blogeditor · 18 de junio de 2013
Por: Daniel Berezowsky (@danberezowsky)
Hace poco más de cuatro años me tocó ser padrino de bautizo de mi sobrino. Recuerdo que en la ceremonia, el sacerdote se acercó a cada uno de nosotros y nos preguntó: ¿qué valor querrían inculcar en este niño? Yo respondí con una palabra: tolerancia.
He de admitir que el tono en que la dije fue un tanto combativo; era casi un acto de rebeldía pedirle a la Iglesia Católica, tradicionalmente excluyente, que le enseñara a ese niño a aceptar la diversidad.
Lo cierto es que la tolerancia para mí fue por muchos años una bandera. Creía que una sociedad era más avanzada en cuanto más era capaz de tolerar las diferencias. La frase de Voltaire “podría no estar de acuerdo con lo que dices, pero daría mi vida por defender tu derecho a decirlo” bien podría haber sido mi epitafio. Creía que la democracia se construía precisamente sobre esos cimientos: tolerar a quien no piensa como yo, para poder crear un consenso y construir lo público, lo común.
Poco tiempo después, la vida me llevó a cambiar de domicilio y establecerme en la ciudad canadiense de Vancouver. Ahí, las circunstancias me dieron una perspectiva muy distinta.
Vancouver es una ciudad diversa por naturaleza; no sólo habita en ella una de las comunidades LGBT más vibrantes del continente, sino que en esencia, la gran mayoría de los habitantes de la pequeña metrópoli son originarios de otro país. En Vancouver existe el barrio chino, pero dentro de él hay una gama de nacionalidades distintas, provenientes de diferentes regiones de ese país. Lo mismo sucede con los indios que vienen de Punjab, o de Delhi. Existe, en menor proporción, una comunidad alemana, una italiana, una latina. Ser “vancouverite” es ser parte de una aldea global.
Al mismo tiempo, existe en Vancouver un profundo sentido de gratitud. La mayor parte de los habitantes, también, llegó al noroeste pacífico en busca de mejores oportunidades. La ciudad los acogió; a muchos les dio un empleo, una familia, un hogar, les dio paz.
Por eso, en la ciudad de Vancouver existe una simbiosis entre la pluralidad y lo común. Y por eso mismo también, la palabra “tolerancia” es completamente ajena al diccionario urbano.
Tolerancia presupone un conflicto existente; un choque entre dos maneras de pensar o de ser. El concepto es casi una mordaza, una obligación, un deber. Ser tolerante, más que una convicción, es políticamente correcto. Te tolero porque no me queda de otra. Te tolero porque soy civilizado, porque soy sofisticado. Te tolero porque demuestro que aunque no estoy de acuerdo contigo, te acepto.
Para los Vancouverites, la construcción de lo común no se basa en tolerar sino en celebrar la riqueza que la sociedad tiene por ser diversa. Los sabores más suculentos que le da la pluralidad no son solamente bienvenidos, sino promovidos. En Vancouver los niños aprenden, desde los primeros años, a ser curiosos sobre las diferencias; a absorber lo que no es como yo para ser una persona más integral. A admirar lo que no me es propio, conocido o tradicional.
Si yo había venido promoviendo, en mi propio país, que toleráramos las diferencias “a pesar de”, para Vancouver se trataba más bien de una fiesta de colores, sabores, etnias y creencias, en la que se conjuga el bien común.
Desde hace relativamente poco, el debate del matrimonio entre personas del mismo sexo hizo un viraje en ese sentido.
Por décadas, los defensores de esa causa lucharon en pro de la tolerancia. No se trataba de que me aceptaras, sino que toleraras como soy; te guste o no, tienes que hacerlo porque es una sociedad de derechos entre iguales. El discurso era combativo y no permitía que sus detractores se sumaran a la causa; era un juego de suma cero en el que solamente una parte podía salir triunfante.
En los últimos años, la retórica cambió y se acuñó el término “matrimonio igualitario”. Con esta nueva línea discursiva, el matrimonio no es heterosexual u homosexual, sino simplemente matrimonio, y como cualquier acto civil, es un derecho universal del ciudadano. Reformar la ley no se trata, en ese sentido, de añadir a ella una “aberración en contra de la moral”, o de las buenas tradiciones familiares. Es más bien eliminar restricciones y ampliar un concepto para que toda la sociedad pueda gozar de los mismos derechos.
El matrimonio igualitario no debe buscar pues, pasar de la discriminación a la tolerancia, sino transitar hacia la celebración de la diversidad; una que además es latente, evidente y vigente.
Se trata entonces de luchar por un cambio de semiótica que suponga, no la derrota del discurso conservador, tradicional o religioso, sino la integración de éste con otros también existentes y que si bien son opuestos, pueden coexistir en una sociedad plural.
* Daniel Berezowsky es Licenciado en Ciencias Política, especializado en comunicación política y análisis de discurso. Su experiencia incluye el Poder Legislativo, la Administración Pública Federal, la prensa escrita y el cine.