Animal Político · 2 de octubre de 2026
El 23 de septiembre la eutanasia llegó a la Cámara de Diputados en un conversatorio convocado por las comisiones de Salud, Puntos Constitucionales y Justicia. Hubo personal médico, especialistas en bioética, activistas, legisladoras, personas enfermas y familiares. En una de las mesas también apareció José Alberto Medel Ortega, canciller de la Diócesis de Xochimilco. El programa, según la crónica publicada posteriormente por Desde la Fe, lo presentó allí como representante del “sector religioso”. Ya esa expresión merece una conversación propia. México tiene católicos y católicas, protestantes, judíos, musulmanes, personas de religiones indígenas, espiritualidades que no encajan fácilmente en esas clasificaciones y creyentes que no obedecen automáticamente a lo que dice una autoridad religiosa. Un presbítero católico puede hablar desde su tradición, convertirlo en “el sector religioso” hace otra cosa. Pero quiero detenerme en lo que dijo.
Medel empezó con una frase difícil de refutar: cuando una persona ya no puede ser curada, todavía debe ser cuidada. Desde la Fe la recoge así: “No poder sanar […] no implica que no haya que cuidarla”. De acuerdo.
La dificultad surge cuando esa afirmación se utiliza como argumento en contra de la eutanasia. Cuidar y respetar una decisión sobre el final de la vida no son necesariamente acciones contrarias. Los cuidados paliativos atienden dolor, síntomas físicos, necesidades psicosociales y también espirituales; la Organización Mundial de la Salud insiste en su importancia para quienes enfrentan enfermedades que amenazan la vida. Todo eso debería estar disponible antes de que una persona deba decidir en medio del abandono. Lo que no se sigue de ahí es que recibir paliativos obligue a renunciar a cualquier otra decisión sobre la propia muerte.
Los datos de los lugares donde existe alguna modalidad legal de muerte médicamente asistida muestran por qué esa oposición resulta demasiado sencilla. Vale la pena mirar lo que ocurre en lugares donde cuidados paliativos y ayuda médica para morir conviven. Por ejemplo, en Canadá, el 74.1 % de quienes recibieron asistencia médica para morir en 2024 habían pasado también por cuidados paliativos. En Oregón, la figura legal es distinta: la persona se administra los medicamentos que le han sido prescritos. Allí, el 92 % de quienes murieron bajo la Death with Dignity Act en 2025 estaban inscritos en servicios de hospice. Ninguna de esas cifras vuelve ejemplares a esos sistemas, tampoco dice que el acceso al cuidado sea igual para todas las personas. Sí muestra algo más concreto: recibir paliativos y solicitar ayuda médica para morir no son experiencias que necesariamente se excluyan. Lo que sí hacen es desmentir que paliar y solicitar ayuda médica para morir deban excluirse por definición.
Luego vino un argumento que conozco bien porque circula constantemente en documentos eclesiales católicos. Medel preguntó si una sociedad que reconoce la posibilidad de disponer de la propia vida puede seguir llamándose “verdaderamente humana”. Después habló del peligro de una “concepción utilitarista” que terminaría perjudicando a quienes viven en mayor vulnerabilidad.
Una legislación sobre eutanasia puede ser injusta si una persona solicita morir porque no cuenta con analgesia, asistencia, vivienda, cuidados o los apoyos necesarios para vivir. La autonomía, sin condiciones materiales suficientes, puede convertirse en una palabra muy cómoda para el Estado. De hecho, creo que quienes defendemos que las personas participen en las decisiones sobre su propia muerte tenemos que reflexionar y actuar sobre esa dificultad estructural. Pero una posibilidad de abuso no puede convertirse, sin demostrarlo, en la descripción de toda decisión.
Hay una diferencia enorme entre decir “debemos construir salvaguardas para que nadie solicite morir porque ha sido abandonadx” y afirmar que reconocer una decisión autónoma nos conduce necesariamente al utilitarismo. La primera frase formula un problema político y bioético. La segunda ya contiene su conclusión.
