blogeditor · 7 de marzo de 2021
En noviembre de 1989, cuando miles de alemanes de las dos alemanias se dedicaban a demoler el muro de Berlín, Mstislav Rostropóvich cogió su violoncello, una silla, salió a la calle y se sentó a tocar junto a él. Se trataba, claro, de un homenaje a la libertad, a la igualdad, a la esperanza que representaba el derrumbamiento del símbolo del oprobio, de lo que clasificaba a las personas en occidentales u orientales, de lo que instituía y perseguía las diferencias, de lo que definía futuros y posibilidades distintas para quienes nacían en uno u otro lado del muro,
La noche del 1º. de julio de 2018 varios miles de personas se reunieron en el Zócalo para celebrar la victoria de López Obrador. Había esperanza de que las cosas en el país fueran distintas, de que lograríamos abatir las brechas de desigualdad, de que habría respeto por la ley, de que se combatiría la corrupción, de que mejoraría la seguridad pública.
En 2021, a tres días del 8 de marzo, día internacional de la mujer, el Zócalo se vistió con un muro, otro más que significa el oprobio: Palacio Nacional fue rodeado con un muro de acero para blindarlo durante la manifestación de las mujeres.
Ninguna expresión política en lo que va de este sexenio ha tenido más razón de ser, más claridad, más empuje, más congruencia y más relevancia que la exigencia de las mujeres para ser tratadas como personas (no ser asesinadas, no ser golpeadas, no ser acosadas, obtener los mismos salarios que los hombres, tener acceso a puestos de decisión, tener derecho al aborto sin ser criminalizadas, valer más que las ventanas que rompen a su paso).
El presidente López Obrador, quien recibió 53% de los votos en 2018 y hoy tiene 63% de aprobación, ha desvirtuado de manera sistemática la exigencia de las mujeres para ser tratadas como seres humanos.
De acuerdo con el documento Violencia Feminicida en México: Aproximaciones y Tendencias, publicado en diciembre de 2020 por el Inmujeres, Segob, ONU-Mujeres y la CONAVIM, el panorama que enfrentan las mujeres es desolador.
Ya desde las leyes creadas para protegerlas de la violencia el horizonte no es promisorio: tipificación asimétrica del delito de feminicidio en los códigos penales estatales; variación en las sanciones mínimas y máximas para los feminicidas; dispar adjudicación de recursos en materia de violencia de género (por ejemplo; sólo 9% de las leyes de acceso de las mujeres a una vida libre de violencia contempla la asignación de recursos para la instalación de refugios especializados para mujeres sobrevivientes de violencia).
Por supuesto, si se analizan no las leyes sino la violencia que se ejerce sobre las mujeres en México, el resultado es siniestro: de 1990 a 2019, se han cometido 56,571 homicidios de mujeres (2,828 por año). Sólo en el primer semestre de 2020 se reportaron 489 feminicidios y 1,443 víctimas de homicidios dolosos. Entre 2012 y 2018 se denunciaron 15 mil violaciones por año en promedio en nuestro país, el 81% de las cuales tuvo a mujeres y niñas como víctimas. En 2018 (último año del que se reportan datos en el estudio), de las 13,420 mujeres víctimas de violación sólo el 0.05% (57 mujeres) tenía una causa penal abierta que podría concluir en impartición de justicia.
Se trata de datos generados en México por autoridades mexicanas y avalados por instituciones del gobierno federal. No son cifras producto de conspiraciones conservadoras, extranjerizantes ni fifís.
El muro que se ha erigido frente a Palacio Nacional simboliza algo muy distinto de lo que esperaban miles de personas en el Zócalo en julio de 2018. Se trata de la confirmación de la desigualdad, de la diferencia, de la discriminación, del vasallaje. ¿Es inviable sentarse a construir con las mujeres una ruta para acabar con el sinnúmero de factores que atentan contra sus vidas, su dignidad, sus cuerpos y su bienestar? ¿Significa claudicar políticamente el atender las recomendaciones que las propias instituciones del gobierno federal realizan para mejorar la vida de las mujeres, no sólo en temas de violencia sino en salud, en educación, en trabajo, en vivienda, en derechos sexuales y reproductivos? ¿Es un muro la mejor respuesta a una exigencia basada en la búsqueda de la igualdad y de la dignidad?
Quién sabe cuándo se sentará algún chelista junto al Muro de Palacio para celebrar su caída. Pero mientras eso no suceda el futuro de las personas en México seguirá dependiendo de en qué lado del muro nazcan.
* Sergio López Menéndez es investigador en Controla Tu Gobierno, A.C. (@ControlaTuGob).