blogeditor · 16 de enero de 2012
Hace años conocí a Platanito. Bueno, más bien a Sergio, el hombre detrás del payaso. Coincidimos en un momento trágico para ambos: acababa de fallecer una adorable amiga que teníamos en común. Me pareció una persona agradable, sensata y sensible. Después vi su show y, aunque ciertos elementos me resultaron plausibles, le perdí la pista porque no soy afecto al humor cuyos pilares son el escarnio o la altisonancia. ¿Lo ataco, lo insulto, lo agredo? No. Sólo no lo veo.
Me entero en Twitter de los chistes (me cuesta trabajo llamarles así) que hizo sobre las víctimas de la Guardería ABC y se me retuerce el hígado. Me parece reprobable y fuera de lugar. Pero no más que los chascarrillos que se ven a diario en redes sociales o en televisión abierta, en horario familiar, sobre, por ejemplo, los casos de abuso a menores de Michael Jackson o Marcial Maciel (sean los dos culpables o no, la pederastia nunca me va a parecer graciosa); también reniego de las constantes mofas a grupos vulnerables, minorías, gente con discapacidad, hambre o trastornos alimentarios, y ello también es el pastelazo nuestro de cada día. Peeeero… hay muchos peros en este tema…
Veo a la turbamulta de tuiteros linchando a Platanito y no puedo dejar de imaginarlos en su próxima reunión contando chistes (o riéndose de ellos) acerca de negros “inditos”, judíos, “jotitos” y demás. Lo que estaría bueno es que estos asuntos sirvieran de parteaguas personales, nomás para reflexionar en adelante si vale la pena alimentar cierto tipo de expresiones humorísticas o si dañan más de lo que ayudan.
No es un tema sencillo, ¿eh? Eso se los aseguro. Porque ¿quién dice hasta dónde está bien o correcto? ¿Quién tiene la medida confiable de qué sigue siendo tolerable o qué ya está muy manchado? Ni idea. En mi caso, cuando veo que la constante en ciertos programas, comediantes o tuiteros es la burla a los vulnerables (habiendo tanto poderoso del cual mofarse) pues dejo de consumirlo —ayer mismo dejé de seguir en Twitter a un tipo que dijo alguna gracejada sobre la dolorosa situación de los rarámuris. Si eso hiciéramos todos, pues desaparecerían. No hay artista que sobreviva sin aplausos, ni cómico sin risas. Tácitas o explícitas.
Sin embargo, es un asunto personal y muy subjetivo. Creo que sería imposible regular efectivamente todos los contenidos humorísticos. La comedia suele ser disruptiva. Por más ñoña que sea, a alguien puede ofender. Tomaré como ejemplo a Andrés Bustamente, el comediante mexicano que más risas ha logrado arrancarme de raíz. Considero que su humor es “blanco” (como dicen algunos, aunque para otros podría resultar un término racista…), nada agresivo, sencillo, inteligente e infestado de un carisma fascinante. Aun así, les aseguro que a más de un oriental le debe parecer ofensivo y discriminatorio el personaje del Doctor Chun-Ga. Y no me parecería extraño.
Muchos mexicanos se la viven cacareando el buen humor que, como cultura, tenemos. Que si nos reímos de nosotros mismos y de la tragedia y hasta de la muerte. Pamplinas. ¿De nosotros mismos? Más bien, de “los otros mismos”. Nos reímos sí de la tragedia, sí de la muerte, pero siempre y cuando no la sintamos muy cercana. En México abundan los chistes sobre niños somalíes y me pregunto, ¿se vale? ¿Nomás porque Somalia está re lejos?
Llevo varios años dedicándome “profesionalmente” (me refiero a que me pagan por ello, pues) al humor: productos editoriales, video blogs e improvisación teatral, sobre todo. El año pasado escribí y presenté mi monólogo de stand up. Traté de apegarme al principio “estandopero” de que si me voy a burlar de alguien, que sea de mí mismo. Y fui más lejos aún: me fijé como reto que mi show no tendría una sola grosería ni una sola alusión sexual. El resultado, si fue chistoso o no, tendría que decirlo alguien más para que tuviera validez. Sin embargo, me atrevo a decir que funcionaba. No era una labor sencilla (nada saca más fácil una risa en México que gritar una grosería o proferir un albur). Y mucho menos sencillo era popularizarlo (vender una idea de este estilo a una televisora parece misión imposible). Con todo y mis manías por buscar una comedia lo más “limpia” posible, les aseguro que ofendí a más de uno. Quizá cuando hablaba de mi propia gordura alguien se sentía dolorosamente aludido, o al burlarme de nosotros como mexicanos alguno me tildó de malinchista, qué sé yo.
Ahora mismo tengo un video blog humorístico en este sitio. Gran parte del contenido es, digamos, burla sobre temas políticos. Nunca había hecho sátira política porque me parecía que en México la política ya era una burla en sí, y que hacer burla de una burla carecía de sentido (como hacer una metáfora de una metáfora). Sin embargo, reírnos de quienes suelen tener la sartén por el mango en el país ahora me parece casi loable (ellos se ríen de nosotros mucho más). El personaje que hago es un “reguetonero” llamado Estivi. Dado que el reggaetón es, para mi gusto, machista y sexista, mi personaje es una parodia de ello y escribe y canta canciones con alto contenido sexual para mofarse de temas o personajes que en la semana hayan dado de qué hablar. Hace muchas analogías entre mujeres y hechos noticiosos. A pesar de ser una parodia, hay un par de personas (creo que son dos, literalmente) muy enojadas con Animal Político por darle cabida en su portal a un personaje tan sexista. Entonces yo, que comúnmente soy tachado de ñoño, de tener un humor exageradamente “blanco” (o aburridamente transparente), que he tenido tantas discusiones con “colegas” por considerar que lo que hacen es políticamente incorrecto, que daña más que lo que ayuda, que no está padre hacerle bullying, por ejemplo, a Ninel; y que incluso he colaborado con organizaciones para promover la inclusión, el trato equitativo y evitar la violencia de género, ahora soy tildado de macho asqueroso. Y no me lo puedo creer y me duele y no dejo de analizarlo y cuestionarlo. Pero lo entiendo. No hay forma de ser correcto o gracioso para todos. No la hay. Mucho menos de ser ambas a la vez.
En el humor, como ejecutor o consumidor, cada quien pinta la línea de lo aceptable donde le parezca adecuado. “Hay de bromas a bromas”, dirán. ¿Pero quién define las fronteras? Apelar al “sentido común” parecería lo óptimo. Pero, comparándonos, poco de común habrá en ese sentido. Cada comediante tiene sus propios filtros, hay algunos que incluso afirman con orgullo no tener ninguno. Cada quien.
En cuanto a él, si considera que en este caso (así hay que ir, caso por caso) sí se pasó de lanza, espero que se disculpe. Por lo poco que conocí de él, supongo que así será. Pero la labor diaria, las decisiones cotidianas, la verdadera responsabilidad está en nosotros como público.
Así pues, si el potasio te cae mal, pues no consumas platanito. Y ya.