Basta con mirar cómo funcionan algunos sistemas reales para advertirlo. En Canadá, la solicitud no desemboca de inmediato en una respuesta afirmativa. Hay evaluaciones independientes, la persona puede retirarla y debe expresar su consentimiento. Según el caso, también se revisan alternativas de cuidado, apoyos disponibles y otros servicios. Se puede discutir si todo eso basta. Lo que cuesta sostener es que el médico aparezca allí como alguien que simplemente ejecuta una voluntad ya cerrada, porque el procedimiento está construido justamente para que haya revisión, información y posibilidad de detenerse.
Medel utilizó también ese argumento. El médico, dijo, tiene un ethos: no dañar, sanar cuando sea posible y aliviar cuando la muerte resulta inevitable. La formulación parece poner a dos personajes frente a frente. De un lado, el médico que cuida y del otro, el paciente que exige.
Yo no reconozco ahí la medicina que quisiera para el final de mi propia vida. Quisiera a alguien que alivie mi dolor, que me diga cuándo una decisión médica no tiene sentido, que me advierta si estoy decidiendo bajo presión y que me explique lo que se puede hacer todavía. También quisiera que esa persona entienda que mi cuerpo no deja de ser mío aunque esté enfermo. Una relación clínica mínimamente ética no exige elegir entre la autoridad médica y la autonomía. Exige que ninguna pueda borrar a la otra.
Algo semejante ocurre con la dignidad. En la intervención de Medel, la eutanasia aparece en varias ocasiones como si estuviese amenazada por la muerte médicamente asistida. El problema es que la palabra “dignidad” no es propiedad de la perspectiva católica. Para una determinada antropología que plantean, la vida posee un valor que ninguna voluntad individual puede anular. Pero esa posición religiosa, que es muy reconocible, se distingue, por ejemplo, de quienes entienden su dignidad como la capacidad de decidir los tratamientos que acepta, cuánto sufrimiento considera soportable o las condiciones que considera compatibles con su propia manera de vivir.
En Oregón, en 2025, entre los motivos de quienes utilizaron aquella legislación de muerte asistida, se registraron con mayor frecuencia no el dolor físico, sino la pérdida de autonomía, la imposibilidad creciente de realizar actividades que daban sentido a la vida y la pérdida de dignidad. Ciertamente, podrían discutirse esas razones, pero no deberíamos sustituirlas antes de escucharlas.
Y entonces ocurrió algo que cambió mi lectura de la intervención.
Abrí Morir con dignidad. Reflexiones en torno al fin de la vida, un texto publicado en 2018 por Fernando Chomali, entonces arzobispo de Concepción. En la página 5 encontré la misma pregunta sobre si una sociedad que permite disponer de la vida sigue siendo “verdaderamente humana”. Inmediatamente después, aparece la misma advertencia sobre la concepción utilitarista, las personas vulnerables y el ethos médico. El orden también coincide.
Seguí leyendo.
En la página 17 aparecen los cuidados paliativos y la afirmación de que el no poder sanar no elimina el deber de cuidar. Vienen después los cuidados destinados a hacer menos penosa la situación y la aspiración a vivir los últimos momentos de manera serena y acompañada. Es la misma secuencia que Desde la Fe atribuye a Medel y todavía había más.
Chomali escribe que una sociedad incapaz de hacerse cargo de quienes están enfermos “ha perdido el norte“. Medel, según la nota, termina utilizando exactamente esa expresión. Y Chomali ya había dirigido su reflexión a quienes legislan, esperando que sirviera para iluminar leyes capaces de salvaguardar la dignidad al final de la vida y proteger a quienes considera más débiles. También ese movimiento reaparece en la intervención mexicana.
El audio despeja una duda que la nota de Desde la Fe todavía dejaba abierta. Medel no menciona a Fernando Chomali en ningún momento de su intervención. Tampoco identifica las fuentes eclesiales que Chomali sí explicita en su texto. La definición de eutanasia aparece introducida simplemente como “una definición que me parece muy adecuada”; después llegan, sin referencia, el médico convertido en posible “ejecutor de los deseos del paciente”, la esperanza de que “esta reflexión ilumine a los legisladores” y, hacia el final, una sociedad que “ha perdido el norte”. No fue la crónica periodística la que borró las referencias. Tampoco están en el registro oral.
