Joel Aguirre · 29 de junio de 2026
Por Daniela Rivera y Theo Moreno*
El uso del término “personas gestantes” no es accidental. La lucha de las personas trans por ser visibilizadas en el ámbito médico ha sido un proceso de décadas, derivado de la exclusión y discriminación que sufren por su identidad de género cuando atienden su salud reproductiva.
Tratos como negativa de atención, uso incorrecto de pronombres (él, elle, ella, la forma en la que te identificas), comentarios despectivos, entre otros, han sido documentados por organizaciones en Estados Unidos y México. De esto surge la necesidad de visibilizar que no solo aquellas personas que se identifican como mujeres gestan, pues lo que no se nombra no existe.
Los primeros organismos en visibilizar que no solo las mujeres se embarazan fueron médicos, como el Colegio Americano de Ginecólogos y Obstetras. A nivel regional, Argentina fue el primer país en incluir el término en su legislación sobre el aborto.
En México, el término se utilizó por primera vez en el amparo en revisión 1388/2015 y se explicó en la acción de inconstitucionalidad 148/2017, en la que la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió que debe existir un plazo donde el aborto voluntario no sea un delito. La Corte recalcó la necesidad de usar el enfoque interseccional en estos casos y mencionó que hay personas con identidades de género distintas (como hombres transgénero) al concepto tradicional de “mujer” que también gestan.
¿Quiénes son, entonces, estas “personas gestantes”? Los seres humanos están acostumbrados a que las categorías sean concretas y binarias (hombre-mujer), excluyendo aquello que desafíe el orden preestablecido.
El sexo biológico (entendido aquí como las características físicas atribuidas a los hombres y mujeres) se ha aceptado como un concepto inamovible e irrefutable y, entonces, se ha aceptado que solo las mujeres pueden gestar. Sin embargo, existe un grupo de personas que desafían esta construcción social que, si bien pueden gestar, no se enuncian como mujeres cisgénero (aquellas que están de acuerdo con su género asignado al nacer).
Como una persona trans, ¿de qué sirve tener clases de educación sexual en la escuela si, a la hora de salir al “mundo real”, limitan mis derechos sexuales y reproductivos? ¿Es justo tener que prepararme mentalmente para recibir tratos discriminatorios y violentos cuando tengo una consulta ginecológica, cuando quiero abortar o si necesito un método anticonceptivo?
Cuando las mujeres cisgénero atienden su salud reproductiva existen barreras de acceso a esta. Según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares, entre 2016 y 2021 una de cada tres mujeres que tuvieron un parto experimentaron violencia obstétrica. Desde GIRE, se han documentado casos donde el aborto es negado incluso en estados donde está despenalizado o en los cuales se brinda el servicio, pero las mujeres son sujetas a malos tratos.
Considerando este contexto (que no es ideal, pero sí conocido y documentado), las personas transgénero y transexuales y, en general, aquelles que no estamos conformes con el género asignado al nacer, además enfrentamos discriminación por nuestra identidad de género.
Esto lo vivimos simplemente por no ser mujeres, por no caber en la norma y no estar conformes con las categorías en las que nos obligan a existir. ¿Cómo tratas a una persona que, desde el binarismo, la transfobia e incomodidad, debería ser mujer, que debería caber en ese estereotipo? Fácil, con una forma de violencia más específica.
Partamos de que en México es complicado acceder a servicios de salud públicos de calidad y, cuando una persona vive disforia (malestar cuando tu cuerpo no concuerda con tu género), su experiencia suele involucrar tratos transfóbicos –como uso incorrecto de pronombres o de su nombre. Según la Encuesta sobre Salud Sexual de mujeres trans en México del Instituto Nacional de Salud Pública (INSP), de 320 mujeres trans entrevistadas, el 39 % ha tenido problemas para obtener atención médica debido a su identidad de género.
Pongamos un ejemplo. La primera vez que Theo, un hombre trans que para 2020 tenía 21 años, fue al ginecólogo, a pesar de decirle al personal de salud que, si bien aún no contaba con el papeleo legítimo que demuestra su cambio de género ante la ley, ya no usaba su nombre anterior, aun así usaron dicho nombre. Se le hicieron una serie de preguntas que no eran importantes ni necesarias para su historial médico, como: “¿hay posibilidades de embarazo? ¿Entonces eres gay? ¿Sí sabes que si tienes útero, entonces eres mujer?”.
Conforme avanzó la consulta, sus pronombres eran cada vez menos respetados y le nombraban como mujer, pues en su mente no había forma de que fuera otra cosa. Theo decidió que prefería la incomodidad de que usaran mal sus pronombres a la de corregirlos.
Uno de los problemas de la violencia que vivimos las personas trans al atender nuestra salud reproductiva es la falta de documentación y estadísticas. Entonces no solo vivimos discriminación: esta tampoco se nombra ni visibiliza, por lo que solo queda soportar la violencia soles. Es por esto que algo que se ve tan sencillo, ridículo o que no cambia nada, como decir personas gestantes, en realidad es una puerta para que se hable de nosotres y nos tomen en cuenta.
La lucha por la justicia reproductiva tiene que transitar a que la forma en que nombramos a las personas que pueden gestar sea incluyente, para que no solo sean “mujeres y personas gestantes”, sino categorías que se refieran no solo a las mujeres cisgénero y en un grupo aparte a todes les demás. ♦
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*Daniela Rivera es abogade auxiliar de Documentación y Litigio de Casos, y Theo Moreno es activista trans neurodivergente que actualmente realiza prácticas profesionales en GIRE. Redes: @GIRE_mx