Las renovables avanzan, pero el verdadero reto ahora es el gas

Jorge Avila · 1 de mayo de 2026

Las renovables avanzan, pero el verdadero reto ahora es el gas

Por Iván García Kerdan
Investigador y director de la Escuela de Ingeniería y Ciencias del Tecnológico de Monterrey Campus Santa Fe, y Climate Fellow de la Universidad de Yale

El sistema energético global acaba de cruzar un umbral histórico. En 2025, las energías renovables superaron al carbón en la generación de electricidad por primera vez en más de un siglo. Alcanzaron el 33.8% del total, mientras que el carbón cayó al 33%.

Pero el dato más relevante no es solo ese. De acuerdo con Ember (think tank internacional especializado en análisis de sistemas eléctricos y transición energética), el 43% de la electricidad mundial ya proviene de fuentes limpias (incluyendo a la nuclear), en un contexto donde la energía solar creció cerca de un 30% y la energía eólica más de un 8% en un solo año. No se trata solo de crecimiento: por primera vez, la generación fósil global cayó ligeramente (-0.2%) como resultado de un cambio estructural, no de una crisis.

La escala del cambio es clara. Solo la energía solar creció 636 TWh en un año, consolidándose como el principal motor del sistema eléctrico global. Junto con la eólica, cubrió prácticamente todo el crecimiento de la demanda. Al mismo tiempo, el almacenamiento en baterías redujo sus costos cerca de un 45%, facilitando una mayor integración de energías limpias.

El mensaje es contundente: la transición energética ya está en marcha. Pero sigue siendo incompleta. El carbón no ha desaparecido. Sigue siendo la mayor fuente individual de electricidad a nivel global. Lo que ha cambiado no es su peso absoluto, sino su tendencia.

Y en ese espacio de transición, el gas natural ha consolidado su papel. En 2025, fue el único combustible fósil cuya generación aumentó, aunque marginalmente. Su flexibilidad y menores emisiones lo han convertido en el soporte operativo de los sistemas eléctricos modernos.

México refleja bien esta lógica. El país ya vivió su transición… hacia el gas. Hoy, cerca del 60% de la electricidad se genera con este combustible, mientras que las energías limpias rondan el 30% y el carbón queda por debajo del 10%. Este cambio fue necesario. Permitió reducir emisiones y modernizar el sistema. Pero también generó una nueva dependencia: cerca del 70% del gas consumido en México es importado, principalmente desde Estados Unidos.

En respuesta, se plantean estrategias para fortalecer la seguridad energética: más infraestructura, almacenamiento e incluso el desarrollo de recursos nacionales mediante fracking. Y aquí surge la tensión. El fracking podría reducir la dependencia externa, pero implica costos ambientales relevantes —uso intensivo de agua, emisiones de metano e impactos locales— y consolida inversiones de largo plazo en un combustible cuyo papel debería ser transitorio.

El debate, entonces, ya no es solo energético. Es estratégico. El gas ha sido —y sigue siendo— un facilitador de la transición. Pero no puede ser el destino final. El contexto tecnológico está cambiando rápidamente. La combinación de energías renovables, almacenamiento y electrificación está reduciendo la necesidad estructural del gas.

Lo que antes era indispensable como respaldo, hoy empieza a ser sustituible. Para México, esto representa una decisión de fondo. ¿Profundizar un modelo basado en gas o acelerar la transición hacia uno centrado en electricidad limpia? Porque el riesgo no está en usar gas como puente. Está en construir un sistema que dependa de él más tiempo del necesario.

Hoy celebramos que las renovables han superado al carbón a nivel mundial. Pero el verdadero indicador de éxito será otro: qué tan rápido logramos que, también en países como México, las energías limpias dejen de necesitar al gas como eje del sistema. Ahí es donde comienza, realmente, la descarbonización profunda.