Ruido de fondo

blogeditor · 5 de agosto de 2020

Ruido de fondo

No hay forma de darle la vuelta. O más bien, no debería haberla. La pandemia está en un punto que hace apenas unos meses era inimaginable y es peor de lo que nadie se atrevió a imaginar en su momento. Resulta trágicamente ridículo recordarlo, pero es necesario hacerlo: apenas en marzo el gobierno federal aseveraba que el desastre duraría “doce semanas al menos” y apenas en abril estimaba que habría entre 6 y 8 mil muertes. Parecía difícil de sobrellevar, trágico en realidad, pero como quedó en claro después, era ridículamente optimista. Lo que siguió es de sobra conocido, pero también debe recordarse: revisión tras revisión de los estimados, siempre hacia arriba, debates técnicos interminables sobre la forma en que deben calcularse la evolución y el impacto económico y de salud de la pandemia y, eventualmente, el colapso de la noción de que podía haber un mínimo consenso entre nuestros líderes sobre las medidas que debían adoptarse. A principios de agosto nos encontramos ya a un paso de los 50 mil fallecimientos y meses aún de pandemia por delante, sumidos en una mayor incertidumbre que cuando comenzamos, envueltos aún en debates técnicos y políticos interminables sobre lo que significa todo esto y sobre lo que debe hacerse.

No hay forma de darle la vuelta. Estamos peor de lo que nos atrevimos a imaginar o, más precisamente, de lo que se nos advirtió que debíamos imaginar y temer. El fracaso es total y evidente, tanto en el número de fallecimientos como en la caída de la economía. De hecho, el fracaso es tan total y evidente que uno podría imaginarse, razonablemente, que tendría consecuencias directas y visibles para los responsables políticos de evitar o al menos mitigar el desastre, que debería convertirse en una ventana de oportunidad para introducir cambios de fondo en la vida política mexicana, de exigir nuevas formas de acción, de rendición de cuentas. Uno podría imaginarse, quiero decir, pero no debería hacerlo, porque ya tenemos más o menos en claro que no está ocurriendo aún —ni a nivel federal ni estatal.

Frente al desastre innegable no se ha registrado ninguna consecuencia política relevante, ningún cambio de importancia. La vida de todos cambió, pero la vida política y el debate público insisten en permanecer igual, recurriendo a las mismas tácticas y grandilocuencias. Se hace política como si no hubiera pasado todo lo que ha pasado: sin aceptar ninguna responsabilidad de lo que ocurre, arrojando lo que quede a mano al de enfrente, sacando cuentas del tablero político que podría resultar de las elecciones del próximo año.

Esta inercia puede ser decepcionante, pero bien visto, es perfectamente comprensible. Aunque no hay forma de darle la vuelta al fracaso, todo el que puede está, justo en este momento, tratando de hacer justo eso: desde los líderes que intentan, una y otra vez, regresar a su agenda política prepandemia hasta los ciudadanos de a pie que a la menor oportunidad tratamos de reconstruir una semblanza de su vida antes del desastre. Todos estamos ya viviendo la “Nueva Normalidad” como mejor podemos y entendemos, si se quiere. La vida sigue, aunque haya cambiado y continúe cambiando y tengamos poca, o más bien ninguna, claridad de lo que sigue. No hay otra opción. Uno debe continuar avanzando.

Se pensó que la pandemia era un golpe durísimo pero breve y, en cambio, se convirtió en un golpe durísimo a la vez que uno de esos problemas públicos irresolubles, permanentes, de consecuencias graves y profundasm pero que uno termina por incorporar en su vida cotidiana porque no queda de otra. La pandemia va, pues, en camino de convertirse en ruido de fondo, veces más insoportable, veces menos, aunque siempre presente. Igual que ha ocurrido con otros problemas públicos irresolubles —la corrupción, la inseguridad, la pobreza— la crisis de COVID-19 se convierte rápidamente en una trinchera más en la que pelear en nombre de uno u otro líder, de una u otra causa. No hay forma de aprender ninguna lección de esto ni apalancar ningún cambio. La Nueva Normalidad que se parece, también en esto, demasiado a la vieja.

@jaimelat