blogeditor · 19 de marzo de 2021
“Yo tengo totalmente un habla mexicana. Soy mexicano desde que llegué”.
Vicente Rojo, entrevistado en El Universal.
Con la partida de Vicente Rojo se extingue para siempre un momento imprescindible para comprender el desarrollo de la gráfica y las artes plásticas en nuestro país. Esto no es ningún lugar común: genuinamente, el Maestro Rojo supo traducir las ricas características visuales que desde mucho tiempo atrás dotan de personalidad el entorno visual mexicano incorporándoles un tono sobrio, colorido y juguetón que con los años construyó un estilo: el estilo gráfico de Vicente Rojo, que influiría directamente a las primeras generaciones de diseñadores que luego de él se volvieron profesionales de academia, listos para incorporar sus nombres a la historia del diseño gráfico mexicano: Rafael López Castro, Germán Montalvo y un largo, larguísimo etcétera que llega hasta el día de hoy en forma de profesionales como Alejandro Magallanes, poderosamente inclinados a manejar materiales, colores y, particularmente, conceptos con un lenguaje propio que en gran medida debe mucho al estilo inaugurado aquí por Vicente Rojo.
Para el Maestro, el diseño debía ser utilitario. Acomodos, colores y dimensiones tipográficas debían aplicarse en función directa a lo que el objeto requería: ya fuera una maqueta editorial, cartel cinematográfico o la portada de un libro, su idea central era siempre cumplir con la funcionalidad del artículo sobre el que depositaba su talento. Desde la portada aquí de la primera edición —que en realidad se volvería la segunda— de “Cien Años de Soledad”, hasta el afiche de una cinta como “María de mi corazón” (película de Jaime Humberto Hermosillo basada, por cierto, en una idea original de su entrañable amigo Gabriel García Márquez), pasando por su diseño original para La Gaceta del Fondo de Cultura Económica o el periódico La Jornada, el diseño de Vicente Rojo no admitía nunca aspavientos: se trataba en todos los casos de la conformación de una estructurada idea visual que tenía como objetivo ayudar al lector o al usuario, haciéndole funcional la lectura, acompañándole además con un placentero viaje estético.
Conocí a Vicente Rojo en su taller dentro de Ediciones Era. Para un joven estudiante de diseño gráfico como lo fui en aquellos años previos al periodismo, la visita era obligada pues me encontraba haciendo mi tesis (dedicada a la evolución del cartel cinematográfico en México) y muchos de los ejemplos que ahí mostraba tenían que ver con trabajos realizados por el Maestro. Amable, pero lleno de trabajo, me concedió unos minutos para entrevistarlo mientras, alterno a nuestra conversación, me dejaba fascinado desdoblando pliegos y marcando con plumines una gama de dibujos y bocetos que simplemente me hicieron pensar —en aquel entonces, en que el mejor, el único diseño gráfico posible se producía a mano alzada— en lo poderosa que era su vocación y en lo muy placentero que debía ser dedicarse a lo suyo de aquella intensa manera. Muchos años después volvería a verlo, ahora dentro de su hermoso estudio en Coyoacán (que tenía un jardín de talante geométrico inolvidable) donde, ya en otro tenor distanciado de lo escolar, me aclararía en una entrevista mucho más relajada lo útil que era para él pintar, su pasión absoluta particularmente durante los últimos años de su carrera. Ese día, me compartió que solo esperaba volver al estudio después de comer para ver cómo habían secado los pigmentos aplicados sobre la pintura en que trabajaba, para decidir entonces, bajo la actuación de la luz de la tarde a través de los ventanales, cuáles serían los colores que acompañarían a esa primera capa de tintura.
El medio cultural mexicano extrañará indudablemente a Vicente Rojo. Con él se marcha para siempre un momento nodal de la historia gráfica del país, uno que el Maestro pintó y diseñó con enorme pasión e indiscutible talento.
Descanse en paz el padre del diseño gráfico en México, quien deja para la historia una marca indeleble, subrayada para siempre con el color que en vida le distinguió.