Daniel Gershenson · 15 de agosto de 2011

¿Tendrán que seguir siendo nuestros acontecimientos fatales, una versión local de los eternos retornos: víbora que se muerde la cola, planteados por Nietzsche?
La semana pasada: el nueve de agosto para ser exactos, un trailer se queda sin frenos en una calle de Aramberri, municipio al sur de Nuevo León. Arrolla varios coches, y se impacta diectamente contra la Guardería ‘Belén’ propiedad de Sedesol. Los muros son de adobe. Fallecen tres de los cuatro niños que se encontraban adentro: Jimena Luna Reséndez, de 4 años, Valeria Garza Vázquez, de 2 años, y Joana Elizabeth Cueto Roan, de 6 años. Mueren también los adultos Raúl Puente Carranza (quien conducía un automóvil Chevy en el momento del impacto), de 23 años; Rosa María Castillo Argueyo, 35 años, empleada del lugar y Arturo Cruz Rodríguez que realizaba trabajos de albañilería en la guardería.

Esto sucede a más de dos años y dos meses del incendio de la Guardería ABC. El Estado que capitula, el accidente que no tarda en pasar desapercibido. La sensación de que de tanto pasar, no acaba pasando nada. ¿Acaso no hemos vivido esto antes; por los siglos de los siglos casi?
La Secretaría de Desarrollo Social y el gobierno del estado se comprometen a ayudar. La esposa del presidente (prima de una de las duenñas de la Guardería ABC, no olvidemos), hace acto de presencia. El mismo elenco, listo para apersonarse en circunstancias análogas y cuantas veces sea necesario. La noticia pronto se extingue en el radar de los medios. Como el estado del tiempo, o los resultados deportivos de la semana pasada.
En medios y redes sociales hay indignación, pero también una actitud fatalista y casi de resignación. Son accidentes: cosas que pasan. Los que señalan casos recurrentes, incluso son tildados de ‘amarillistas’.
Esta actitud me recuerda el desplante oratorio del Ministro Salvador Aguirre Anguiano durante la discusión del Dictamen de Arturo Zaldívar en la Suprema Corte, para determinar responsabilidades en el incendio en el que murieron 49 niños y quedaron lesionados más de cien.
Su planteamiento (si así puede llamársele), era contundente y sencillo. El cuidado de los niños es un grave problema en México, imposible de resolver ‘con presupuestos del tercer mundo’. Ojalá fuésemos Finlandia, o los Estados Unidos. Tenemos que conformarmos con lo que tenemos. Por desgracia, no somos un país rico: por eso nuestras guarderías sólo deben aspirar a ser mejores que las de Haití, o algún país africano. Elocuentes palabras que contradijo sin querer el Ministro Presidente Ortiz Mayagoitia, al mencionar que los trabajos de remodelación de su propias estancias en la Suprema Corte habrían costado la friolera de sesenta millones de pesos.
En todo caso, el primer impulso parece ser el de enterrar las noticias desagradables: ¿esperarlas hasta nuevo aviso: cuando resurjan con más fuerza? Porque todo lo que no esté relacionado con las elecciones venideras, carece de peso específico.
La intención manifiesta: votada en el Senado, de adoptar las mejores prácticas en el manejo de las estancias infantiles, sigue en suspenso. Los compromisos adquiridos no se cumplen. La Ley Cinco de Junio no ha sido dictaminada todavía en la Cámara Baja. Aparentemente no habrá periodo extraordinario de sesiones, y los diputados se verán inmersos en discusiones presupuestales que bien podrían posponer lo inevitable.
Los papás y mamás de la Guardería ABC, que han exigido que se anteponga el derecho de los niños de México a cualquier otra consideración no están en la actualidad en condiciones de venir al DF para replantear su caso directamente ante los legisladores. Eso puede cambiar, pero la pelota se encuentra en su cancha de San Lázaro.

Quisiera uno pensar que la clase política no le quier apostar al desgaste, o a la eventual aparición de los mismos temas reciclados que alejen la atención pública de cuestiones irresueltas. La palabra empeñada debe traducirse en acción eficiente muy pronto: antes de que consideraciones de interés público se condicionen al calendario electoral que determinará conductas políticas en corto tiempo.
Hace algunos meses -gracias al trabajo certero del Senador Francisco Javier Castellón, y su equipo- pudo aprobarse una propuesta moderna y de avanzada, que llegó a la Cámara de Diputados antes de que concluyera el periodo ordinario de sesiones. Desde entonces, se ha planteado la necesidad de adoptar e implementar la Ley de Servicios, Cuidado, Aprendizaje y Desarrollo Integral Infantil en foros, vigilias, marchas, el Juicio Ciudadano que tuvo lugar en el Zócalo el 29 de mayo y las conmemoraciones del segundo aniversario de la tragedia en distintas ciudades de la República. Sobre todo en Hermosillo, el cinco de junio pasado.
El verdadero cuidado de los niños en guarderías no puede posponerse indefinidamente. Todas las fracciones parlamentarias (incluyendo la que constituye la mayoría predominante en la Cámara Baja: la peñanietista), se pronunciaron efusiva y abundantemente al respecto. Alfonso Navarrete Prida fue aún más explícito: durante el posicionamiento que hizo su partido en el Diálogo con el Poder Legislativo del Castillo de Chapultepec. Evento que comenzó, precisamente, con el testimonio de Julio César Márquez: papá de Yeyé, y uno de los portavoces del Movimiento Cinco de Junio.
La interlocución interrumpida con los legisladores a raíz del desencuentro por la Ley de Seguridad Nacional se reanuda pasado mañana. Entre otras exigencias, la de los papás y mamás de la Guardería ABC ya ha sido desahogada y aceptada por los tomadores de decisión y sus cúpulas, en cada uno de los partidos.
Ojalá solamente se trate de una pausa atribuible a las vacaciones o un compás de espera. Ojalá logremos romper -de una vez por todas, y para siempre- la estoica circularidad de los eventos prevenibles. Sin más excusas, ni pretextos.
Divergencias aparte, tenemos que hacer lo correcto.