Jorge Avila · 19 de mayo de 2026
El barrio de Santa Catarina, al sur de la Ciudad de México, es un sitio fascinante. Tiene historia, calles coloridas y arboladas, espacios públicos y una vida barrial que se resiste a desaparecer, a pesar de estar rodeado por dos vías primarias siempre congestionadas.
Caminar por ahí es alejarse, aunque sea un instante, del caos urbano de la capital. Lo que muy pocos locales y foráneos sabemos es que aquí también sobrevive una parte del Río Magdalena: el último cauce vivo a cielo abierto en la zona urbana de la Ciudad de México, que con las lluvias de los últimos días cobra vida.
Nacido en el Cerro de San Miguel, en Cuajimalpa, el río cruza los Dinamos y sigue su curso hasta Coyoacán, fluyendo junto a los Viveros antes de unirse al Río Churubusco. El tramo que atraviesa Santa Catarina es un vestigio del sistema fluvial original; una de las pocas secciones que sobrevivió al entubamiento masivo para evitar inundaciones y focos de infección del siglo XX, que sepultó ríos como La Piedad, Mixcoac y Consulado.
Y, sin embargo, su condición de sobreviviente es frágil porque, mientras en la cuenca alta el agua aún corre limpia, al entrar en la mancha urbana el río se canaliza, oculta y degrada, reflejando la manera en que la ciudad aprendió a darle la espalda a sus ríos.
Hoy, el futuro del Río Magdalena —y de los pocos cuerpos de agua que aún sobreviven en la Ciudad de México— no se juega en la nostalgia, sino en decisiones de política pública.
En ciudades como Seúl, Madrid y Medellín, la recuperación de ríos urbanos se asume como una estrategia frente a la crisis climática, la escasez hídrica y la necesidad de espacios públicos de calidad. En cambio, en Ciudad de México, este tipo de intervenciones suele relegarse frente a obras viales que privilegian el flujo vehicular sobre la salud ambiental y el bienestar cotidiano de quienes habitamos la ciudad.
Rescatar el Río Magdalena no es una idea nueva ni improvisada. Desde 2007, el Plan Maestro de Manejo Integral y Aprovechamiento Sustentable de la Cuenca del Río Magdalena, elaborado por el Programa de Estudios de la Ciudad de la UNAM, advertía que el río no se integró como parte importante del desarrollo urbano; por el contrario, la ciudad le ha dado un uso principal como drenaje a cielo abierto.
Al mismo tiempo, el diagnóstico reconocía que había una cantidad significativa de espacios públicos e inmuebles históricos de alto valor cultural, con enorme potencial para articularse a su recuperación.
El Plan trazaba una estrategia de largo plazo, estructurada en cinco fases, que incluía el manejo ecosistémico del río, la gestión integral de su cuenca hidrológica, la revalorización urbano-paisajística, el ordenamiento territorial y un nuevo esquema de gobernanza.
Veinte años después, esa y otras propuestas siguen sólo en papel.
La recuperación del Río Magdalena no debe entenderse como un proyecto de ornato, sino como un acto de justicia climática y una reconciliación necesaria con nuestro entorno.
No se trata sólo de “limpiar el agua”, sino de restaurar los servicios ecosistémicos que el río nos brinda: desde la regulación de la temperatura local hasta la recarga de mantos acuíferos y la creación de corredores biológicos que devuelvan la biodiversidad al asfalto.
El verdadero reto, sin embargo, es cultural. Para que el río vuelva a ser el eje articulador del barrio de Santa Catarina y de la Ciudad, necesitamos dejar de verlo como un problema de ingeniería hidráulica o un canal de desechos, y empezar a reclamarlo como un patrimonio vivo que define nuestra viabilidad futura en esta cuenca.
Regresar a caminar por Santa Catarina y no sólo ver un recuerdo, sino un río integrado a la vida de la Ciudad, no debería ser una utopía.
Rescatar el Río Magdalena, incluyendo su parte a cielo abierto, es la oportunidad de demostrar que nuestra Ciudad puede reconciliarse con su pasado lacustre para asegurar su futuro.
En febrero pasado, WWF México cumplió 30 años de trabajo por la conservación de la naturaleza en el país, y traer de vuelta los ríos nos recuerda que la protección ambiental no ocurre sólo en bosques o selvas lejanas, sino también en el corazón de nuestras ciudades.
Recuperarlos implica reconocerlos no como infraestructura obsoleta, sino como activos urbanos capaces de mejorar la resiliencia, habitabilidad y equidad de la ciudad.
No permitamos que el último río vivo de la capital termine como un capítulo más en nuestra historia. El agua sigue ahí, esperando que decidamos dejarla respirar.
Álvaro Rodríguez es Oficial de Ciudades Sustentables en WWF México.