Salir del clóset… psicoactivo

Redacción Animal Político · 26 de junio de 2025

Salir del clóset… psicoactivo

Junio, el Mes del Orgullo, nos invita a celebrar que la diversidad sexual y de género existen, aunque más allá de las marchas y banderas arcoíris también es un recordatorio de las distintas luchas que la comunidad LGBTIQ+ ha abrazado históricamente.

Celebramos a una colectividad pionera en cuestionar normas opresivas, luchar por la libertad y contra la discriminación de los cuerpos disidentes. Su sensibilidad política resurge constantemente en debates urgentes, como el consumo de sustancias psicoactivas (SPA), donde el acto de “salir del clóset” —ese gesto revolucionario de existir públicamente— encontró un maravilloso eco en el “salir del clóset psicoactivo”: romper el estigma hacia quienes deciden explorar su conciencia bajo sustancias psicoactivas, criminalizadas por un sistema prohibicionista.

En un mundo que sigue castigando las disidencias, el Orgullo que esta comunidad encarna representa ante todo un acto de resistencia, y desde el Instituto RIA nos sentimos honradas de que acompañen y abanderen la lucha psicoactiva.

La comunidad LGBTIQ+ es reconocida por interseccionar luchas sociales y demostrar que todas las personas caben bajo su arcoíris. Muestran una profunda coherencia bajo la comprensión de que, para “todas las personas, todos los derechos”.

Integrantes de esta comunidad constantemente utilizan las plataformas a su alcance para priorizar la justicia y la verdad sobre los discursos de odio. Son conscientes de que las libertades no se conquistarán con luchas fragmentadas ni con victorias individuales.

Lo demuestran rechazando la instrumentalización de su lucha para justificar violencias como la ocupación israelí en Palestina, coreando a viva voz que “no habrá orgullo mientras haya genocidio”, o señalando los intentos de pinkwashing de las grandes corporaciones.

Con esa misma coherencia es que debe exigirse el adecuado abordaje de los consumos de SPA. No desde la prohibición y la mera abstinencia, sino desde la reducción de riesgos, la autonomía corporal y la crítica a un régimen que, como lo hace con aquello que sale de la heteronorma, hoy patologiza y persigue lo que no comprende. La lucha LGBTIQ+ y la lucha antiprohibicionista son resistencias a sistemas opresivos, pero tienen más en común de lo pensado.

Las orientaciones sexuales no heteronormadas, las identidades de género diversas y el consumo de SPA han sido históricamente ocultados por el temor a enfrentar consecuencias violentas. En el caso LGBTIQ+, el miedo a la discriminación familiar, laboral o incluso a la agresión física obligó a generaciones enteras a vivir en secreto. Con las SPA, ocurre algo similar: el prohibicionismo estigmatiza a quienes consumen, enfrentándoles con la clandestinidad, el castigo social y el abandono de sus redes de apoyo.

Por un lado, políticamente debe involucrarnos que la comunidad LGBT+ enfrenta un riesgo desproporcionado en el consumo de sustancias psicoactivas (SPA), no por una predisposición común, sino como consecuencia del estrés minoritario: la presión constante de vivir en un mundo cisheteronormativo que les expone, desde enfrentar violencia física hasta la exclusión laboral o social.

Ocultar una parte esencial de uno mismo —ya sea la sexualidad o el uso de psicoactivos— se vive como una fractura entre lo público y lo personal, y puede provocar trauma. Las políticas prohibicionistas terminan empujando a las personas consumidoras hacia mercados ilegalizados más violentos e inciertos.

Por otro lado, las desventajas estructurales se superponen. Las permisiones del consumo siguen diseñadas para un usuario imaginario: hombre, heterosexual y con recursos para consumir en privado. En contraparte, las posibilidades de atención disminuyen para personas con disidencias de género, no heteronormadas, racializadas, migrantes o en situación de calle.

El resultado es que las personas no solo cargan con el estigma de su identidad de género, sino con el racismo médico que les negará la atención o los tratamientos de reducción de daños. Por eso la paradoja es amarga: se patologiza a quien usa SPA para soportar un mundo patologizante.

Así como ser queer en público llega a costar la vida o el exilio social, admitir el consumo de ciertas sustancias te expone a perder tu trabajo, tu custodia o tu libertad y, en ambos casos, el armario no representa un refugio, sino una condena de silencio. El pánico moral contra las SPA tiene mucho en común con el odio que persigue a las identidades queer. Aunque hoy sabemos que los “clósets” se derrumban cuando hay comunidad.

Ayer fueron los bares clandestinos queer; hoy es la apertura de espacios de análisis de sustancias en espacios nocturnos. En el ámbito que sea, la lección es la misma: la liberación avanza de la solidaridad entre disidentes y no solo de la mano del Estado –aunque aspiramos a mejorar las políticas para todes, todas y todos–.

Este Orgullo nos dedicaremos a tejer redes colectivas, así que esperamos encontrarte en persona o en nuestros canales digitales. Seamos un lugar seguro para nuestras personas cercanas. Alguna persona usuaria de sustancias psicoactivas podría estar más cerca de ti de lo que imaginas.

* Julia Anguiano Rosas es investigadora y analista de políticas públicas. Es licenciada por el Centro de Investigación y Docencias Económicas (CIDE) y responsable de investigación en el Instituto RIA. Lidera proyectos de investigación sobre usos de sustancias psicoactivas y políticas de drogas. Está interesada en impulsar políticas públicas sobre drogas centradas en la salud pública y en la producción de información local sobre su consumo.