Daniel Gershenson · 10 de abril de 2012
A Richard Brian Kasner lo conocií a fines de los años setenta, cuando estaba yo por terminar la licenciatura en los Estados Unidos y me disponía a regresar a México. Mi padre había construido un hotel en Puerto Vallarta, un negocio familiar inaugurado en 1962 cuando ese lugar era poco conocido y casi inaccesible. Mexicana de Aviación inauguró vuelos al centro turístico que era poco conocido. John Huston filmaba La Noche de la Iguana con sets en Mismaloya. La película era una adaptación de la exitosa obra de Tennessee Williams, autor de Un Tranvía llamado Deseo. Richard Burton era el protagonista, y sostenía un tórrido romance con Elizabeth Taylor. Los dos estaban casados, pero con otras personas.
El alojamiento en ese entonces era muy escaso en ese lugar, y el elenco se hospedó en el Hotel Posada Vallarta. Llegaron muchos medios a entrevistar a las dos estrellas que pronto filmarían juntos Cleopatra, uno de los desastres de taquilla más conocidos de la historia del cine. O a Ava Gardner y Deborah Kerr, quienes también actuaban en la película. Burton mandó hacer dos casas a ambos lados de las calle principal del pueblo, unidas por un puente. El mismo Huston construyó la suya en esa misma zona, y fue su residencia principal durante muchos años.
El hotel se fue ampliando a plazos, conforme mi padre obtenía financiamientos y el turismo mejoraba. Añadió bungalows o villas, secciones nuevas y un pequeño centro comercial con distintos restaurantes. Los viernes por la noche había Fiesta Mexicana. Poco a poco: antes de que Bahía de Banderas se atiborrara de torres gigantes, libramientos viales, marinas y tiempos compartidos, fue ganando clientela que regresaba todos los años.
Era un proyecto en línea horizontal, como un pueblito de calles adoquinadas. Con áreas verdes, y una playa que recorro cuando sueño que estoy en Puerto Vallarta. (No he regresado allá desde la muerte de mi hermana mayor allá mismo, hace seis años). Entiendo que ahora lo han convertido en una torre babilónica, después de que el grupo Krystal la vendiera a sus nuevos dueños. No sé cuál fue el destino del terreno restante.
Pero divago. En 1979, Richard tendría 26 años cuando mucho. Era un Wunderkind autodidacta: poseía una inteligencia fuera de serie. Le gustaban las computadoras, y había desarrollado un sistema para instalar software especializado en la industria hotelera.
Coincidí con él en Los Ángeles, porque mi madre es californiana y aún vivía mi abuela y otros familiares. Richard era el Gerente de Informática del Hotel Beverly Wilshire. Mi padre lo convenció para probar suerte y hacer lo mismo en México, con un salario muchísimo menor pero lejos de una ciudad que a Richard ya no le agradaba.
Fui el traductor oficial de Richard en los cursos de capacitación para el personal que tendría que lidiar con estos nuevos sistemas. Las computadoras eran grandes y sólidas como pequeños refrigeradores con teclado. Servirían para modernizar los sistemas del hotel en todas sus áreas: Recepción, Reservaciones, Contabilidad, etc.
Richard aprendió pronto a hablar español con soltura. Le gustaba vivir en México. Era un perfecto y feliz desadaptado, con una gran generosidad de espíritu y sentido del humor. Sólo era parco cuando hablaba de su propia familia. Alguna vez me confesó que su padre fue jugador de basquetbol en los años cuarenta: mucho antes de que ese deporte se volviera un espectáculo de masas, en distintos equipos que ostentaban nombres pintorescos: los Majors de Chattanooga, o los Mastodontes. Sobre su mamá y hermana, sólo alcanzaba a decir que nunca estuvieron de acuerdo con la vida semibohemia que llevaba tanto en Los Angeles como en su nuevo trabajo en México. ‘As far as my family is concerned, I am a nonperson’. Nunca lo fueron a visitar a Puerto Vallarta.
