Antonio González · 30 de septiembre de 2026
En los últimos años, la vulnerabilidad y la resiliencia han ganado presencia en salud, políticas sociales y en el debate público. Reconocer la vulnerabilidad identifica riesgos; promueve la resiliencia y afronta las adversidades, pero las palabras también organizan la realidad y la interpretan. Conviene preguntar qué ocurre cuando estas categorías dejan de identificar condiciones y comienzan a definir quiénes somos y cómo responder. El problema reside en usos que transforman el sufrimiento social en cuestión individual.
La vulnerabilidad es indispensable para la bioética porque reconoce que las personas no enfrentan riesgos en condiciones iguales. Las circunstancias sociales, económicas, políticas o sanitarias pueden aumentar su exposición al daño. Florencia Luna propone comprenderla mediante capas, no como etiqueta permanente; es dinámica y contextual: una persona puede estar atravesada por diferentes vulnerabilidades(1) y la distinción permite reconocer una condición y convertirla en identidad.
Frank Furedi identifica un desplazamiento en la cultura terapéutica: la vulnerabilidad adquiere centralidad y la adversidad comienza a interpretarse mediante daño emocional y necesidad de protección.(2) También observa el paso de narrativas de resiliencia hacia otras centradas en vulnerabilidad y sufrimiento individual. Una desigualdad puede interpretarse como insuficiencia personal; una precariedad laboral, como incapacidad para gestionar el estrés; un conflicto social, como crisis emocional. El problema pasa de qué ocurre a cómo aprendemos a nombrarlo.
Ashley Frawley ha dado continuidad a la crítica de la cultura terapéutica y estudia cómo la felicidad, el bienestar, la salud mental, el trauma o la resiliencia pueden convertirse en lenguajes mediante los cuales se interpretan problemas sociales, y analiza también la felicidad como significante social y político.(3) La semiótica permite advertir que una palabra también cumple funciones sociales. Cuando la precariedad se expresa como estrés, la exclusión como falta de autoestima o la incertidumbre como insuficiente resiliencia, cambia el lugar donde buscamos la solución.
Horwitz y Wakefield muestran cómo la tristeza experimentada en la vida cotidiana puede patologizarse cuando se pierde la distinción entre una respuesta humana ante determinadas circunstancias y un trastorno depresivo. Exigen distinguir sufrimiento y enfermedad. No toda tristeza es patología, no toda vulnerabilidad es incapacidad.
Trnka y Trundle muestran que las responsabilidades contemporáneas incluyen cuidado, reciprocidad y formas neoliberales de responsabilización. El problema surge cuando la responsabilidad individual sustituye responsabilidades colectivas. Si las condiciones permanecen intactas y la respuesta consiste principalmente en exigir al individuo que cambie para soportarlas, la responsabilidad por el daño corre el riesgo de desplazarse hacia la persona.
Aquí aparece la resiliencia: si somos vulnerables, debemos fortalecernos; si existe adversidad, recuperarnos; si cambian las circunstancias, adaptarnos, pero se puede adquirir una función normativa cuando deja de describir una capacidad y se convierte en obligación. Kottow advierte su posible carácter elitista cuando privilegia la adaptación individual frente a la transformación social. Una sociedad desigual puede preguntar cómo soportar mejor esas condiciones. Pero también puede preguntar qué debe transformarse para que las personas no tengan que soportarlas. La primera conduce a adaptación; la segunda, a la justicia.
Cuando la resiliencia se transforma en criterio moral, la persona resiliente es quien se adapta y continúa, y quien no puede hacerlo parece débil o incapaz. Una categoría que describe una capacidad puede convertirse en expectativa social. La vulnerabilidad se vuelve problema y la resiliencia, respuesta obligatoria.
Entonces la vulnerabilidad deja de interrogar las condiciones que producen daño y la resiliencia mide la capacidad para soportarlo. La injusticia puede desaparecer detrás de la adaptación. Sería un error concluir que toda resiliencia es control porque puede ser personal, comunitaria y política.
La cuestión no es eliminar la resiliencia, sino impedir que sustituya a la transformación social; una resiliencia emancipadora que afronta la adversidad y mantiene abierta la posibilidad de transformar sus causas.
Nikolas Rose ha mostrado cómo las ciencias biomédicas y las tecnologías contemporáneas producen formas de comprender y administrar la vida, el riesgo y la subjetividad.(4) Desde esta perspectiva, gobernar no significa únicamente intervenir sobre conductas o instituciones; también implica producir determinadas formas de comprendernos a nosotros mismos. Por eso, el lenguaje de la vulnerabilidad y la resiliencia merece atención.
Gobernar también puede producir formas de interpretar quiénes somos y qué debemos hacer con nosotros mismos. Por eso, el lenguaje de vulnerabilidad y resiliencia merece atención. Vulnerabilidad no significa incapacidad; resiliencia no significa obediencia; autonomía no significa autosuficiencia.
Una persona puede ser vulnerable y agente de su vida, y puede necesitar cuidados sin perder autonomía, y ser resiliente sin aceptar condiciones que la obligan a resistir. Cuidar sin tutelar y fortalecer sin responsabilizar exclusivamente al individuo. Ante la desigualdad, no basta preguntar cómo adaptarse; debemos preguntar qué instituciones producen esas condiciones.
Vulnerabilidad y resiliencia pueden identificar riesgos y orientar cuidados, pero pueden convertirse en identidades o expectativas obligatorias. El problema no está en reconocer nuestra vulnerabilidad, sino en convertirla en destino. Tampoco en desarrollar resiliencia, sino en convertirla en obligación de adaptación.
Una sociedad justa no debería medir cuánto puede resistir una persona. Debería preguntarse por qué tiene que resistir. La autonomía requiere circunstancias que permitan ejercerla. La justicia social exige transformar las condiciones que producen desigualdad.
Frente al imperativo de adaptarse, conviene preguntar: ¿y si el problema no fuera nuestra capacidad para resistir? ¿Y si también fuera el mundo que exige resistir? La invitación no consiste en abandonar la resiliencia, sino devolverle su dimensión colectiva. No basta adaptarse al mundo: debemos conservar la capacidad de transformarlo.
Bio de autor: José Eduardo Lazo Vela es licenciado en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM; maestrante en Bioética por el Centro de Investigación Social Avanzada; divulgador filosófico en la plataforma digital Filosofía en Red. Está diplomado en Bioética por el Programa Universitario de Bioética y en Teórica Crítica del Derecho.
Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad exclusiva de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.
(1) Luna F. Elucidating the Concept of Vulnerability: Layers Not Labels. International Journal of Feminist Approaches to Bioethics 2, núm. 1 (2009): 121-39. DOI: 10.3138/ijfab.2.1.121
(2) Furedi F. Therapy Culture: Cultivating Vulnerability in an Uncertain Age. Routledge, 2004.
(3) Frawley A. Semiotics of Happiness: Rhetorical Beginnings of a Public Problem. Bloomsbury Academic, 2015.
(4) Rose N. The Politics of Life Itself: Biomedicine, Power, and Subjectivity in the Twenty-First Century. Princeton University Press, 2007.