Río de vida, no de muerte

Dulce Ramos · 13 de marzo de 2013

Río de vida, no de muerte

Cuando conocí a Sofía era imposible no cautivarse con su mirada llena de angustia y esperanza. Desesperada nos hablaba del horror a su alrededor, pero lo hacía con el entusiasmo de quien cree en el esfuerzo de nombrar lo inaceptable para así cambiar la realidad. Hoy Sofía y su familia viven amenazadas de muerte, fuera de su hogar y con la impotencia de quien contempla el danzar de los políticos llenos de promesas para limpiar su agua, su hogar.

El Río Santiago nace en el Lago de Chapala, Jalisco; pasa por Ocotlán y forma una imponente cascada dividiendo a los municipios de El Salto y Juanacatlán. Poco antes de llegar a este punto, el Canal del Ahogado vierte sus aguas para acompañar al gran caudal. Luego el río sigue su curso para desembocar en el Pacífico mexicano. Hace 45 años la cascada era un lugar paradisiaco en la que pobladores se bañaban, paseaban y pescaban.

Fruto de los ímpetus modernizadores, desde 1965 El Salto fue declarado municipio “con vocación industrial”. Se establecieron decenas de fábricas en la región sin control sobre sus descargas. A tal grado llegó su contaminación que en 1985 fue la última vez que los pobladores vieron peces en la zona. A raíz del TLCAN, se instalaron cientos de industrias en los años 90 y aunadas a las aguas negras de la Zona Metropolitana de Guadalajara, las humedades del Río Santiago se envenenaron convirtiendo a la cascada de El Salto en un sitio de espuma y muerte.

Sofía nos guió por varios puntos de la zona para constatar la contaminación provocada por las industrias. Ante mis ojos desfilaron las fábricas: zapatos Andrea, IBM, Celanese, Nestlé, Blackberry, Gatorade, Bayer, Dupont, Honda. Son cerca de 300 establecimientos en esos corredores industriales. y de acuerdo con un estudio de la Comisión Estatal de Agua y Saneamiento de Jalisco,  las empresas en mayor o menor medida descargan aguas contaminadas a lo largo del canal y del río. Si bien hay algunas que han instalado plantas de tratamiento, la gran mayoría no las tienen. A pesar de esto, las compañías, nos platica Sofía, son intocables. Traen inversión, crean empleos, generan votos y en ocasiones sobornos. No se les debe “ahuyentar”, afirman en el gobierno.

A cien metros de la cascada, se encuentra la escuela “Mártires del Río Blanco”, cruel ironía para los niños expuestos al ácido sulfhídrico de El Salto. A 270 metros está la escuela María Guadalupe Ortiz. La blanca espuma provoca dolor e impide los recreos. Un estudio del IMSS en la zona detectó que la saturación de oxígeno fue menor entre los niños expuestos a la cascada que aquellos que no lo estaban, al tiempo de que tenían el doble de tos y dolor de cabeza, casi tres veces más secreción nasal, diez veces más conjuntivitis y había mayor irritabilidad en los niños expuestos en el orden del 80% contra el 18% de los no expuestos (IMDEC, 2007). El resultado, un ausentismo que triplica lo estándar y una vida comunitaria rota. Las malformaciones congénitas, los abortos espontáneos, los riñones disfuncionales, el cáncer y la muerte han sido parte de las conversaciones cotidianas y del dolor de quienes viven en la zona.

La negligencia de las autoridades es criminal. En el Informe del Resultado de la Fiscalización a la Cuenta Pública 2010, la Auditoría Superior de la Federación (ASF)  detectó que poco más de 3 de cada 10 litros de la cuenca Lerma-Santiago-Pacífico contienen materia fecal, parásitos y bacterias. Más alarmante aún es que 9 de cada 10 litros están contaminados con aceite, plástico y pesticidas y ante ello “se verificó que la Conagua no dispuso de la información relativa a la cuantificación de los volúmenes de agua que registran contaminación”, por lo que la ASF tuvo que hacer las estimaciones por su cuenta.

Más aún, la ASF apunta que la Conagua no generó un sistema de control interno “para identificar las personas físicas y morales que contaminaron el agua y cuántas de éstas realizaron el pago respectivo y restauraron la calidad de este recurso”, por lo que no pudo medirse el avance en el objetivo de política pública que establece que quien contamina, paga. No obstante, la Conagua tiene la obligación de inspeccionar las industrias y solo lo hizo en el 2% de los casos. De éstos, solo en una tercera parte establecieron sanciones. Finalmente, la auditoría reveló que en 2010 al nivel nacional solamente se alcanzó “un porcentaje de tratamiento de aguas residuales de 2.6%” y, peor aún, que la capacidad utilizada de las plantas de tratamiento existentes solo fue del 68.7%.

El 25 de enero de 2008, el niño Miguel Ángel López Rocha cayó en estas aguas sufriendo una intoxicación aguda por arsénico. Días después perdió la vida. Sobre este caso, el 2 de marzo de 2010 la Comisión Nacional de Derechos Humanos emitió una recomendación al director de la Conagua;  sin embargo, ésta no fue aceptada por el entonces titular José Luis Luege Tamargo  porque a su juicio no valoraron sus “pruebas”. El Colegio de Toxicología de Jalisco estableció que en la orina del niño Miguel Ángel había un nivel de arsénico de 51 microgramos por litro, mientras el rango normal es de 5 a 12 en una persona no expuesta. Los responsables simplemente no recibieron su castigo.

Un Salto de Vida es la organización a la que pertenece Sofía. Con desesperación nos cuenta que han acudido a los gobiernos federal, estatal y municipal, a la Conagua, a la Profepa, a la PGR, a los legisladores federales y estatales, a la Auditoría Superior de la Federación, a la Comisión de Cooperación Ambiental de América del Norte del TLC, a la Comisión Estatal de Derechos Humanos, a la Nacional, a la Interamericana, al Tribunal Latinoamericano del Agua, a la Organización Panamericana de Salud, a relatores de las Naciones Unidas, a Greenpeace, a foros nacionales e internacionales, a medios impresos, electrónicos nacionales e internacionales.

Y nada avanza. Nada cambia sustancialmente. Cuando llegamos a la cascada de El Salto lloré. Es uno de los lugares más tristes del mundo. El Pacto por México no mencionó en absoluto la contaminación del río Santiago, o siquiera de los ríos de México. Los condenó al olvido. Hay vida más allá del Pacto. Ojalá la clase política lo entienda. El rescate del Río Santiago debe ser una prioridad. Hacer responsables a las empresas contaminantes, detener su depredación, y castigar a los funcionarios públicos negligentes, también.

Y ojalá lo entendamos desde la sociedad civil. Con razón, Sofía se queja de la apatía de la gente, del abandono de los universitarios y los profesionistas, de la falta de acompañamiento de las organizaciones de la sociedad civil, de la ausencia de abogados ambientalistas, de la falta de empresarios con algo, algo de sensibilidad, de la falta de una comunidad llena de dignidad.

A pesar de todo, Sofía tiene esperanza. Lo menos que podemos hacer es contar esta historia y aprender de su valentía y de todas y todos aquellos que sueñan con la posibilidad de recuperar su río, bañarse y pasear en su cascada. Entendamos que los ríos son “para la vida, no para la muerte”. Nos jugamos el futuro.

Seguimos la conversación.