Resiliencia hídrica y competitividad: lo que el oriente de CDMX nos enseña sobre justicia climática

Herminia Miranda · 23 de julio de 2025

Resiliencia hídrica y competitividad: lo que el oriente de CDMX nos enseña sobre justicia climática

Cuando se piensa en Iztapalapa, en el imaginario colectivo suelen aparecer imágenes marcadas por la estigmatización: pobreza, violencia, falta de servicios. Sin embargo, para quienes vivimos aquí, Iztapalapa es sobre todo un territorio de resistencia cotidiana y profunda resiliencia. Y quizá no haya una muestra más contundente de ello que la resiliencia hídrica que hemos tenido que construir desde nuestros propios hogares, enfrentando, por un lado, la escasez sistémica de agua y, por otro, las lluvias intensas que cada vez con más frecuencia inundan nuestras calles y paralizan nuestra vida cotidiana.

Por ejemplo, el pasado 2 de junio de 2025, esta contradicción volvió a hacerse presente. Lluvias intensas colapsaron buena parte de la ciudad, pero como ocurre cada temporada, los mayores daños se concentraron en el oriente de la capital y los municipios aledaños del Estado de México. Esa noche, dos líneas del Metro se vieron suspendidas: la Línea A, que conecta a miles de personas desde Chalco, Ixtapaluca, La Paz y Nezahualcóyotl hasta Pantitlán; y la Línea 8, que corre desde Constitución de 1917 hasta Garibaldi en el centro de la CDMX. En ambas, el agua impidió continuar el servicio. Miles de personas quedaron varadas. En nuestra colonia, varias personas no pudieron regresar a sus casas y pasaron la noche refugiadas en la calle o en estaciones del Metro, sin alternativas viables. Al día siguiente, muchas actividades se vieron interrumpidas. Quienes tenemos la posibilidad de trabajar desde casa pudimos adaptarnos, pero esa no es la realidad de la mayoría: personas obreras, trabajadoras del hogar, comerciantes, estudiantes y muchas otras que dependen del transporte público para salir adelante no tuvieron esa opción.

Y no fue un caso aislado. El pasado 30 de junio, menos de un mes después, la Línea 8 volvió a colapsar: las estaciones elevadas se inundaron completamente, y el servicio estuvo suspendido aproximadamente 20 horas. Esta es una de las líneas más utilizadas por las personas habitantes del oriente de la ciudad, y la afectación fue inmensa. En temporada de lluvias, los trayectos cotidianos —ya de por sí largos— se extienden entre 30 y 45 minutos más. Para quienes viven aún más al sur o más lejos del centro, el tiempo perdido es mayor, y con él se erosiona la calidad de vida, la estabilidad laboral y la posibilidad de disfrutar tiempo libre o compartir con la familia.

Aunque con frecuencia se responsabiliza de las inundaciones a los residuos acumulados en las calles —que ciertamente agravan la situación— el problema de fondo es estructural: la ciudad se hunde aceleradamente debido a la sobreexplotación del acuífero, lo que debilita la infraestructura urbana y vuelve más graves los impactos de la lluvia. Mientras en algunas zonas se cuenta con sistemas de captación, drenaje pluvial y azoteas verdes, en otras —como en el oriente de la ciudad— se profundiza un esquema de gestión del agua ineficiente, que delega la responsabilidad en la población. Así, se ha construido resiliencia no por elección, sino por necesidad y costumbre, para sobrevivir.

La resiliencia hídrica no puede seguir pensándose como un tema ambiental aislado. Es una condición básica de competitividad urbana. Una ciudad que cada vez que llueve queda paralizada, no puede aspirar a atraer inversiones sostenibles, a sostener una economía sólida, ni a garantizar condiciones dignas para sus habitantes. Pero más allá de los números y los indicadores macroeconómicos, estamos hablando de vidas: de personas que no pueden llegar a sus casas, de familias que pierden sus pertenencias por inundaciones, de infancias que no pueden asistir a la escuela y ven menoscabadas sus oportunidades.

