Por una salud reproductiva libre de violencia

Redacción Animal Político · 3 de noviembre de 2025

Por una salud reproductiva libre de violencia

Una camilla médica convencional con un detalle: está rota en la parte donde las pacientes colocan los pies. Cualquier persona que se atienda necesita hacer esfuerzo para mantener levantadas las piernas sobre ésta. Sería un inconveniente casi irrelevante en otro contexto, sin embargo, en esta camilla atienden específicamente casos relacionados con la salud reproductiva de cientos de mujeres y personas gestantes al día.

Añadido al hecho de que la necesidad de esforzarse por mantener firmes los pies en una camilla –que ni siquiera es ginecológica– aumenta el dolor de los procedimientos médicos, la puerta del consultorio permanece abierta durante toda la consulta. Solo una cortina delgada separa a las pacientes del resto de las personas en la sala de espera. Detrás de ésta, mujeres y personas gestantes en búsqueda de atención especializada en el sector público atraviesan procedimientos como colocación de métodos anticonceptivos, papanicolau, colposcopía y de ginecología en general.

Desde la sala de espera las pacientes pueden escuchar todo lo que sucede en el consultorio. Aumenta la tensión, no solo por el sentimiento de intromisión en algo privado, sino porque lo que escuchan son los constantes regaños del personal de salud. Rondan preguntas como: ¿por qué no sabes tu diagnóstico exacto? ¿Por qué te quieres operar tan pequeña? ¿Por qué quieres otro hijo, si sabes que no lo puedes mantener? ¿Por qué no quieres tener hijos, si los hijos son una bendición?

La siguiente paciente entra para la colocación de un DIU. La doctora y un residente la reciben. La regañan por no saber detalles sobre su historial médico. Le dan un formato de consentimiento, el cual no termina de leer porque la doctora se lo quita. Aun así, la obliga a firmarlo. No le explica cómo es el procedimiento que le harán, solo se limita a decirle que se desvista y se ponga una bata. Todo esto con la puerta del consultorio abierta.

La paciente se coloca en la camilla rota, no sin antes decirle a la doctora que por una condición que tiene diagnosticada es necesario introducir el espejo vaginal de una forma distinta. La doctora la ignora y procede a hacerlo como siempre, lastimándola en el proceso. Ella se queja y se mueve ya que, entre el dolor y la inestabilidad de la camilla, quedarse quieta es casi imposible. La doctora la regaña varias veces, diciéndole que si se sigue moviendo no le colocará el DIU y que solo está haciendo el proceso más difícil. Que si continúa, va a ser peor. Que si esto le está doliendo no sabe lo que le espera cuando le coloque el DIU. Que no duele tanto, que de qué se queja.

No tiene otra opción más que aguantar el dolor, tanto el esperable del procedimiento como el adicional porque la doctora hizo caso omiso a su condición médica y colocó el espejo vaginal como quiso. También la lastimó al retirarlo. Al finalizar, regresa a la sala de espera y todo sigue normal. No había forma de que las personas presentes no escucharan todo lo que sucedió en el consultorio y aun así sus expresiones fueron indiferentes.

Lo narrado aquí es un caso real y como éste hay cientos a diario en el país. ¿Por qué esto es normal? ¿Qué ha sucedido en la medicina especializada en mujeres y personas gestantes que este tipo de experiencias son comunes e, incluso, esperables?

De acuerdo con el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, la salud reproductiva es la capacidad de tomar decisiones informadas, libres y responsables respecto a la reproducción. Está relacionada con el acceso a información, bienes, establecimientos y servicios de salud que posibiliten a las personas tomar tales determinaciones.

La salud reproductiva, a su vez, tiene conexión con los derechos sexuales y reproductivos ya que éstos implican tomar decisiones sobre el propio cuerpo y el acceso a servicios de salud libres de violencia, sin presión ni coacción. Estos derechos están estrechamente relacionados con el derecho a la salud, que debe cumplir con una serie de elementos indispensables, entre los cuales se encuentra la aceptabilidad; es decir, los servicios de salud deben cumplir con estándares de ética médica y adaptarse a las necesidades de cada grupo poblacional, como las mujeres y personas gestantes.

Lo anterior tiene como consecuencia que si un servicio atiende exclusivamente a un grupo, como sucede con la ginecología, la perspectiva de género y la adecuación a las particularidades de cada persona son indispensables. Los regaños, la falta de privacidad, las camillas rotas o causar dolor innecesario son inaceptables y no deberían ser normales cuando las mujeres y personas gestantes acuden a servicios de salud reproductiva.

Tenemos derecho a que los servicios enfocados a nosotras sean sensibles a nuestras necesidades, a ser escuchadas cuando presentamos una situación particular y a no ser violentadas al momento de ejercer nuestros derechos sexuales y reproductivos. El personal médico tiene el deber de cumplir con estándares mínimos para la comodidad de las pacientes y, sobre todo, para asegurar el derecho al disfrute del más alto nivel posible de salud. No normalicemos que nuestras experiencias estén atravesadas por la violencia, es posible construir un enfoque médico especializado que nos haga sentir paz.

* Daniela Rivera (@yoidivichon) es Abogada Auxiliar de Documentación y Litigio de Casos en @GIRE_mx.