Redacción Animal Político · 10 de marzo de 2026
Una de las formas más claras de entender el desarrollo de un país es observar cuánto invierte en salud y cuántos años viven sus habitantes. Cuando se comparan ambas variables a nivel internacional, aparece un patrón difícil de ignorar: las sociedades que destinan más recursos a sus sistemas de salud suelen registrar mayor esperanza de vida y mejores condiciones de bienestar.
Los datos comparables muestran con claridad esa relación. De acuerdo con estimaciones compiladas por Our World in Data con base en información del Banco Mundial y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, los países miembros de esta última destinan en promedio cerca de 4,000 dólares anuales por persona a servicios de salud, medidos en términos de poder adquisitivo. En ese grupo, la esperanza de vida promedio supera los 80 años.
Algunos ejemplos ilustran bien este patrón. Japón, uno de los países con mayor longevidad del mundo, registra una esperanza de vida cercana a 84 años con un gasto de alrededor de 5,000 dólares por persona. Alemania destina cerca de 7,000 dólares por habitante y su población vive en promedio más de 81 años. Noruega supera los 7,500 dólares por persona y mantiene niveles similares de longevidad.
Incluso con modelos institucionales distintos, el resultado es parecido. Australia invierte alrededor de 6,000 dólares por habitante y su esperanza de vida supera los 83 años. Italia, con un gasto cercano a 4,500 dólares, también supera los 83 años. En todos estos casos, los sistemas de salud funcionan como una infraestructura social básica que sostiene tanto el bienestar de la población como la productividad de sus economías.
La relación no es perfecta, pero sí robusta. Estados Unidos es la excepción más conocida: gasta más de 12,000 dólares por persona, el nivel más alto del mundo, y aun así su esperanza de vida ronda los 79 años, por debajo de varios países europeos. El ejemplo muestra que el diseño institucional del sistema también importa.
En América Latina las diferencias también son claras. Brasil destina cerca de 1,600 dólares por habitante y su esperanza de vida ronda los 75 años. Chile invierte aproximadamente 2,200 dólares por persona y supera los 80 años. Uruguay presenta cifras similares, lo que refleja que mayores niveles de financiamiento suelen acompañarse de mejores resultados sanitarios.
México se ubica por debajo de esos niveles. El gasto total en salud ronda los 1,200 dólares por habitante, apenas una tercera parte del promedio de la OCDE. La esperanza de vida en el país se sitúa alrededor de 75 años, varios años por debajo de las economías desarrolladas.
Sin embargo, estas cifras corresponden a un promedio nacional. En la práctica, el nivel de inversión y el acceso efectivo a servicios dependen del subsistema al que esté afiliada cada persona —IMSS, ISSSTE, IMSS-Bienestar o esquemas estatales para población sin seguridad social—, reflejo de la fragmentación histórica de nuestro sistema de salud.
El contraste más interesante en la región es Costa Rica. Con un gasto cercano a 2,000 dólares por persona, ese país ha logrado una esperanza de vida superior a los 80 años, comparable con la de muchas economías desarrolladas. La lección es clara. Los sistemas de salud no solo salvan vidas; también fortalecen el desarrollo económico y social. Una población más sana trabaja más años, con mayor productividad y menor riesgo de pobreza asociada a enfermedades.
México enfrenta hoy un momento decisivo. El envejecimiento poblacional y el aumento de enfermedades crónicas implicarán una demanda creciente de servicios de salud. Los países que hoy encabezan los indicadores de bienestar entendieron que la salud no es un gasto prescindible, sino una inversión estructural en desarrollo. México enfrenta ahora esa misma decisión.