blogeditor · 12 de mayo de 2017
“Siempre pensé que iba a ser un viejo verde y lo estoy consiguiendo”.
Joaquín Sabina
Uno no puede acusar a sus artistas de haber vivido y, a causa de ello, haber cambiado. Soy de quienes piensan que el mejor Joaquín Sabina -aquel que admirábamos rabiosamente porque con su actitud, hoy legendaria, realmente parecía ser el hermano mayor que entró a la secundaria fumando, como decía una nota memorable que publicó hace décadas la revista Tiempo Libre-, se quedó encapsulado en las magistrales formas poéticas que empleó para contarnos historias fabulosas que hablan de excesos que hoy, para la mayor parte de su público y para él mismo, son literalmente cosa del pasado (ya muy pasado).
Ningún fan de Sabina discutirá que del autor que compuso “Pacto entre caballeros” al que pergeñó “Tiramisú de limón”, media una vida de intensos años en la que junto a las tres cajetillas de cigarrillos acostumbradas anteriormente, lo que también se apagó en definitiva fueron la subversión y el hechizo de un estilo de vida que en su momento muchos envidiamos y que hoy es ya parte de los recuerdos que concitamos cuando ponemos cerca de nuestros oídos cualquiera de las pequeñas obras maestras que Sabina produjo en sus años más feroces y fecundos, esas celebraciones del idioma español que escribió por los años en que se convirtió por una noche en amigo de un grupo de delincuentes que luego de robarle lo reconocieron para llevárselo de juerga, las mismas que alguna vez le hicieron recostar su cabeza en el hombro de la luna, leernos diarios del futuro en los que se informaba que un golpe de Estado había triunfado en la luna (y movidas así), ponerse triste y decir que bastaba con ser tu enemigo, apostar por más de cien mentiras que valen la pena y pedir que los que matan se mueran de miedo.
Ese Sabina quedó atrás. Sería una necedad culpar de ello al dinero, las regalías y las comodidades. Quizá sería menos necio culpar a las comidas con presidentes y embajadores, a las cenas con intelectuales de esos encumbrados que hoy ocupan las primeras filas para asistir a sus conciertos y al favor hoy bondadoso de alguna gente que se parece mucho a la que en su momento de mayor ingenio tanto criticó. En todo caso, habría que culpar a la vida de Joaquín Sabina por haber construido al Joaquín Sabina que hoy niega todo con humor, pero al final uno no puede acusar a sus artistas de haber vivido.
Esta será la primera vez en muchos años que no acudiré al Auditorio Nacional a tributarle merecido aplauso de pie a uno de los más grandes compositores que me ha tocado conocer. Será que este no es el Sabina que más me emociona. Será que la sola imagen de algo parecido a lágrimas de mármol me expulsa de Reforma, o que prefiero las historias de calle con que sigue proveyéndome Jaime López. Será que sospecho que tanta calculadora quizá haya terminado por roer algo el rock de un artista que he admirado tanto.
Será que cuando uno intuye que se acerca la despedida prefiere llevarse la mano al corazón en lugar de agitarla desde la butaca al final de la última canción para decir -quizá, sólo quizá- adiós a un artista al que ninguno podemos culpar de haber vivido tanto.
O quizá deba pensármelo mejor y apresurarme a conseguir boletos para ver al creador de cientos de canciones memorables. Ese ícono espeso que una vez, hace años, cuando lo tuve frente a mí en el bar La Ópera, tuvo a bien firmarme el casette pirata que de su música llevaba conmigo rayoneando sobre la fotocopia que hacía las veces de portada una leyenda que sólo al llegar a mi casa pude distinguir bajo mejor luz: “Con ahorro: Joaquín Sabina”.