Alejandro Martí · 7 de diciembre de 2010
Sin duda y a nuestro pesar, hoy vivimos la era de la decepción ciudadana caracterizada por la distancia abismal del Estado hacia su pueblo. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que existen dos “Méxicos”: el que conciben los políticos –marcado por los privilegios de la clase política– y el que viven cotidianamente los mexicanos, el cual se distingue por la pobreza, la desigualdad y los altos niveles de delincuencia.
México enfrenta paulatinamente la erosión de la credibilidad y eficacia de algunas de sus instituciones de seguridad pública y de procuración de justicia lo cual, como resultado de los altos índices delincuenciales, pareciera inevitable; no obstante, y lo que es más preocupante, es que este desgaste se ha extendido a las instituciones relacionadas con la educación.
Sin un sistema educativo fuerte poco tendremos que ofrecerles a nuestros jóvenes como alternativa para no enrolarse en las filas del narcotráfico.
Con este preocupante escenario llegamos a los 200 años de nuestra independencia y a los 100 años de la Revolución. Y no cabe duda que México tiene y ha tenido cosas maravillosas que la han hecho una gran Nación, pero tenemos que aceptar que requerimos de las reformas necesarias para liberar su potencial.
No podemos declararnos incapaces de arribar a acuerdos para lograr una verdadera reforma política que privilegie la funcionalidad del país y el procesamiento de los desacuerdos por medio de instituciones verdaderamente democráticas. Pero como sociedad, tampoco podemos permitir que los actores políticos no hagan a un lado sus intereses de poder para darle a México una necesaria y urgente Reforma Fiscal, que fomente la economía en áreas prioritarias como lo son las regiones más pobre, generando así las bases para la reducción de la pobreza en la que se encuentra el 52 por ciento de la población.
Dentro de esa incapacidad de nuestra clase política para darle a México las reformas que requiere, debe mencionarse la relacionada con lo penal. La disyuntiva es clara: o nos reinventamos con profundo y genuino interés por México y su pueblo, o nos quedamos con el ancestral país de los rezagos, de los privilegios grotescos, de la delincuencia sin freno y de la impunidad. México no lo merece.
Reinventarnos es el camino. Hacerlo en todos los renglones de nuestra vida: formas de pensar, formas de entender la disputa política y los desacuerdos, romper paradigmas y hacer política limpia. El único partido es México.