Esto cambia el problema. Buena parte de la intervención que Medel presentó ante la Cámara de Diputados reproduce formulaciones y secuencias argumentales que Fernando Chomali había publicado años antes en Morir con dignidad. Algunas proceden, además, de documentos que Chomali sí referencia. Las palabras llegaron al foro sin esa genealogía.
El cierre tiene todavía otra procedencia. La frase sobre defender la dignidad frente a quienes, en nombre de una “presunta muerte digna”, terminarían por negar la dignidad de la vida se encuentra casi literalmente en una nota de la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Española, publicada en 2020 durante el debate legislativo de aquel país.
Eso me interesa incluso más que descubrir una frase sin comillas.
Porque ahora podemos ver qué entró realmente a aquella mesa de la Cámara de Diputados bajo el nombre de “sector religioso”. No se trató de una voz religiosa en abstracto; fue una posición católica institucional reconocible, compuesta en buena medida por argumentos publicados años antes por un arzobispo chileno y rematada con palabras de la Conferencia Episcopal Española. Si bien eso no invalida automáticamente un argumento y una idea no se vuelve falsa solo porque la haya escrito un obispo, todo eso sí cambia la escena.
Cuando alguien interviene en un foro legislativo como representante de “lo religioso”, importa mucho el contenido y la tradición desde la que habla y, por supuesto, hasta dónde llega su representación. La Iglesia católica tiene todo el derecho a participar en una conversación pública sobre la muerte, pero no debería ocurrir que su antropología aparezca como si fuera la voz espontánea de las personas creyentes.
Yo también soy creyente. También conozco habitaciones en las que alguien está muriendo. También pienso que abandonar a una persona enferma porque ya no puede ser curada sería una crueldad. Precisamente por eso no quiero que el cuidado se convierta en una palabra utilizada para decidir por adelantado lo que otra persona debe soportar.
Cuidar puede significar aliviar. Puede significar quedarse. Puede significar conseguir paliativos cuando nadie los ofrece. También exige escuchar lo que dice la persona cuyo cuerpo está llegando al final.
La discusión verdaderamente difícil comienza ahí, cuando el cuidado deja de hablar por alguien y acepta hablar con alguien.
Fuentes consultadas
Desde la Fe, “Sacerdote cuestiona la eutanasia ante diputados: ¿es verdaderamente humana una sociedad que dispone de la vida?” https://desdelafe.mx/noticias/iglesia-en-mexico/sacerdote-cuestiona-la-eutanasia-ante-diputados-es-verdaderamente-humana-una-sociedad-que-dispone-de-la-vida/
Fernando Chomali Garib, Morir con dignidad. Reflexiones en torno al fin de la vida, 2.ª ed. (2018). https://www.academyforlife.va/content/dam/pav/documenti%20pdf/2018/02_SALUTE_HEALTH_CHILE_Morir%20con%20dignidad.%20%2BFdo%20Chomali.pdf
Organización Mundial de la Salud, “Cuidados paliativos”. https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/palliative-care
Health Canada, Annual Report on Medical Assistance in Dying in Canada 2024. https://www.canada.ca/en/health-canada/services/publications/health-system-services/annual-report-medical-assistance-dying-2024.html
Oregon Health Authority, Oregon Death with Dignity Act: 2025 Data Summary. https://www.oregon.gov/oha/PH/PROVIDERPARTNERRESOURCES/EVALUATIONRESEARCH/DEATHWITHDIGNITYACT/Documents/year28.pdf
Conferencia Episcopal Española, nota de la Comisión Ejecutiva sobre la eutanasia (14 de septiembre de 2020). https://www.conferenciaepiscopal.es/nota-de-la-comision-ejecutiva-sobre-la-ley-de-la-eutanasia/