Frente a este panorama, la solución no puede ser únicamente ampliar drenajes o seguir construyendo concreto. Necesitamos apostar por soluciones basadas en la naturaleza que fortalezcan la resiliencia hídrica de la Ciudad de México, el principal polo económico del país. Ejemplos como el Ecoducto Río de la Piedad —que recupera 30 m³ del río La Piedad para convertirlo en un corredor verde con tratamiento de agua y espacio público— demuestran que es posible pensar diferente.

También existen otras soluciones que ya han sido implementadas con éxito y que demuestran que suman en las soluciones, pero que deben expandirse en el oriente de la ciudad y aplicarse de forma sistémica e integral:

1) Humedales artificiales en zonas de descarga natural: como el de San Juan de Aragón.

2) Zonas de infiltración que permiten recargar los mantos acuíferos, como sucede en la Utopía Atzintli (aunque sigue siendo insuficiente para la cantidad de agua que escurre desde la Sierra de Santa Catarina).

3) Reforestación de microcuencas urbanas, como en la Sierra de Santa Catarina, donde habitamos, y donde a pesar de existir zonas protegidas, la urbanización ha deteriorado los ecosistemas y reducido los servicios ambientales.


4) Recuperación de ríos urbanos como medida de mitigación a las tormentas extraordinarias; aunque, claro, esto implique reducir espacio a la movilidad ineficiente de una persona en un automóvil, priorizando el transporte público y el uso colectivo del espacio.

Invertir en estas soluciones no es un lujo ambientalista. Es una necesidad estructural para garantizar el derecho a la ciudad y la posibilidad de habitarla de manera digna y sostenible. No podemos seguir aceptando que las lluvias colapsen la movilidad, impacten en la economía y reduzcan la competitividad de miles de personas y de la ciudad misma.

Como iztapalapenses, sabemos que la resiliencia no se construye desde el discurso, sino desde las acciones concretas en la realidad. Desde las casas que diseñamos y autoconstruimos para almacenar agua ante el tandeo, desde la manera en que reorganizamos nuestro tiempo para abastecernos de agua y soportar trayectos de dos horas, y desde la capacidad colectiva que desarrollamos para hacer frente a este tipo de retos. Pero también sabemos que la construcción de resiliencia ante el cambio climático no puede seguir recayendo únicamente en las personas. Se necesitan políticas públicas que promuevan una visión estructural de derecho a la ciudad, a un medio ambiente sano, a la vida digna y que procure las mismas oportunidades para todos y todas.

La ciudad necesita cambiar y adaptarse a los efectos del cambio climático. Y esto empieza por reconocer que, sin justicia hídrica ni gestión integral del agua, no habrá ni equidad ni competitividad posible en la ciudad que alguna vez fue un lago… y el agua tiene memoria.

 

*Juana M. Macedo es Maestra en Ciencias de la Sostenibilidad e Ingeniera Química por la UNAM. Cuenta con más de 12 años de experiencia en temas ambientales, con especialización en desarrollo sostenible, gestión del agua y resiliencia climática. Ha participado en el diseño e implementación de proyectos emblemáticos de infraestructura verde y regeneración urbana, como el Ecoducto y el Parque Hídrico La Quebradora, hoy Utopía Atzintli. Fue seleccionada por el programa internacional “Mujeres por el Clima” del C40, donde documentó prácticas de resiliencia hídrica construidas por mujeres en la Sierra de Santa Catarina, en Iztapalapa. Es integrante del Pacto Socioambiental, una iniciativa liderada por jóvenes que impulsa la justicia climática y los temas socioambientales como pilares del bienestar en el discurso político y público. Habitante de Iztapalapa, promueve la construcción de resiliencia comunitaria frente a los efectos del cambio climático.

*Erika M. Macedo es Maestra en Sociología Política por el Instituto Mora e Historiadora por la UNAM. Actualmente, se desempeña como Directora de Desarrollo Tecnológico y Vinculación en el Consejo Mexiquense de Ciencia y Tecnología (Comecyt). Coordinó por más de cuatro años el programa “Cosecha de Lluvia” en la CDMX, y ha trabajado en comunidades de Oaxaca en temas de acceso y saneamiento de agua. Habita en la Sierra de Santa Catarina, en Iztapalapa, donde impulsa una cultura ambiental con enfoque de género, justicia social y territorial. Es integrante de Aúna desde 2022 y está comprometida con los principios de igualdad y mejor calidad de vida para las mujeres.