Pasaron los meses. Richard se volvió, para efectos prácticos, parte de mi familia. Fue un gran amigo: solidario y comprensivo. Había visto todas las películas, y leído todos los libros. Recuerdo que vi con él Now, Voyager y What Ever Happened to Baby Jane? Bette Davis era su actriz favorita. Tenía una amplia colección de filmes clásicos en video.
Un día Richard empezó a sentirse muy mal: calentura incontrolable, diarreas y dolores en distintas partes del cuerpo. Muchos compañeros de trabajo se burlaban, o le achacaron esos síntomas a la dieta local ya la calidad del agua. Sería, en el peor de los casos, la venganza de Moctezuma.
Fue algo infinitamente más grave.
Los doctores del pueblo no entendían qué le estaba sucediendo. Los síntomas no correspondían a enfermedades conocidas por ellos. Richard fue a Los Ángeles, y se sometió a una batería de pruebas. Cuando regresó a Vallarta unos días después, estaba desconcertado. ‘There is no name yet, for my disease’. Algo relacionado con el sistema inmunológico…acrónimos dispersos que no eran, todavía, esa palabra.
Richard perdió muy rápido peso y apetito: nunca el optimismo. o el sentido del humor. Su familia no quería saber nada de él. Se quedó unos meses más en Puerto Vallarta. Estaba muy disminuido. Su ánimo, empero, no decaía.
Cuando supo lo que le aquejaba y el derrotero que tomaría su vida, decidió regresar a su casa en Los Ángeles. Contaba con un reducido grupo de amigos y amigas solidarias, que lo irían a apoyar hasta el final.
Pasaron los años. Lo vi varias veces, con la misma admiración y cariño que le tuve desde que lo conocí por primera vez. Era un ser humano entrañable…
Mi padre falleció, después de una larga enfermedad, al 30 de diciembre de 1984. Richard fue un gran sostén para mi familia. El hotel Posada Vallarta se vendió unos cuantos meses después. Ya viuda, mi madre se cambió también a Los Ángeles, no muy lejos del pequeño departamento que él compartía con dos de sus amigas.Yo vivía en el DF, y procuraba visitarlos con frecuencia.
Transcurrio el tiempo. Era evidente para Richard que él no iba a mejorar. En agosto de 1988 llamó a mi casa. Quería despedirse. No tenía sentido continuar en las condiciones en las que se encontraba, me dijo. Deseaba morir con dignidad: por eso me avisaba que se iba a suicidar. Sólo era cuestión de comprar un arma y listo. Fijó una fecha, pero no el lugar.
Imposible, reconstruir la charla que tuvimos. Seguro quise disuadirlo de su propósito. Una de sus amigas me compartiría la noticia: ya había dejado instrucciones precisas, para los arreglos y formalidades después de su muerte.
Cuando sonó el teléfono un par de días más tarde, era Richard. ‘Didn’t realize there’s a waiting period, in order to obtain a gun in this town. Can you believe it?’
Volví a despedirme de él. Le pedí -como pude, con un nudo en la garganta- que me dejara rezar a su nombre el Kaddish, la plegaria en memoria de los muertos, después de su partida.
El primero de septiembre de 1988, justo cuando una fracción de legisladores interpelaba al entonces presidente Miguel de la Madrid en la Cámara de Diputados de México, la policía de Los Ángeles encontró el cuerpo sin vida de Richard Brian Kasner en un hotel. Había alquilado la habitación la noche anterior. No dejó una nota. Debió haber tenido 34 años a la hora de su fallecimiento.
Tengo en algún lugar la grabación de un mensaje que me dejó en la contestadora, hace casi treinta años. Mi madre tiene fotos suyas, junto a las de sus otros hijos.
Y es como si todo hubiera sucedido ayer. Fue mi mejor amigo. Trato de honrar su memoria. Sé que mientras lo recuerde, Richard jamás morirá.