Joel Aguirre · 25 de agosto de 2026
Para quienes llevamos tiempo en estos temas, el concepto de “techo de cristal” nos es muy familiar, tanto, que la verdad yo lo creía algo agotado. Sin embargo, durante los últimos meses lo volví a escuchar en distintos espacios como algo ya conquistado, como un obstáculo que las mujeres ya logramos romper.
La manera en que se utilizó me dejó pensando en todo lo que ha dejado fuera y, sobre todo, en qué estructuras —institucionales y colectivas— se han transformado o si, tal vez, se volvió solo un eslogan feminista utilizado de manera individual, pero despojado ya de significado y de exigencia de transformación.
No quiero quitarle relevancia al concepto. El techo de cristal ha sido una metáfora útil para mostrar las barreras invisibles a las que históricamente se han enfrentado las mujeres para acceder a los puestos más altos y, en su momento, fue importante porque mostró trabas que solían ser ignoradas. Además, colocó en la conversación pública cómo operaba la discriminación de género aún con la puesta en marcha de muchas políticas organizacionales aparentemente neutrales.
Pero ha tenido fuertes críticas. Primero, aquellas relacionadas con la homologación de las aspiraciones de las mujeres, suponiendo que el principal objetivo para todas es llegar hasta el puesto más alto; y también, aquellas circunstancias que hacen que la mayoría de las mujeres ni siquiera tengan acceso a la puerta del edificio, ya no hablemos de escalar en una carrera corporativa.
Para señalar estas tensiones, con el tiempo fueron surgiendo nuevos términos, todos apuntando a la imposibilidad de ascender o de moverse horizontalmente, tales como pisos pegajosos, techos de cemento, paredes de ladrillos o escaleras rotas. Estos conceptos trataron de mostrar que hay otras circunstancias más allá del género que impiden siquiera pensar en puestos más altos y que mantienen a muchas mujeres en posiciones precarizadas.
Pero hoy la conversación va más allá. Ahora sabemos que, para la gran mayoría de mujeres, principalmente quienes no han tenido la suerte de tener acceso a un contexto con buen capital económico, social y cultural, las oportunidades de entrar al edificio no son las mismas ni son suficientes; o incluso, algunas han entrado para limpiar los pedacitos de vidrio que caen al piso cuando otras mujeres rompen el techo, lo cual no solo es peor, sino perverso porque podría estar manteniendo estructuras de desigualdad bajo discursos feministas.
Hay otra razón por la que hoy la metáfora se queda corta. La idea bajo la que surgieron estas metáforas era la de un mundo laboral tradicional. Nos remiten a un edificio con muchos pisos, con paredes y techos transparentes, como los edificios de Santa Fe en los que la mayoría de quienes estudiamos derecho queríamos trabajar al salir de la universidad y que, por suerte, algunxs nos salvamos.
¿Seguimos trabajando en esos edificios? ¿Nuestra idea de trabajo se sigue estructurando con una carrera profesional lineal? Creo que no.
Los proyectos de vida se han complejizado. La precarización laboral, lo que concebimos como familia, la duración de la vida económicamente activa y la transformación de los roles de género han ido alterando esa estructura lineal que duraba para casi toda la vida. Los empleos hoy no solo están en esos edificios. Hoy la infraestructura ya no es siempre física, es también intangible y dinámica.
Parte de esas transformaciones las tenemos en relaciones más horizontales, múltiples empleos, ya no hay jubilación —aunque queramos—, autoempleo y un mercado laboral cada vez más competitivo y mal pagado. ¿Cuántas personas ahora quieren o pueden esperar 15 años para ascender a un puesto directivo? ¿Qué pasa cuando dependo de generar clientes y no de una organización? ¿Qué pasa cuando un algoritmo decide mi ascenso?
Los trabajos fuera de las organizaciones tradicionales se han vuelto una opción y necesidad, pero esto no ha implicado salir de esa arquitectura en la que, aunque ya no hay techos ni pisos, subsisten otras desigualdades como la informalidad, la dependencia de proyectos o ventas y la incertidumbre económica durante y después de la vida económicamente activa.
Esa arquitectura que hemos construido —y seguimos reproduciendo— sigue determinando quién entra y quién sale; por dónde se puede caminar, qué espacios se pueden ocupar y por cuánto tiempo; a quién se le permite romper el techo y a quién no, porque hacerlo podría implicar transformar condiciones de privilegio que se quieren mantener.
Sé que los conceptos por sí mismos no transforman estructuras y quizá no importa si son techos, pisos o paredes. No sé qué conceptos irán surgiendo, seguramente tendremos más, pero creo que lo importante es seguir cuestionando cómo estamos diseñando espacios a los que todavía solo unas cuantas mujeres, usualmente con ciertos privilegios, logran llegar.♦