blogeditor · 5 de noviembre de 2020
Actualmente, los homo sapiens nos encontramos en un momento de la historia en el cual nuestras acciones ─desmedidas e inconscientes─ han provocado daños casi irreversibles en el planeta. Paul Crutzen ha denominado a este periodo de afectaciones antrópicas “Antropoceno”, y lo argumenta diciendo que más del 50% del agua es apropiada por y para propósitos humanos; que durante los últimos 150 años nuestra especie ha agotado el 40% de las reservas de petróleo, y que hemos transformado casi el 50% de la superficie de la Tierra y generado daños importantes al clima, a la estructura del suelo, a los ciclos de nutrientes y a la biodiversidad. Además, asevera que si no controlamos el crecimiento poblacional continuaremos siendo la principal fuerza erosiva y transformadora del planeta. Por otro lado, Moore aborda la problemática ambiental a partir del concepto de “Capitaloceno”, en el que resta importancia a la presencia como tal del ser humano en el planeta y culpa al sistema económico capitalista de las afectaciones ambientales. El argumento es que este es un sistema extractivista, de poder, ganancia, producción y reproducción de la vida; es una ecología mundial de poder, capital y naturaleza que depende de producir naturaleza abaratada, organizándola y valorizándola para los propios fines.
La forma de producir del gran capital es inherente a la crisis por sobreacumulación. La mercantilización de la naturaleza, de los recursos genéticos y del conocimiento social de la biodiversidad se ha visto como una alternativa economicista para salir de dicha crisis. Así, desde finales del siglo XX, la bioprospección, recolección y clasificación de ADN de plantas y semillas tomó fuerza en ciertos países desarrollados, como Estados Unidos.1 Y, partir de los años ochentas, el interés por resguardar la mayor cantidad de recursos genéticos se intensificó por tres razones: la seguridad alimentaria, la conservación de la variación genética con fines científicos, y el mejoramiento en el rendimiento de plantas y semillas.1
Una forma de resguardar el material biológico fuera de los hábitats naturales es a través de la conservación ex situ, y para ello se han habilitado bancos de germoplasma (material hereditario contenido en las células de los organismos vivientes).1 Uno de ellos, ideado en 1980 para construirse en las islas Svalbard, en Noruega, resguarda las semillas del planeta para que en caso de una catástrofe puedan ser utilizadas para satisfacer las necesidades alimentarias de los homo sapiens.
La Bóveda global de semillas de Svalbard abrió en 2008 con el apoyo del gobierno de Noruega, la Unión Europea y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. El gobierno de Noruega es el que asume los costos de gestión de este banco genético de semillas, y NordGen (banco para recursos genéticos de países nórdicos), maneja las muestras de germoplasma. Construida a 150 metros de profundidad sobre unas antiguas minas de carbón en el Círculo Polar Ártico, la bóveda es capaz de resistir erupciones volcánicas, terremotos de hasta 10 grados y la radiación solar; en caso de fallo eléctrico, el permafrost ─la capa de suelo congelada permanentemente del exterior─ actúa como refrigerante natural.
Al interior de la bóveda están albergadas, entre otras, las semillas de cereales considerados la base de la alimentación humana, como el maíz, el frijol, el arroz y el trigo. Su capacidad de almacenamiento es de más de 2 mil 250 millones de semillas; para 2018 ya tenía almacenadas 1 millón 59 mil 646, y recibe respaldos de ejemplares gemelos guardados en otros 76 bancos internacionales de germoplasma.1
El estado actual del planeta y las crisis nos han orillado a buscar proyectos que, con la ayuda de la ciencia y la tecnología, nos ayuden a preservar nuestro bienestar como especie. Eso sí, al parecer sólo quiénes tienen cierto poder económico podrán acceder a los bienes que están siendo resguardados para nuestro futuro. Hemos logrado evadir al mundo natural e incluso dominarlo; nuestra relación hacia él ha sido violenta, explotadora y desigual. Si bien no se trata de primar el bienestar de los ecosistemas por encima de los seres sintientes, como lo plantea la ecoética, urge reflexionar sobre cómo la forma dominante de vivir, de percibir el espacio y de actuar hacia animales no humanos está impregnada de relaciones de poder que han legitimado las que ya hay entre el mundo humano y el natural.
La solución a los problemas ambientales no radica en mercantilizar nuestro soporte vital; tampoco consiste en separarnos de lo natural ni en individualizar los problemas, o en pensarnos una especie que naturalmente depreda lo que se cruza en su camino. Necesitamos comprender que existimos en una sociedad capitalista que mercantiliza a la naturaleza, y que ese fin se ha vuelto el común denominador de nuestra praxis como especie. Es preciso desaprender estas ideas de superioridad humana, asociadas con comportamientos antropocéntricos con los que hemos justificado la venta de la vida y su resguardo para uso estrictamente humano.
* Mariana Álvarez Arrieta es estudiante de Geografía en la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) de la UNAM. Sus intereses académicos se enfocan en la relación sociedad-naturaleza desde el marco teórico marxista, la geografía ambiental y la privatización de bienes comunes naturales. Actualmente desarrolla su proyecto de tesis sobre el Protocolo de Nagoya y su relación con el conocimiento social de la biodiversidad de México. Gino Jafet Quintero Venegas es doctor en Geografía por la UNAM, con especialidad en Geografía del turismo y Geografía de los animales, y cuenta con un posdoctorado en Bioética. Actualmente es Investigador Asociado “C” del Instituto de Investigaciones Sociales en el área de “Espacio social” con la línea de descampesinización y turismo. Además, es profesor de Zoogeografía y de Geografía y Ética en la FFyL.
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1 Rodríguez Cervantes, S. (2013) El despojo de la riqueza biológica: de patrimonio de la humanidad a recursos bajo soberanía del Estado. México: Ítaca.