Redacción Animal Político · 12 de diciembre de 2025
Eran las 12:38 a.m. del 25 de noviembre de 2025. Hacía frío. Habíamos cenado sándwiches por enésima vez en la semana; el cansancio se hacía presente en nuestros rostros, cuerpos y pensamientos. Pero lo habíamos logrado: terminamos el Mural Vida para Todas, en memoria de 25 víctimas de feminicidio.
Llevábamos casi un mes organizando todo. Cerca de dos semanas acudiendo a la Ayudantía para pintar todos los días, de las 12 a las 7 p.m., aproximadamente. Llegaba a casa agotada: preparaba la comida del día siguiente, dormía poco, gestionaba donaciones, llevaba y traía materiales, organizaba la logística para la marcha. Todo bajo la presión de sentir que no alcanzaríamos a terminar, con remolinos de emociones que iban y venían.
Y cuando por fin dimos el último pincelazo, sentí felicidad. Vi a las artistas y compañeras que pintaron sonreír también. Nos reíamos… hasta que de pronto una tristeza profunda me invadió.
Era el cansancio extremo. Ese frío en el alma que se siente frente a la impunidad, frente a la injusticia.
En esa pared están los rostros de 25 mujeres que hoy están muertas porque un hombre decidió apagar sus sonrisas, sus suspiros, la luz en sus ojos, sus sueños y esperanzas. En los colores brillantes, las flores, las mariposas, los colibríes, los gatitos; en cada rincón del azul del cielo y del río que atraviesa de extremo a extremo el mural, se alberga el dolor de una herida abierta y purulenta en México: el feminicidio.
Estábamos felices porque, con cada donación y con cada persona que pintó, logramos transformar el dolor y el miedo en color, en vida y en rabia. Dejamos en la historia de esa pared, en el paisaje visual del poblado de Tlaltenango, un vestigio colectivo y vibrante que será recordatorio permanente de la exigencia de justicia por los miles de feminicidios.
“Hay cosas que solo se sanan en grupo, en colectividad”, me recordó Susi, una de las mamás víctimas indirectas, mientras pintábamos. Y es cierto: el daño es tanto, tan extendido y tan prolongado en el tiempo, que solo puede enfrentarse juntas, mirándose y reconociéndose en las otras, escuchando a las otras lo que quizá alguna no se atreve a decir, sosteniéndose de la mano cuando ya no hay fuerzas.
La reparación simbólica es necesariamente colectiva, porque reconoce que el daño trasciende las individualidades y repercute en toda la comunidad.
El mural fue impulsado por la Colectiva Vida para Todas, integrada por mamás víctimas indirectas de feminicidio que, aunque nació en Morelos, hoy reúne a madres de varios estados del país. El colectivo lleva ese nombre porque fue la frase que amigas, compañeras y colegas de Mafer, activista en Morelos, asesinada el 22 de diciembre de 2023, construimos para darle voz a nuestro sentir.
En esa misma pared estuvo, durante dos años, un mural con el rostro de Melani, asesinada el 6 de agosto de 2022, con la leyenda: “Memoria y verdad para todas. #JusticiaParaMelani”. Lo impulsamos con su familia desde la Colectiva Divulvadoras. Hoy, tres años más tarde, desde la inquietud de la Colectiva Resistencia Feminista Yautepec, el cobijo de Existimos porque resistimos y de Divulvadoras, y con el corazón de todas las mamás de Vida para Todas, logramos plasmar la memoria de 25 mujeres este 25 de noviembre de 2025.
Una vez más, la sociedad civil organizada consiguió restituir la dignidad y preservar la memoria de 25 mujeres, cuyos asesinatos fueron, en muchas ocasiones, justificados y revictimizados por autoridades.
En México se habla de cerca de 10 mujeres asesinadas cada día. En Morelos suman 100 feminicidios en lo que va del año. El estado sigue en el primer lugar nacional con mayor tasa de feminicidio, según datos del Secretariado Ejecutivo Nacional de Seguridad Pública en su informe de incidencia delictiva.
Las acompañantes de víctimas hemos sido clave en este proceso de lucha. Cabe recordar que en los noventa, en Ciudad Juárez, fueron las colectivas feministas quienes nombraron y visibilizaron por primera vez los asesinatos de mujeres y acompañaron a las madres víctimas indirectas y a las buscadoras.
En México, la lucha de las víctimas tiene rostro de mujer: madres buscadoras; madres, hermanas, hijas, nietas y abuelas que buscan justicia por feminicidio, homicidios, otros delitos graves y violaciones a derechos humanos. No solo las labores de cuidado recaen en las mujeres, también las de la búsqueda de justicia.
El acompañamiento a víctimas ha sido crucial. La visión integral que hemos construido desde la sociedad civil es digna de incorporarse a las políticas públicas. Existe una enorme diversidad de colectivas y organizaciones que acompañan, y no hay recetas infalibles.
Desde mi experiencia como acompañante, he aprendido mucho de otras feministas que también acompañan. He aprendido la importancia de devolver el poder que la violencia arrebata: mediante la escucha, la información, el apoyo para que las mujeres reconozcan o fortalezcan su red, para que definan sus prioridades. La violencia es tan abrumadora que desdibuja necesidades, despersonaliza y roba la identidad. En el acompañamiento existe la posibilidad de un proceso de resiliencia, de ofrecer caminos que permitan transitar el dolor, la pérdida y la rabia, y continuar con la vida.
Lo más duro como acompañante es sostener las propias esperanzas y las de las otras. Y surgen preguntas, pendientes, retos: ¿quién sostiene a quienes acompañamos, a quienes cubrimos un vacío institucional?
La visión punitivista de justicia, y haber depositado nuestras esperanzas en el aumento de delitos y penas, no solo ha hecho que el sistema penal nos falle, también queda en deuda con las víctimas. Nos ha distraído de la importancia de la reparación simbólica, de la centralidad de la prevención, de la urgencia de que los hombres asuman su responsabilidad en el ejercicio de la violencia contra las mujeres, reconozcan el machismo que reproducen y actúen para detenerlo.
El punitivismo ha definido la justicia como sinónimo de castigo y no como posibilidad de reparar y transformar. Ese es el reto mayor: para todas, para el Estado, para las leyes y para los tres niveles de gobierno.
* Andrea Acevedo García es activista feminista, acompañante de víctimas. Galardonada con la Presea Xochiquetzalli 2025.