blogeditor · 10 de septiembre de 2021
“Las dictaduras carecen de imaginación”.
Sergio Ramírez
Lo recuerdo alto y fuerte, decidido, pese a que acababan de anunciarle que la cabina en la que lo entrevistaría se encontraba a cuatro pisos del lugar en el que estábamos. En mis recuerdos tengo presente la imagen en la que el ganador del Premio Cervantes libra, a sus setenta y cuatro años, cada escalón con idéntica energía para finalmente llegar a lo que en ese momento parecía la punta del cielo y decirme —eso sí, con voz agitada— “Bien, finalmente llegamos y aún guardo aliento para conversar”.
Debe ser muy duro para un hombre como Sergio Ramírez (autor de historias en las que hombres que atentan fallidamente contra un dictador padecen torturas a manos de los secuaces del tirano, que logran capturarlos luego del yerro inmenso de no haber logrado acabar con él y de narraciones en las que la fotografía de un niño muerto sublima la pérdida de esperanza en su pequeña nación y el caso de abuso sexual sobre una joven por parte de un hombre poderoso retrata un abominable caso de la vida real protagonizado nada menos que por Daniel Ortega), constatar que aquel amigo idealista y revolucionario de la juventud que hoy es presidente de Nicaragua se ha transformado, a través de décadas en el puesto, en la horrenda caricatura de todo lo que juntos persiguieron al iniciar la aventura que al inicio de su historia representó el Frente Sandinista de Liberación Nacional, partido antaño luminoso, hoy envilecido por una vocación asesina y por la corrupción.
Debe ser duro pues la literatura de Sergio Ramírez, poblada de formas que retratan la desilusión, hoy podría leerse como algún tipo de retrato resignado de una realidad terca que ni aún con las mejores armas de la justicia y la imaginación logró ser transformada en algo más parecido a los sueños patrióticos que el autor debe haber compartido hace décadas con quien en ese entonces era su amigo y hoy es el crmininal autoritario que ha ordenado perseguirlo y encarcelarlo. “Menoscabo a la integridad nacional, provocación y conspiración” son los delitos por los que el régimen planea encerrar al autor de “Margarita está linda la mar”, “Mil y una muertes” y “Ya nadie llora por mí”, entre muchas otras, pero todos sabemos que los supuestos “crímenes” son ficciones. Invenciones que yacen en la mente de un dictador y que en realidad ocultan el enorme miedo que Daniel Ortega le tiene a Sergio Ramírez y todo lo que representa.
Lo recuerdo alto y fuerte, decidido a bajar los cuatro pisos que distanciaban la cabina de radio en la que acabábamos de conversar de la calle. Ahí voy, detrás del ganador del Premio Alfaguara, del Hammett y del José Donoso, muerto de pena por haberle impuesto la prueba olímpica que supuso llegar a la entrevista y, después de un trecho de doscientas escaleras descendentes, despedirse. “No se me preocupe amigo” —me dice sonriendo ya sobre la avenida, mientras me extiende la mano y se aproxima el auto en que lo transporta su editorial—, “lo lindo de subidas y bajadas es que ambas tienen la misma esperanza de llegar”.
Recuerdo además que esa tarde supe de la resistencia de Sergio Ramírez.