Resistencia o resiliencia, ¿qué nos toca?

Redacción Animal Político · 26 de agosto de 2024

Resistir es el valiente verbo del sustantivo resistencia, bandera de revoluciones, movimientos, ideales milenarios. Resistir, cuando se le aúna a resistencia, es un verbo activo, que se aleja de aguantar pasivamente. La resistencia es, por naturaleza, una acción valiente, temeraria, osada. No sé cuál es el verbo del sustantivo resiliencia, tan de moda en discursos, consejos, ideales que consideran intercambiables los dos conceptos. Quizá no exista el verbo de la resiliencia, o haya caído en desuso antes incluso de ser inventado.

La resistencia tiene que ver, según la RAE con “oposición, rebeldía, rechazo, contestación, renuencia, obstinación”. La resiliencia, en cambio, es la “capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos”. Esta capacidad, sin duda valiosa en callejones sin salida, me recuerda al experimento con ranas o sapos en ollas con agua o sartenes vacíos, no sé bien, en los que, cuentan, si un sapo se pone en un sartén apagado y se prende la estufa, el sapo se irá adaptando (resilientemente) a la temperatura cada vez más elevada hasta que llegue un momento en que se adapte tanto que sea incapaz de saltar y muera. En cambio, si prendiéramos primero el sartén en la estufa y, ya caliente, pusiéramos al sapo, el sapo instintivamente sabría que su cuerpo es incapaz de resistir esa temperatura y saltaría, salvando la vida.

Las etimologías de resistencia y resiliencia parecen estar alrevesadas. La resistencia tiene que ver con persistir y mantenerse firme. La resiliencia con saltar o rebotar. En el discurso, sin embargo, es resiliente quien no salta, quien se adapta al sartén cada vez más caliente, cada vez más amenazante. Aunque le vaya la vida en ello.

Chiapas, Sinaloa, Guanajuato, las madres buscadoras, las instituciones tambaleantemente moribundas y decenas de noticias que a diario nos hablan de vidas que penden de alfileres, de realidades quebrantadas, de futuros plagados de incertidumbres que nos interpelan sin cesar, ¿cómo se navegan? ¿Con resistencia o con resiliencia? ¿Con resignación o con retaliación? ¿Con remordimiento de lo que no se hizo, de lo que no se dijo, de lo que no se intentó? ¿Con reparo o sin reparo? Decenas de palabras todas con el prefijo -re, de significado tan ambiguo que puede querer decir desde repetición o intensificación hasta negación o retroceso. Decenas de palabras que exigen, o deberían exigir, tomar decisiones. Tomar posturas.

¿Cómo se navega una realidad que no resiste, con voces provenientes de todos los sectores que se adaptan, o mejor decir, que se acomodan pensando, como el sapo en su ingenuidad, que adaptarse les salvará la vida? Porque, hay que decirlo, es la vida lo que está en juego. La vida de personas desplazadas. La vida de adolescentes y jóvenes frente a grupos criminales. La vida de la democracia. La vida de la verdad como un valor, de la justicia como una aspiración, de la pluralidad como una bandera, del diálogo y los acuerdos como una forma de ser y de existir en el mundo.

¿Cómo nos articulamos para saltar del sartén antes de que las patas, entumidas, derretidas del calor, sean incapaces de moverse? ¿Cómo sumamos fuerzas, miradas, sensateces que nos aseguren que no estamos solos en el sartén, que compartirmos rumbos, ideales, luchas capaces de saltar si nos sabemos acompañados?

Nos miramos y firmamamos, desde el Diálogo Nacional por la Paz, acuerdos, decenas de acuerdos de colaboración con empresas, colectivos, universidades, iglesias, gobiernos locales. Tejemos esas redes como las que tienen los árboles por debajo de la tierra, esto que se ha llamado en la biología moderna la “Wood Wide Web”, una red subterránea de comunicación y transporte que conecta a los árboles a través de hongos y que, ahora sabemos, les permite a esos árboles que vemos solitarios, formar un bosque. A través de esta red, los árboles pueden “hablarse” entre sí, enviando mensajes de advertencia sobre plagas, enfermedades y condiciones ambientales adversas. Pero pueden, sobre todo, formar un bosque.

Quizá, y solo quizá, es a través de esa red subterránea de colaboración y de alerta, dispuesta a la osadía, como podemos resistir, saber con certeza cómo y cuándo saltar del sartén antes de que sea demasiado tarde. Quizá, como el sapo, somos incapaces de resistir en solitario y es en estas raíces profundas y articuladas en donde podemos encontrar la fuerza y los caminos para saltar. La resiliencia, decíamos, vale frente a callejones sin salida. Mientras haya una rendija, lo que cabe, lo que toca, es la resistencia, que tiene siempre muchos rostros.

* Ana Paula Hernández Romano (@ensusmarcas) es coordinadora del Diálogo Nacional por la Paz.