blogeditor · 19 de enero de 2022
(…) nosotros –todos nosotros, la raza humana entera– estamos inventando mediante nuestras acciones un futuro que contiene un serio daño hacia nuestro mundo… y las maneras en las que, si lo decidimos, podemos cambiar el curso e inventar uno mucho más feliz.
Isaac Asimov y Frederick Pohl, La ira de la Tierra
The once future king es el título de la versión de T.H. White sobre las leyendas del rey Arturo; su traducción oficial es El rey que fue y será, pero una más literal sería algo así como “El otrora futuro rey”. Este juego de conceptos temporales (“lo que alguna vez iba a ser”) me ha venido a la cabeza recientemente al comparar la imagen que se nos vendía del futuro hace 20 años (y acaso se sigue vendiendo) y a la que apuntan las perspectivas actuales, y me pregunto una vez más si de verdad hay todavía un futuro posible o si mi generación nació destinada a experimentar el colapso definitivo. Cada vez que abro un periódico o escucho un noticiero, las perspectivas se ven cada vez más abismales, en especial para los temas que ocupan y preocupan a la Bioética.
Hubo un tiempo en que el futuro iba a ser brillante, al menos para el pequeñoburgués occidental. Pereciera que durante la segunda mitad del siglo XX se volvió a una cierta sensación del “fin de la Historia”; no por estar al borde del abismo (aunque en efecto ya lo estábamos), sino porque la “civilización” había alcanzado su forma definitiva y no tenía ya grandes cambios por delante, sólo su perfeccionamiento tecnológico para “facilitarnos la vida”. En pocas palabras: la idea de que, fuera de lo que trajera la técnica, nuestro modo de vida seguirá igual. Hoy, este tipo de optimismos no sólo son irreales en sí mismos, sino que chocan con los hechos. Es más: esos actuales “modos de vida” no sólo no representan nuestro futuro, sino que de hecho son lo que nos lo está quitando.
Al escribir “recientemente” pienso en concreto en el reporte del IPCC de hace unos meses, que revela una situación de máxima urgencia por nuestra huella ecológica. Sin embargo, los antecedentes no nos auguran que el informe tenga suficiente impacto: ¿lograremos ahora sí superar los obstáculos (poderes fácticos, intereses financieros, inercia) que han retrasado por décadas la lucha contra el cambio climático? La publicación del informe coincidió con mi lectura de La ira de la Tierra, de Isaac Asimov y Frederick Pohl, libro de divulgación sobre este mismo tema escrito en 1991 que permite dimensionar lo poco que se ha avanzado en los últimos 30 años, tomando en cuenta todo lo que ya se sabía.
También hace reflexionar sobre lo acontecido en el camino. En los albores del milenio, el ambientalista Al Gore estuvo a punto de ganar la presidencia de Estados Unidos, el país más poderoso, influyente y prepotente del mundo; también uno de los más contaminadores, por lo que sus acciones en este tema son determinantes. Pero Gore perdió frente al conservador petrolero George W. Bush, en una de las elecciones más controvertidas de ese país. El camino se torció aún más durante el tiempo reciente cuando dicha presidencia cayó sobre el negacionista fascistoide Donald Trump, que incluso retrocedió en lo poco que consiguiera su malogrado antecesor Barak Obama; aunque Trump ya se fue, hizo perder cuatro años de acción contra el cambio climático cuando el tiempo no nos sobra, precisamente. Entretanto, en Brasil se alzó Jair Bolsonaro, personaje de similares características que ha buscado facilitar la devastación del Amazonas (que sí es “pulmón del mundo”). Así las cosas, uno se pregunta dónde estaríamos si Gore hubiera triunfado en el año 2000. Según recuerdo, en su documental La verdad incómoda se oye al excandidato ironizar: “yo solía ser el próximo presidente de Estados Unidos”; suena como el título de la obra de White: “el otrora futuro presidente”. La diferencia es que Arturo regresó para ocupar su lugar… y que es un personaje de leyenda.
Cambiando de escenario, hoy la preocupación por los derechos humanos voltea a Afganistán debido al regreso del régimen talibán, parte de una longeva sucesión de complejos conflictos en Medio-Oriente. En tal coyuntura, cabe recordar que en el origen y desarrollo de éstos tienen su parte de responsabilidad las potencias occidentales, siempre interviniendo en favor de sus intereses: asegurarse petróleo (hoy fuente principal de contaminación) y frenar políticas contrarias a ellos. Por ejemplo, en los cincuenta Estados Unidos organizó un golpe de Estado para evitar que el primer ministro iraní nacionalizara el petróleo, iniciando una larga cadena de luchas y resentimientos que llevaron a la Guerra del Golfo Pérsico y quizás, a la larga, al conflicto actual. También las crisis en África cargan con la avaricia de occidente, y no sólo por la herencia del colonialismo: éstas son toleradas y hasta incentivadas en aras de explotar (y devastar) con facilidad los recursos naturales de esos países; un ejemplo es cómo la Guerra del Congo facilita la obtención de coltán para producir tántalo, elemento fundamental en la fabricación de varios aparatos, incluyendo nuestros celulares.
Y hablando de celulares, me desplazo de nuevo. La fe en la técnica vuelve a traicionarnos: las tecnologías más patrocinadas son las más ociosas y menos sustentables, en vez de que se priorice la creación y financiación de proyectos (y ya hay muchos) de innovación que ayuden con nuestras crisis reales. Por su parte, la inteligencia artificial por fin se salió de control y amenaza a la humanidad, pero no bajo la forma de robots asesinos con cara de Arnold Schwarzenegger, sino como algoritmos y aplicaciones que enajenan, manipulan, desinforman, desocializan y radicalizan. Y lo peor es que, en vez de tratar de retomar las riendas de esta tecnología desbocada, la mayoría de sus encargados se dejan arrastrar por ella: continúan creándola, mejorándola y promocionándola, como si los autómatas fueran ellos.
Para terminar, dado el paradigma de la pandemia, cabe recapitular cómo ésta vino a evidenciar que el actual funcionamiento de la humanidad, el mismo que creemos históricamente definitivo, es un fracaso rotundo: el virus se originó por culpa de nuestra indefendible relación con la naturaleza; ha revelado nuestra precariedad psicológica y social y resaltado muchos otros problemas; y, en general, desmintió lo que dábamos por sentado sobre nuestra forma de vida.
Se dice que “un pesimista es un optimista informado”: es por estar al tanto de todas estas realidades que me pregunto a dónde se fue el futuro; si no el que nos prometieron, al menos uno habitable. Éste ciertamente no se encuentra en el espacio exterior ni en los robots sirvientes. La mayoría de la gente se dice a sí misma que este no es una fatalidad inevitable, “destino trágico del ser humano” 1, y que todavía no es demasiado tarde para corregir el rumbo. Yo actúo con base en esa mínima probabilidad porque, a mi juicio, lo único más desolador que conocer el estado crítico de las cosas es dejarse someter por él.
Mientras tanto, este es mi reporte de estatus: está empezando 2022, y entre tanto esmog y humo, el futuro no se alcanza a ver.
* Rodrigo Ruiz Spitalier es Licenciado en Letras Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Actualmente trabaja en el área editorial del Programa Universitario de Bioética. También ha sido colaborador para varias revistas literarias digitales y es autor de la antología El gran traidor.
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1 Cfr. Manuel S. Garrido, Estar de más en el Globo, Grijalbo, México, 1999.