blogeditor · 26 de mayo de 2020
Me es difícil imaginar una vida sin burocracia. Desde el 2015, año que inicié mi formación clínica en el IMSS, he acumulado no muy gratas experiencias de cómo el gólem administrativo, conformado por papeles, formatos con numerales gigantescos, sellos, trámites en oficinas equidistantes (cuando hay suerte) y funcionarios malhumorados por el desgaste crónico, aproximan más al paciente a la fatalidad que la enfermedad misma. Un ambiente inhóspito que solo genera una terrible frustración, desasosiego y hostilidad.
Muchos han escrito sobre la burocracia y su papel en una sociedad de extensas e intricadas articulaciones administrativas. Hasta hay un ensayo que se encarga de ponderar y justificar su existencia. Lo escribió Paul Du Gay y lo intitulo “Elogio de la burocracia”. El autor habla de una ética burocrática, como, “una orientación ético-práctica en un orden de la vida, concreto, sin espacio para la subjetividad humana”. Esta ética de formularios, trámites y burócratas imparciales, pretende prescribir equidad y democracia. Una estructura organizativa y eficiente para millones de entidades particulares que demandan la satisfacción de sus necesidades.
¿Qué pasa cuando se degenera la tarea de la administración justa? Nace un parásito que enferma el aparato moral de la acción humana dedicada a la gestión de recursos. Una burocracia maligna, tal cual cáncer. A cualquier médico del sector público y al paciente promedio que accede a estos servicios no le faltaran experiencias vivenciales para validar esta aseveración. La práctica médica termina maniatada por la burocracia. Un médico familiar ante la sospecha clínica de alguna enfermedad en su paciente, tiene antes que preocuparse por una serie de obstáculos administrativos: papeles y papeles impresos, con dos, tres y hasta cuatro copias. Se limita a ser el gestor de solicitudes de laboratorio, recetas y procedimientos diversos en unidades de salud de segundo y tercer nivel. El promedio para la realización, por ejemplo, de un estudio básico de laboratorio, puede demorar hasta dos meses, en el mejor de los casos. Y no se diga de las pruebas de imagen, como tomografías y resonancias, que bien pueden nunca realizarse.
La burocracia, al fragmentar y limitar el rango de acción del galeno, no hace mas que ocultar un demonio mayor y ubicuo en nuestro país: la precariedad. La anulación de un ejercicio dinámico de la medicina oculta un sistema de salud con deficiencias profundas. Un ralentí del proceso diagnóstico y terapéutico. Y entre las fauces de esos dos cancerberos la salud pública termina inutilizada. Y qué decir del rechazo social del médico como rostro de la ineptitud institucional.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en su informe de 2019, señala que México ocupa el último lugar en lo referente a inversión sanitaria promedio por ciudadano. En cifras concretas, México destina 390 pesos (16.46 dólares) por persona para la prevención y control de enfermedades. Los montos más bajos los encabeza el IMSS con tan solo 98 pesos (4 dólares). El personal sanitario también resulta insuficiente para la población. Para cada mil habitantes se encuentran disponibles 2.4 médicos y 2.9 enfermeros, cifras que lo posicionan muy por debajo del promedio del resto de países integrantes.
Poco queda del utópico proyecto social que inauguró el presidente Manuel Ávila Camacho hace más de 70 años. Una serie de diversos males, como la corrupción, las raquíticas inversiones del gasto público en materia de salud y la sobredemanda de servicios, han terminado por hacer del IMSS un lamentable despojo para sus derechohabientes. Sus representantes, los burócratas de élite, quieren imponernos una realidad más cercana a la fantasía de la posverdad con sus discursos negacionistas. Para todos los incrédulos de las demandas del personal sanitario ante el desabasto, les sugiero dar un tour por algún hospital general del Estado de México; vaya al servicio de urgencias, un viernes por la noche. Verá un tableau vivant de un círculo del infierno. Estoy seguro que su escepticismo desaparecerá.
La hiperburocratización de las relaciones entre el ciudadano y las instituciones que, por derecho universal, deben brindarle un servicio, no tiene otro resultado que el desastre y el descontento multitudinario. El subdesarrollo nacional trata de maquillar sus males con intricados procesos burocráticos. Dilatar, convenientemente, el trayecto del punto A (usuario) al punto B (servicio). Posterga y frustra el acto de rebelión de los quejosos. Demora y lograrás la amnesia y pasividad colectiva. Complejiza los procesos de atención de tus instituciones públicas y evitarás la demanda de servicios.
En su película Vivir (Ikiru), Kurosawa retrató con una precisión escalofriante, cómo la administración pública de la precariedad, irremediablemente sufre una metamorfosis a la burocracia. El Sr. Watanabe, el protagonista, es un burócrata añejo que ha dedicado 30 años de su vida al ayuntamiento de Tokio. La escena inicial ejemplifica esa roca que el Sísifo (ciudadano promedio) debe rodar en una montaña (burocracia) hasta la cima, para después, repetir la tarea y esperar una suerte de final a su petición. Watanabe se limita a sellar papeles detrás de su escritorio y presenciar con indolencia el descontento de los pobladores. Preocupante encontrar similitudes en el dinamismo gubernamental de un Japón de la postguerra con el México contemporáneo.
Para alejar a la burocracia del repudio en el imaginario colectivo es primordial solucionar la precariedad a través de un saneamiento (uno real y contundente) de los modelos socioeconómicos que configuran nuestra cotidianidad. Una reflexión crítica de nuestra idiosincrasia y el grado de compromiso cívico para con el bienestar social. Devolvamos pues, a la burocracia, su bienintencionada naturaleza, apología del orden y eficiencia en la administración de recursos.
* Carlos Armando Herrera Huerta (@IAcetico) es residente de tercer año de psiquiatría en el Centro Médico Nacional Siglo XXI. Miembro activo de la Asamblea Nacional de Médicos Residentes, Comité Interinstitucional. Contacto: [email protected] FB: armandopowers.