msfmexico · 17 de noviembre de 2011

Daniel tiene 29 años, es “chilango” y estudió en la Facultad de Medicina de la UNAM (2000-2006) la carrera de Médico Cirujano. Hoy, para los lectores de Animal Político, nos relata tres experiencias en el terreno junto a MSF.
“Como preámbulo significativo les cuento que viví en Francia varios años y crecí en medio de una cultura donde MSF es un referente importante… Recuerdo que desde pequeño quería ser veterinario, pero no cualquiera, un veterinario ¡SIN FRONTERAS! Al igual que mis padres, desarrollé una gran pasión por las causas sociales y los viajes largos, lejos, a rincones perdidos. Como médico hice mi servicio social en zona rural y luego, apliqué inmediatamente a MSF… Sin ningún plan B… Me aceptaron y, en muy poco tiempo, propusieron mi primera “misión”.
Colombia, zona de guerra
Mi primera misión fue en Colombia, en el 2007 (MSF). Atendíamos proyectos que consistían en la atención a víctimas del conflicto armado con un enfoque especial en salud mental y víctimas de violencia sexual. Mi puesto fue de Jefe de equipo y médico de terreno.
Trabajábamos con Clínicas móviles que se desplazaban en las regiones de los estados de Tolima y Huila con varios vehículos, previa monitorización de eventos violentos que habían sucedido contra la población civil por parte de alguno de los innumerables grupos armados oficiales (o no) del conflicto.
Fue una misión muy importante para mí… Con mucho trabajo médico, muchas enfermedades tropicales, y padecimientos psicosomáticos… En estas zonas de guerra, en la mitad del bosque, TODO MUNDO sufría de dolores de cabeza, presión alta, alcoholismo y depresión…
Después de esta primera misión decidí hacer una especialidad en Pediatría, porque me encanta trabajar con niños y porque pensé que sería lo más útil para regresar con MSF… Y mi servicio social de pediatría lo hice lo más lejos posible, en Chiapas…
A principios del 2011 presenté mi examen profesional y en menos de lo que esperaba, ya tenía un ofrecimiento de nueva misión con MSF…

Níger, la vida en los CRENIs
Mi misión en Níger fue corta, apenas 4 meses. Primera experiencia en África, primera experiencia en un país musulmán, primera experiencia como pediatra diplomado… Me tocó trabajar en uno de los centros de atención a niños con desnutrición severa aguda, llamados CRENI, en el famoso Hospital Chare Zamna en la ciudad Zinder, al suroeste.
Este lugar, famoso en todo el país, fue alguna vez el mayor CRENI del país y probablemente del mundo, en los peores momentos del 2008 recibió hasta 500 niños al mismo tiempo. El proyecto llegó a su ocaso, y a mí me tocó un periodo muy interesante de transición; el traspaso definitivo de las instalaciones recién terminadas del nuevo centro de atención para niños con desnutrición construido y financiado integralmente por MSF, a las autoridades y al personal de salud del gobierno Nigerino. Fue una transición no carente de dificultades, llena de desafíos por cuestiones financieras, logísticas, y de recursos humanos, pero creo que ha sido un éxito hasta el momento.
Mi trabajo era sencillo pero duro, responsable del área de cuidados intensivos del hospital: 40 camitas para los niños que llegaban en el estado más crítico que yo he visto en mi corta experiencia como médico y pediatra. El personal de enfermería está bastante entrenado, lo cual facilitaba mi trabajo. Sin embargo, muchos malos hábitos se encontraban cimentados en la rutina diaria (como guardar los refrescos en el refri de las vacunas, no lavarse las manos, la falta de supervisión de procedimientos de rutina).
Toda esta gente está ávida de información, de conocimiento, de formación continua de habilidades. Las enfermedades más frecuentes en Níger son desnutrición más cualquiera de las siguientes: infecciones digestivas, infecciones respiratorias, malaria, VIH, TB.
En Níger yo lograba mantenerme en equilibrio mental mediante el establecimiento de un orden de vida muy estricto, con ejercicio diario (con videos), una siestecita, preparación de clases, lectura compulsiva y la escritura.

Chad, abierto todo el día
Repentinamente, cuando la vida parecía estar tomando un ritmo casi “normal”, me llamaron de MSF para proponerme un cambio de rumbo… El Chad… Yo dije: Suena interesante ¿para cuando? ¡Para ayer!
Y en menos de lo que organizaba mis pocas chivas, pocos días después, estaba en N’djamena… En Chad, me tocaría trabajar de nuevo en un hospital para niños con desnutrición severa agudizada. Sin embargo había varias diferencias sustanciales. Este era un proyecto relativamente nuevo, con personal médico y de enfermería con pocos conocimientos y bases sobre los protocolos de atención MSF. Era una zona mucho más marginal, rural, con una diversidad cultural y lingüística impresionante. Mi puesto era muy diferente, ahora era el RMC, o Responsable Médico del Hospital. Me tocaría ser el jefe de un hospital que empleaba a más de 100 personas y atendía a cerca de 120 niños. ¡Que miedo!
La casa donde vivíamos estaba dentro del hospital, eran cuartos de paja, con ducha compartida en el jardín, las letrinas y las gallinas en el patio. Y un gato para cazar a las abundantes ratas. Aislamiento total. El ritmo de trabajo era muy distinto: no había tiempo de siestas, de fines de semana, de pausas, de orden, de ejercicio. El estar siempre disponible a 20 metros del hospital tiene la funesta y lógica consecuencia: la de estar SIEMPRE DISPONIBLE, todos los días, las 24 horas. En general me gustó mucho más mi trabajo en el Chad, me sentí mucho más útil aunque el agotamiento llegó rápido.
Cuando leas este relato estaré de vuelta en África, en el campo de refugiados más grande del mundo atendiendo la crisis de los desplazados somalíes en Dadaab, Kenia.