Animal Político · 1 de octubre de 2026
Por Emilio Gutiérrez*
La fecundidad en México ha caído más rápido de lo que se anticipaba. Según la ENADID del INEGI, la tasa global de fecundidad bajó de 2.1 hijos por mujer en 2018 a 1.6 en 2023: en cinco años, el país pasó de estar alrededor del nivel de reemplazo a quedar claramente por debajo de él. La discusión sobre este dato se ha centrado en los riesgos que implica hacia el futuro, como la presión que el envejecimiento puede ejercer sobre el sistema de pensiones. Este texto propone que miremos también hacia el presente, pues la caída en la fecundidad puede estar trayendo consigo beneficios importantes.
Entre 2016 y 2024, la proporción de la población en pobreza por ingresos bajó de 50.8% a 35.4%. La discusión sobre las causas de esta caída se ha concentrado, con razón, en el salario mínimo, el mercado laboral y los programas sociales.
¿Es posible que el cambio demográfico haya contribuido a esta caída?
Hay muchas vías por las que la fecundidad y la pobreza se relacionan. En este texto me enfoco en dos, ambas mecánicas, relacionadas con el hecho de que en México (y en muchos otros países del mundo) la pobreza por ingresos se mide a partir de un cociente: el ingreso de cada hogar dividido entre su número de adultos equivalentes. Si ese ingreso por adulto equivalente queda por debajo de la línea de pobreza, quienes viven en el hogar se cuentan como pobres.
La primera vía opera sobre el denominador de este cociente: menos nacimientos significan menos adultos equivalentes entre quienes repartir el ingreso. Entre 2016 y 2024, la proporción de hogares sin menores de 15 años subió de 46% a 56%, y la de hogares con tres o más bajó de 11% a 7% (Figura 1, panel A). En 2016, el ingreso mensual de los hogares sin niños era apenas 26% mayor que el de los hogares con tres o más (15,000 contra 11,900 pesos), pero su ingreso por adulto equivalente era casi tres veces mayor (6,200 contra 2,300).
La segunda opera sobre el numerador, aunque en una dirección menos clara (panel B): entre 2016 y 2024 aumentó la proporción de hogares encabezados por personas de 60 a 69 años, que tienen los ingresos más altos, pero también la de hogares con jefes de 70 años o más, que tienen ingresos menores.

Para ilustrar la posible contribución de estos canales, agrupo a los hogares en celdas de hogares comparables: misma región, tipo de localidad (rural o urbana), quintil de ingreso dentro de su región y tipo de localidad, grupo de edad de su jefe (o jefa) y número de adultos. En cada ronda de la ENIGH, el número de niños varía tanto entre hogares de una misma celda como entre celdas. Además, de una ronda a otra cambia el peso relativo de cada celda en el total de hogares.
El primer ajuste modifica solo el denominador: dentro de cada celda y en cada año, cada hogar recibe el número de niños del hogar de 2016 que ocupaba su misma posición en la distribución de niños. Así, esa distribución pasa a ser la de 2016, sin cambiar el ingreso de los hogares ni el peso de las celdas. El segundo ajuste, además, le da a cada celda el peso que tenía en 2016, con lo que captura el envejecimiento (y otros cambios demográficos).
Si en 2024 los hogares hubieran tenido la distribución de niños de 2016, la pobreza por ingresos habría sido de 37.7%: 2.4 puntos porcentuales más que la observada (Figura 2, barras azules). Esa diferencia equivale a cerca de 15% de la caída entre 2016 y 2024 (intervalo de confianza de 12% a 18%). En la pobreza extrema por ingresos, la diferencia es de unos 0.7 puntos, cerca de 12% de la caída, aunque con más incertidumbre (de 5% a 17%).
Las barras naranjas muestran la contribución (adicional) del segundo ajuste. Al sumar ambos ajustes, la diferencia llega a 2.9 puntos en la pobreza por ingresos, alrededor de 19% de la caída (de 15% a 22%), y a 0.9 puntos en la pobreza extrema, cerca de 16% (de 9% a 22%).

Nada de esto significa que la reducción de la pobreza sea un espejismo. Un hogar que reparte el mismo ingreso entre menos personas vive mejor, y las cifras de pobreza reflejan esa mejora. Lo que muestra el ejercicio es que una parte de la caída reciente puede reproducirse solo con cambiar la composición demográfica de los hogares, sin modificar sus ingresos.
Como referencia, un ejercicio reciente de la CONASAMI, realizado por Luis Munguía, estima que los aumentos al salario mínimo explican cerca de la mitad de la caída de la pobreza entre 2018 y 2024. Si bien el cambio demográfico no parece ser la fuerza principal detrás de las disminuciones en las cifras de pobreza, su contribución tampoco es menor.
Las estimaciones que presento en este texto descansan en varios supuestos, pero ilustran algo importante: mientras la fecundidad siga baja y la población siga envejeciendo, las cifras de pobreza pueden moverse por razones que no tienen que ver con el ingreso de los hogares ni con políticas públicas específicas. Vale la pena estudiar mejor cuánto contribuye la demografía a la evolución de la pobreza.
*Emilio Gutiérrez (@emiliogf) es doctor en Economía por Brown University y profesor numerario del Departamento de Economía del ITAM. Se especializa en investigación aplicada a temas de economía del desarrollo, salud, género y medio ambiente.