugar de eso, no tuvimos ni liderazgo ni resultados. Y el presidente quiere que nos movamos a otra cosa. Y a un montón de nosotros nos urge hacer lo mismo y probablemente lo hagamos con éxito, eventualmente. Pero para quienes tienen memoria y verdadero talento político, el liderazgo político del presidente y el de al menos un gobernador, más los que se sumen, terminó aquí. La sangre está en el agua, para quien pueda olerla. Que el presidente se salve a sí mismo.

@jaimelat