Salir (o no) del clóset en Prime Time

blogeditor · 10 de marzo de 2013

Salir (o no) del clóset en Prime Time

Uno no habla en primera persona.

O eso se creía.

En otros tiempos del periodismo había una especie de máxima, o de regla no tan escrita, que dictaba que el periodista debía borrarse en el proceso informativo. De ahí viene también esa manida discusión acerca de la “objetividad”. La técnica (y la visión ética) que permitían poner la distancia suficiente para “reflejar la realidad tal cual es”, sin intervención humana. Cierto que esto nunca fue posible del todo, pero como máxima imperó largo rato. La tentación de eliminar la voz local o individual llegó al grado de que en proyectos de cobertura noticiosa regional o transnacional, hacia finales de los 80 del siglo pasado por ejemplo, se apostó por pronunciaciones “neutrales” de la lengua para evitar la “alienación local”. Pero equiparar lengua a neutral es igual a matar lo que debe estar activo. Y obvio, no funcionó.

Con el tiempo se ha ido imponiendo la voz individual.

Y se comenzó a hablar en primera persona.

Hace varios meses ya, el periodista Anderson Cooper (figura con presencia activa en CNN y otros entornos mediáticos) afirmó su homosexualidad en una carta que envió al escritor y analista Andrew Sullivan. Lo interesante de ese pronunciamiento tiene poco que ver con las preferencias sexuales de Cooper y más con la reflexión acerca de la persona y el periodista: ¿puede una “confesión de parte” afectar el quehacer periodístico? ¿deberá Cooper demostrar que su orientación sexual no lo llevará a un “periodismo sesgado a favor del segmento de la población al que pertenece”? Entre las razones de Cooper por no haber hablado antes de su homosexualidad estaba la máxima de que “un periodista debe pasar inadvertido y esconder el yo para dar espacio a la realidad que se reporta”. Y al afirmar que sí es homosexual sólo adujo: “sé que estas situaciones a veces requieren visibilidad, para normalizarlas”. Punto y aparte, no se habló mucho más del tema.

En un buen análisis de lo sucedido, desde el portal de uno de los centros de mayor prestigio para el estudio y la investigación en periodismo, Kelly McBride argumentó que sí, con la confesión de Cooper se evidenciaba aún más la irrupción del “yo” en el periodismo, se mostraba que las personalidades de los periodistas se convertían en “parte del producto” y se despertaba la necesidad de reconfigurar el quehacer informativo y sus secuelas desde voces cada vez más personalizadas. McBride agrega que son las redes sociales del ciberespacio las que han contribuido también a esta “confusión” entre lo privado y lo profesional, y alerta sobre la trampa de la exhibición: si dices que eres, te juzgarán; si lo niegas o callas te lo reclamarán. Aunque al final de todo, concluye McBride, estamos en un momento en que tampoco importa: “que Anderson Cooper sea gay o no es un asunto menor, muy menor.”

Pero, claro, una cosa es la confesión personal. Otra bastante diferente el ataque o la burla. Y entonces llegó Internet… “y los límites se borronearon a una velocidad trepidante. La red es un híbrido entre un medio de comunicación y la mismísima calle. Un animal que a veces se muestra amaestrado como un perro faldero y otras veces aúlla como un lobo en el bosque. Y muchas veces (esto es lo que en realidad desconcierta a muchos) es el perro faldero el que aúlla y el lobo quien mueve amistosamente la cola”. Así lo dice Hernán Casciari cuando habla de que el humor es un perro mutante.

Hace unos días apenas, la periodista Carmen Aristegui tomó varios minutos de su noticiario radiofónico para denunciar lo que calificó como una campaña de ataque en su contra, sobre todo a través de las redes sociales. Según Aristegui, a través de cuentas falsas, apócrifas o anónimas se le agrede de manera violenta, muchas veces bajo la acusación de ser lesbiana (y a partir de ahí con diatribas sobre su persona). Aristegui aclaró ser heterosexual (aunque profesó simpatía por las personas de todas las orientaciones sexuales) y reiteró la necesidad de abordar el discurso de odio y los ataques violentos que se dan, también, a través de las redes sociales. Como era de esperarse, por la importancia del personaje, sus declaraciones no pasaron inadvertidas. Y separo las reacciones en varios grupos: quienes aprovecharon para atizar las agresiones en su contra, y quienes con franco interés discutieron lo que ella exhibió al aire. ¿Era necesario aclarar que se es heterosexual para denunciar las agresiones? ¿Esa aclaración no era una manera de deslindarse de aquello de lo que se le estaba acusando? Al hacerlo, ¿no estaba marcando distancia a pesar de manifestar simpatías?

El siempre agudo tuitero @tipographo escribió, a raíz del debate que se generó por las declaraciones de Aristegui, “nunca desmentiré ningún rumor porque no quiero que la gente pueda creer que ser homosexual es una cosa negativaß George Clooney”.

Me queda claro que, a diferencia de Cooper, Aristegui se refirió a su orientación sexual para denunciar el discurso de odio y los ataques en su contra (aunque resultó algo enredado el planteamiento). Y me queda claro también que en México estamos obligados a más amplias reflexiones sobre el alcance de nuestras ofensas y el límite de nuestras palabras. En los recientes debates que se han dado en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, por ejemplo, en torno al uso o no de descalificaciones que podrían ser homofóbicas, se levantó un buen ruido colectivo acerca de considerar la sensibilidad como límite a la libertad de expresión, entender las asimetrías del poder (comunicativo) y los prejuicios sociológicos en nuestras manifestaciones. No está atajada la ecuación.

Ahí andamos. En el reconocimiento de que la palabra no es neutra. En la dificultad de aprehender las dimensiones sensibles de un entorno mediático cada vez más complejo.

Ahora ya se habla en primera persona.

Y no está tan mal que así sea. Por lo menos da espacio para el debate.