Risas y frijoles

blogeditor · 3 de abril de 2020

Risas y frijoles

Reír. Uno no debería pasar un solo día de su vida sin reírse. Reírse con alguien o simplemente reírse de uno mismo. Esto de ser una cuarentona en cuarentena me ha dado mucho que reflexionar. Estar en casa sin poder salir es muy parecido a estar encerrado en la propia cabeza, solo que de pronto, las mismas cosas se convierten en otras. No hace falta comprar cosas nuevas, solo volver a mirar las que teníamos y ponerlas al revés, combinarlas distinto, cambiarlas de lugar. La pequeña sala de la casa se puede convertir en un agradable salón de baile y una buena iluminación con un par de velitas puede darle toda la onda a casi cualquier habitación. La tarea interminable de lavar los trastes puede ser una experiencia linda con la música adecuada y, ¿por qué no?, una copita de vino. (Una. No tres veces al día, ni todos los días).

Para los afortunados que tenemos mascotas, su amor y compañía hacen todo más llevadero. Eso sin contar que son el mejor antidepresivo porque no hay forma de quedarte en la cama a lamentar la vida mientras tus hijos-animales necesitan comer o salir. Y si somos de esos, los más afortunados de todos, los que amamos a nuestra familia y nos caemos bien, ¡vaya que esta cuarentena se pone de mejor color! Tengo la suerte de tener una hija con un gran sentido del humor y buen carácter; yo soy más irritable, pero la amo tanto que no puedo permanecer enojada con ella por más de 15 minutos. A las dos nos gusta leer y disfrutamos conversar. Me gusta escuchar su visión del mundo, las cosas que le interesan, las que le indignan. Me gusta escucharla tocar el piano.

Cuando yo era niña y mi mamá me regalaba juguetes poco convencionales como cajas de cartón o pedacitos de madera que habían sobrado de un trabajo de carpintería que habían hecho en su oficina, yo no podía apreciar el enorme regalo que me estaba haciendo en realidad. Me estaba dando una lección de vida que ya me ha sido útil en muchas ocasiones: “Con todo se puede jugar, con todo se puede crear”. Así sea una varita para dibujar en la tierra seca, unas piedritas, o unos retazos de tela para hacerles vestidos a las muñecas. Me enseñó a coser, a tejer, a cocinar (eso es discutible) y no para que fuera “muy mujercita” sino todo lo contrario: para que no necesitara de nadie, supiera hacer muchas cosas, ¡e hiciera lo que me diera la gana! Y cuando me motivó para que me gustara la lectura me dio otro regalo invaluable: la posibilidad de entretenerme en cualquier parte, a cualquier hora, sin molestar a nadie y de paso, aprendiendo algo.

Por eso no entiendo a la gente que se aburre. Independientemente de que hay buenas películas y documentales cada vez más accesibles, también hay hojas reciclables y lápices. Escribir lo que sientes y piensas es liberador, entretenido, y muy útil para conocerte mejor. Hacer ejercicio requiere poco espacio , hay tutoriales…my si tenías por ahí una bici-perchero, ¡puedes devolverle su identidad original! Hasta respirar y contemplar puede ser entretenido. Observar con detalle cómo viajan las nubes con el viento. Escuchar música; escucharla de verdad, dejar que te transporte en el tiempo. Aprender a meditar para que la ansiedad no se apodere de nosotros ante el exceso de información que estamos recibiendo y la angustiosa incertidumbre del futuro. ¿Pero cuándo ha sido “cierto” el futuro? Lo único cierto es el presente y hay que vivirlo de la mejor manera posible: agradeciendo, amando, compartiendo.

Todo va a estar bien. Baste recordar que hemos enfrentado situaciones difíciles antes -como individuos y como país- y hemos salido adelante. No olvidemos que se le puede echar más agua a los frijoles y comer muchas verduras, que son económicas y saludables, que se las podemos comprar a la verdulería del barrio, y de paso ayudar a que otra familia siga teniendo lo suficiente. O podemos hacer la famosa sopa de piedra del cuento aquel, ésa en la que cada vecino pone un ingrediente -el único que tiene- y se hace una sopa buenísima para compartir entre todos.

Va a ser nuestra actitud la que convierta nuestro encierro en cárcel o en retiro espiritual. Y aún en la cárcel, hay gente que sale más malvada y llena de odio, y gente que sale con una licenciatura en derecho o habiendo aprendido un oficio para sobrevivir.

Quedémonos en casa y observemos. Nuestra casa, grande o pequeña, es un reflejo de nosotros. La mía, por ejemplo, es muy acogedora pero muy desordenada (estamos trabajando en ello). Y es interesante lo que ocurre cuando no te puedes escapar de ti mismo ni de tu realidad. Estamos tan acostumbrados a querer huir de nuestra cabeza, que siempre queremos estar en otra parte, como si con eso nuestro inconsciente se fuera a distraer. Pero él es paciente y siempre va a encontrar el momento de manifestarse, aunque no siempre de la mejor manera. Por eso es mejor atenderlo, dejarlo hablar, dedicarle un tiempo y prestarle lápiz y papel (aunque luego lo rompamos para no herir a ningún lector potencial). Y si ya de plano no la estamos armando, hay que pedir ayuda. Existe por ejemplo, el apoyo sicológico, telefónico y gratuito, que ofrece el Consejo Ciudadano en el número 5533-5533.

Para quienes tienen relaciones difíciles con sus parejas, hijos o padres, tal vez esta es la oportunidad que les está dando la vida de entender los porqués y los cómos, de escuchar más, de reconocer las propias fallas, de pedir perdón o perdonar, de agradecer lo que está bien, de valorar las pequeñas cosas. No dejemos pasar esta preciosa oportunidad de convertir este tiempo en oro. Y hagamos lo que siempre hacemos los mexicanos: ¡riámonos de todo! Si hay risas y frijoles, vamos a salir victoriosos de esta prueba.

@tiare_scanda