Redacción Animal Político · 19 de junio de 2024
En la exposición titulada “Una filosofía zoológica para el siglo XXI”, que se llevó a cabo en el Programa Universitario de Bioética en el marco de las actividades del seminario “Raíces evolutivas de la moralidad”, coordinado por Ricardo Noguera Solano, no me explayé de manera suficiente en torno a dos ideas. Lo hago ahora.
1) Si bien he titulado este artículo como “El rompecabezas de la vida” para tratar de advertir que la vida en sí misma es un rompecabezas, cabe señalar que las palabras rompecabezas y vida no necesariamente van de la mano porque, en primera instancia, la vida es mucho más vieja que los rompecabezas, cuya invención se puede fechar en el siglo XVIII y, en segunda, la relación entre ellas expresa una de las escisiones ontológicas más antiguas, la correspondiente al binomio naturaleza-cultura, que en su forma actualizada podría ser vida-objeto técnico.
A pesar de estos abismos histórico-ontológicos que separan a la vida de los rompecabezas, a lo largo de la exposición traté de jugar con dos dimensiones que caracterizan a estos últimos: la dimensión que hace manifiesta una imagen del mundo y la dimensión que se vincula con ciertos fines educativos. De ahí que las imágenes de ciertas piezas con diferentes formas animales no las haya usado como mero adorno en la presentación virtual, sino como una manera de hacer patente la existencia de otros animales, así como de imaginar otro tipo de relaciones que podríamos establecer con ellos. En este sentido, podría decir que para relacionarnos con otros animales, y con la vida en general, habría que juntar y unir las piezas del rompecabezas llamado vida, de la cual tenemos una imagen dada, como las imágenes que aparecen en los empaques de los rompecabezas, pero que no nos hemos dado a la tarea de juntar y unir las piezas que la componen (la genética, la paleoantropología, la primatología, la zoología, la botánica, entre otros ámbitos científicos nos brindan a su manera ciertas piezas). Así, no se trata sólo de tener una imagen del mundo (la imagen del empaque), sino de esforzarse en juntar y unir las piezas para tratar de resolver, en la medida de lo posible, uno de los enigmas más antiguos a los que se han enfrentado los seres humanos: responder a la pregunta ¿qué es la vida?
2) Al llegar a un punto de la exposición en la que una imagen mostró un rinoceronte, un elefante y un triceratops, sin saber muy bien por qué ese animal jurásico estaba en esa colección que estaba usando, advertí de manera un tanto imprecisa que indicaba, en cierta imagen del mundo, que la vida era más vieja que el tiempo y que la Tierra. Tal idea sólo se podría sostener, al menos en uno de sus aspectos, si se encuentra evidencia de que la vida llegó a la Tierra desde otros lugares del universo en los que el tiempo no se conoce.
Sin embargo, ante esta idea vaga, preciso que lo único que traté de decir fue que la vida es más vieja que el tiempo y la Tierra que conocemos o que en todo caso nos tocó conocer. De acuerdo con esta forma de conocer, y con todo el conocimiento que se ha generado sobre la vida a lo largo de los últimos cuatro milenios del tiempo planetario, que va desde las contribuciones hechas por las culturas humanas más antiguas hasta los avances más recientes de las diversas ciencias de la vida, seguimos aprendiendo de las complejas relaciones, conexiones e interconexiones que los seres vivos establecen con la materia orgánica e inorgánica (con la novedad histórica del microplástico), las condiciones ambientales y con los elementos propios de los organismos. De tales conocimientos producidos quizás podríamos aprender a relacionarnos, conectarnos e interconectarnos de otras maneras con los demás seres vivos y con la vida en general.
En síntesis, podría afirmar que al hacer el esfuerzo por juntar y unir las piezas del rompecabezas de la vida poco a poco nos acercamos a resolver el enigma que es la vida misma, pero -más importante aun- a establecer relaciones, conexiones e interconexiones de otras maneras con los demás seres vivos y con la vida en general. Ésta ha sido la idea general que expuse al plantear como ejercicio de pensamiento la mimética del poder de la vida en términos simbióticos, que podría llevar a recibir la forma simbiótica con la que el poder de la vida relaciona, conecta e interconecta a los seres vivos para, a la vez, dar una forma a los vivientes humanos con la cual puedan llegar a ser capaces de relacionarse, conectarse e interconectarse con otros seres vivos y con la vida en general en términos mutualistas, cuyo objetivo sea fomentar que las ventajas y los beneficios se repartan a lo largo, ancho y profundo del planeta Tierra.
Así, en su dimensión educativa, la mimética tendría la posibilidad de producir subjetividades que reciban y den la forma simbiótica a su existencia en términos mutualistas, que a su vez les permita evitar las formas parasitarias con la materia orgánica e inorgánica, con el medio ambiente y con los otros organismos. En dicha dimensión educativa la mimética y los rompecabezas coinciden, ya que se recibe cierta imagen del mundo o de la vida de la cual no se hace una copia tal cual, porque siempre se tiene la posibilidad de darle forma, es decir, de armarla de otra manera. En este sentido, resulta importante conseguir el fin, armar la imagen del mundo o de la vida, pero más importante aun es el proceso mimético de armado por el que se llega a él. Lo mismo ocurre con la subjetividad, puesto que importa el fin, pero importa más el proceso de armado.
Por último, sacados del molde cartográfico de corte colonialista, los rompecabezas guardan en su seno un hecho básico de la existencia humana: había que armar una imagen del mundo y de la vida sobre todo para que sobreviviera el individuo, el grupo y, ahora podría decirse también, la especie. En los tiempos de la catástrofe planetaria que presenciamos, armar el rompecabezas de la vida, en los términos de la mimética del poder de la vida en modo simbiótico, quizá no sólo reitera el hecho básico de sobrevivir o de buscar hacerlo, sino que afirmaría una manera diferente de sobrevivir y habitar el planeta Tierra.
* Jorge Vélez Vega es posdoctorante en el Departamento de Biología Evolutiva e integrante del Seminario Universitario de Evolución, ambos de la Facultad de Ciencias de la UNAM. Realizó sus estudios de maestría y doctorado en la Facultad de Filosofía y Letras de la máxima casa de estudios. Ha publicado sobre diferentes temáticas, particularmente del pensamiento de Michel Foucault en torno al biopoder, la biopolítica y la gubernamentalidad. Actualmente es miembro del grupo de investigación “Raíces evolutivas de la moralidad” del Programa Universitario de Bioética.
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