Redacción Animal Político · 5 de junio de 2023
Lo primero que me viene a la mente cuando me invitan a escribir algo acerca de la resiliencia es -inserte usted palabra con V- ‘ESTOY HASTA LA MADRE DE LA PALABREJA’. O sea, ya se gastó. Ya la usamos tanto y para todo, que ya me remite a este abuso que solemos hacer de la terminología del bienestar y las aspiraciones personales de virtud al más puro estilo de toda la literatura de pacotilla que inunda la oferta de autoayuda. Y bueno ahora DC (después del Coronavirus) muchísimo peor.
Pero.
Me resulta familiar.
Y me resulta familiar porque me he visto en la necesidad de levantarme -más veces de las que puedo recordar- de circunstancias bastante adversas y completamente fuera de mi control…
La literatura hizo que entendiera bien a qué se refiere el término y que pudiera comprender el significado de resiliencia con base a ejemplos claros y tangibles. El primer nombre que me viene a la mente es Alejandro Magno. Ya sé que caigo de inmediato en un lugar común, pero es que hay que ver la fuerza de su espíritu y la capacidad de seguir adelante, para cruzar -victorioso- toda la tierra habitable con sólo 33 años y de haber alcanzado en media vida todo cuanto puede la naturaleza humana. Las virtudes que lo caracterizaron: humanidad con los vencidos (empatía), amor a los suyos, templanza, generosidad, lealtad a su palabra y, en términos militares: previsión, magnanimidad, disciplina, resistencia, sutileza y hasta buena suerte. ¿Que cometió atrocidades? Sin duda, pero hubiera sido imposible dirigir tan grandes movimientos acatando las leyes de la justicia. Ahí es donde entra la condición humana y donde radica el espacio para el aprendizaje.
Disculpen que no dé un ejemplo femenino histórico de resiliencia, pero también estar en la etiqueta, el género, el feminismo extremo, me tiene hasta el huevo. Escribo para humanos. Aprendo de humanos. La lucha por la equidad es aparte. Ahí también hay resiliencia nivel extra alto, pero me quiero enfocar en el individuo, para que haya capacidad de asimilación slash identificación.
Tengo ganas de estrechar las posibilidades de identidad / aspiración yendo a ejemplos más terrenales e imperfectos y si de seres imperfectos se trata -ironía máxima-, yo soy el ejemplo perfecto.
Estoy segura de que quien lea esto no tendrá pues ningún problema con empatar su imagen con la mía y podrá ver claramente esas situaciones en las cuales decidieron levantarse del banquillo de la víctima, se adaptaron a su nueva condición (chaqueta), integraron el aprendizaje a sus vidas para salir adelante, más fuerte y decididx que nunca.
Yo he tenido que atender a la supervivencia sin dudar, porque habían hijos de por medio. Eso no quiere decir que no me haya tirado -cual larga soy- al piso a sentir lástima por mí y a hacer el papelón de Magdalena. Incluso de querer desaparecer y entrar en una depresión profunda producto de todo lo que me tocó vivir en una relación que no funcionaba para mí en lo más mínimo, pero que funcionaba de huevos para todas las personas que estaban a nuestro alrededor. Ese molde en el que lo único que importa es no decepcionar, quedar bien, ser la niña buena, llenar las expectativas de los demás por encima de las mías, ha sido uno de los actos más destructivos en mi vida.
Sufrir es cabrón. Las pérdidas son cabronas. Casi cualquier evento trágico que se sale de tu control. Que no puedes arreglar con un mensaje o una llamada, y que te arrastra de las patas boca abajo, es un ejemplo perfecto y una oportunidad para descubrir ese súper poder dentro de ti.
La cosa es que la narrativa que nos rige dicta que ser mártir es una chingonería. El negocio del sufrir da billions al año. La victimización es ancestral y nos viene natural sentirnos apabulladas. Es precioso el nivel de atención que recibe una víctima -a la que le compraron su postura- en un año #PonTú sin tener que desempeñar, alguna acción extraordinaria, simplemente han hecho lo que millones de mujeres han hecho a lo largo de sus vidas, con la pequeña diferencia de que esta persona en cuestión lo hará siempre con cara de Santo recién violado, quejándose siempre de todo y de todos, y sintiendo que todo mundo les debe algo (o se la quieren chingar).
La diferencia de esta mártir profesional y un ser que sí tiene el súper poder de la resiliencia es que el chido (resiliente) se va a poner de pie (precedido de sendo arrastrón) con una sonrisa, lo va a volver a intentar por más raspadx que haya salido y va a INTEGRAR el APRENDIZAJE para salir fortalecidx de la experiencia (y se vale echar lagrimita en el ínter, ¿eh?).
Y ya que estamos en estos ajos, propongo una consulta ciudadana para rebautizar a la resiliencia.
Llamémosle, pues, entereza o antónimo de ANOMIA.
APROBADO.