blogeditor · 3 de mayo de 2014
Por: Mara Hernández Estrada (@maraihdez)
El domingo pasado fue la última función de Safari Tepito. Era día de fiesta y el sentimiento de orgullo tepiteño —Tepito existe porque resiste– flotaba en el ambiente, mientras Daniel Giménez Cacho y Roberto Campa Cifrián clausuraban la primera temporada de esta audaz propuesta artística que es tour de barrio, teatro testimonial, bailongo, convivio, política de prevención, aventura en motocicleta y más.
Dos rutas y cuatro historias son las que componen el guión de esta singular puesta en escena. A cada ruta le tocan dos historias. A mí me tocó conocer las de Vero y Mayra, dos de “las siete cabronas invisibles de Tepito”. Cada una de sus historias narradas en la sala de sus casas de tradicional vecindad tepiteña, y entretejidas en diálogo con las de un actor u actriz que se habría instalado 15 días a vivir con ellas para compartir y comprender qué tenían en común sus luchas, sus dolores y sus amores.
Mayra es madre soltera porqué así lo decidió, porque quiere criar a su hijo a su modo y quizá también porque tiene una “familia muégano” de donde parece tomar mucha de su fuerza. En esa fuerza y en la decisión de ser madre soltera, Mayra se parece a la mamá de Mónica, la actriz que estuvo 15 días viviendo con ella. Igual que la mamá de Mónica, Mayra es defensora de derechos humanos y nos muestra los dos balazos que le propinó un policía en CU en uno de tantos episodios de abuso de fuerza pública… Pero a Mayra y a Mónica, lo que más les duele es la injusticia y la impunidad. A Mayra le duelen tanto que no la detiene en su lucha ni el miedo a dejar huérfano a su hijo. “Mayra, ¿no te da miedo?”, pregunta Mónica insistente, porque Mónica sí vive con ese sentimiento todos los días, por su madre que vive sola y también trabaja como defensora sin miedo a la muerte.
Vero es otra cabrona. Todos en el barrio la respetan y la quieren. A los que se pasan de lanza los agarra del pescuezo y los pone contra la pared para luego castigarlos “retirando mi amistad, porque de verdad es lo que más les duele”. Pero es profundamente creyente, por lo que profesa el “amor al enemigo”, una capacidad de perdón profundo que le permite “andar ligera” por la vida aunque su tío abusó de ella y de todas las hermanas. Le gusta cantar “la Muñeca Fea” porque así se sentía cuando murió su madre y la dejó a cargo de sus hermanas; pero también aprendió que siempre están “la escoba y el recogedor”. En eso se parece a Mauricio, el actor que se instaló 15 días en la sala de su casa, que creció con un padre alcohólico y sin mamá por que los abandonó a él y a su hermano a los 10 años. Vero nunca se casó porque te dicen y te prometen y luego… Pero lo que más le gusta es bailar danzón. pro
De un lado a otro, en medio de puestos a medio quitar porque “en Tepito todo se vende menos la dignidad”, a través de La Plaza de los Enamorados y luego a la de las Tres Culturas –pues de ahí salió Cuauhtémoc derrotado a esconderse en Tepito, por ser barrio bravo, antes de ser capturado por los españoles–, hasta llegar al puesto de Pipiolo a bailar unas cumbias en medio de la calle y finalmente al lugar de la clausura: el “Centro de Estudios Tepiteño”… Todos esos trayectos me tocó transitarlos a bordo de la flamante motocicleta de un afamado luchador de la Arena México que no ha sido desenmascarado en 10 años, pero que todos en Tepito conocen como “Robín”, su alias de la lucha libre.
Última parada: banda del barrio con sus tatuajes y piercings, chilangos fresas, hipsters y alternativos; funcionarios militantes del PRI, artistas, defensoras de derechos humanos y al menos dos de las legendarias “siete cabronas” de Tepito nos reunimos en el “Centro de Estudios Tepiteños” para conversar y brindar –entre conmovidos y emocionados– en la clausura del evento y de lo que espero sea la primera de muchas temporadas.
Si fuera necesario resumirlo en 140 caracteres, Safari Tepito es un intenso viaje al laberinto de espejos donde actores, tepiteños y público se miran, reencuentran y reconocen. Y es que el estigma que pesa sobre Tepito es el mismo que pesa sobre los chilangos y también sobre nuestro país: violencia, deshumanización, gandallismo, desorden, corrupción, machismo, impunidad.
Qué importante recordar y reconectar desde nuestra capacidad de amar, desde la mirada a uno mismo desde el otro, como punto de partida para reconstruir ese tejido social del que tanto hablan los expertos en prevención de delito. Y es que Safari Tepito es, quizá más que nada, una conspiración para retejer fino los vínculos fracturados entre chilangos.
* Mara Hernández es especialista en Negociación y Democracia. Se doctoró en el Massatchussets Institute of Technology (MIT). Certificada en Mediación por el Programa de Mediación de Harvard. Maestra en Administración Pública por Harvard.