Cuidar la salud mental de las y los jóvenes: lo que sí, lo que falta y lo que podemos hacer mejor

Jorge Avila · 29 de abril de 2026

Cuidar la salud mental de las y los jóvenes: lo que sí, lo que falta y lo que podemos hacer mejor

Por Marco Cancino*

En un país donde crecer se ha vuelto, para muchas y muchos jóvenes, un ejercicio cotidiano de resistencia, la Estrategia Nacional de Atención a la Salud Mental para las y los Jóvenes llega como una señal correcta en el momento adecuado. No es menor que el Estado mexicano coloque, por fin, la salud mental juvenil en el centro de la conversación pública. Durante años, el silencio fue la política. Hoy, al menos, hay una narrativa distinta.

La estrategia acierta en lo esencial: reconoce que las y los adolescentes están expuestos a mayores niveles de malestar psicológico, violencia, ideación suicida y consumo de sustancias que otros grupos poblacionales. Y, sobre todo, entiende algo fundamental: la salud mental no empieza en el consultorio, sino en la vida cotidiana. Por eso apuesta por la escuela, por la comunidad, por la familia. Por hablar de emociones sin estigma. Por decirle a una generación entera que no está sola.

También es valioso su énfasis en la prevención. Apostar por campañas, guías, espacios de diálogo y actividades socioemocionales en escuelas es una decisión correcta. Porque llegar antes —antes de la crisis, antes del daño profundo— no solo es más humano, también es más efectivo y justo.

Sin embargo, ahí donde la estrategia acierta en el diagnóstico y en la intención, comienza a quedarse corta en la profundidad de la respuesta.

Hablar de emociones no es lo mismo que saber qué hacer con ellas. Escuchar no sustituye intervenir. Y sensibilizar no es, por sí mismo, tratar.

Hoy tenemos una estrategia robusta en el primer nivel —el de la prevención y la promoción—, pero débil en lo que sigue: la intervención oportuna y el tratamiento especializado. Y ahí es donde se juega, en muchos casos, la diferencia entre una historia que se reconstruye y una que se rompe.

¿Qué pasa con el joven que ya no solo está triste, sino que tiene síntomas de depresión? ¿Con la adolescente que vive en un entorno familiar violento? ¿Con quien ya tiene un consumo problemático de sustancias? ¿Con quien piensa, seriamente, en no seguir viviendo?

La estrategia, tal como está planteada, no alcanza a responder con claridad.

Desde la visión de Inteligencia Pública proponemos dar el siguiente paso: construir un modelo integral que complemente lo que ya existe, incorporando tres componentes terapéuticos fundamentales que han demostrado efectividad en distintos contextos: comunidades terapéuticas, terapia sistémica y terapias cognitivo-conductuales.

Primero, necesitamos reconocer que hay jóvenes que requieren algo más que acompañamiento ligero. Para ellos, las comunidades terapéuticas —bien reguladas, profesionalizadas y con enfoque de derechos— pueden ser una alternativa real. Espacios donde no solo se atiende el consumo de sustancias, sino donde se reconstruyen hábitos, vínculos y proyectos de vida. No como lugares de encierro, sino como entornos de cuidado intensivo y reintegración.

Segundo, es indispensable dejar de ver a las y los jóvenes de manera aislada. Nadie se rompe solo. La terapia sistémica nos recuerda que detrás de cada historia hay dinámicas familiares, contextos comunitarios y relaciones que influyen. Intervenir sin tocar esos sistemas es, muchas veces, insuficiente. Por eso proponemos incorporar programas de terapia familiar breve, escuelas para madres y padres, y estrategias comunitarias que trabajen sobre los vínculos, no solo sobre los individuos.

Tercero, necesitamos herramientas concretas. La terapia cognitivo-conductual ofrece precisamente eso: metodologías claras para manejar ansiedad, depresión, pensamientos suicidas y conductas de riesgo. No se trata solo de “expresar emociones”, sino de aprender a regularlas, cuestionarlas y transformarlas. Esto implica llevar protocolos estructurados a escuelas, centros comunitarios y servicios de salud.

Pero ¿cómo hacer esto realidad?

Desde la federación, el reto es diseñar el modelo. Establecer lineamientos claros de atención escalonada —prevención, intervención temprana y tratamiento especializado—, financiar programas piloto y certificar tanto a profesionales como a centros terapéuticos. También implica articular salud, educación y desarrollo social bajo una lógica común, no fragmentada.

En las entidades federativas, el desafío es adaptar e implementar. Crear redes estatales de atención que integren escuelas, centros de salud y organizaciones de la sociedad civil. Capacitar a personal local en terapia cognitivo-conductual y enfoques sistémicos. Supervisar la calidad de los servicios y garantizar que nadie quede fuera por razones territoriales o económicas.

Y en los municipios, donde la política pública se vuelve rostro y nombre, es donde todo esto cobra vida. Ahí es posible habilitar espacios comunitarios de atención, identificar tempranamente casos de riesgo, trabajar con familias y generar redes de apoyo cercanas. La salud mental, al final, también es proximidad.

Porque de eso se trata: de pasar del mensaje al acompañamiento real. De la sensibilización a la transformación. De decir “no estás solo” a construir, efectivamente, las condiciones para que nadie tenga que estarlo.

La estrategia nacional es un buen comienzo. Pero las y los jóvenes de este país no necesitan solo buenas intenciones. Necesitan políticas que abracen, pero también que sostengan. Que escuchen, pero también que sepan intervenir. Que lleguen a tiempo, pero que también sepan quedarse.

Y eso, todavía, estamos a tiempo de construirlo.

*Director General de Inteligencia Pública

[email protected] 

@marco_cancino