blogeditor · 16 de febrero de 2022
Esta semana regresamos a clases presenciales. Diría “por ahora”, pero me gusta pensar que la incertidumbre es también posibilidad. Algunos me dirán ingenua, pero tengo derecho a militar por el día presente. Sobre todo porque esta semana ha significado un redescubrimiento de mi labor docente.
Desde el domingo sentí que la vieja normalidad pasaba a ser una nueva “nueva normalidad”. Tocó reformular dinámicas de la casa porque los cuidados necesitan reacomodarse al post home office. Adiós a mis jornadas laborales en chanclas o descalza. No tan feliz reencuentro con volver a cocinar el almuerzo durante las noches. Pero así es esto. Toca reaprender algunas de las cosas que ahora son familiarmente ajenas. No importa. No es momento de escatimar en costos.
Pude volver a ver mis alumnas y a mis alumnos. O al menos a la mitad de sus caras. Saludaba a quienes, luego caía en cuenta, les había dado clase, pero jamás les había visto presencialmente. No obstante, lo que más me ha sorprendido de estos días ha sido darme cuenta de que no eran las mismas personas. Lo son, pero parecen otras. Se les ve más participativos y cargados de energía, a pesar de que se encuentran en su segunda semana de exámenes -incluyendo el mío, que lo presentan este jueves-. Ni hablar de lo que sentí al verles hablar entre sí y convivir en pasillos. Después de meses de solo tener deberes universitarios hoy vuelven a tener una vida universitaria.
En carne propia sé que estos semestres online no son fáciles tampoco para el profesorado. También nos estresamos, también sufrimos agotamiento por Zoom, también extrañamos esa energía que solo se recibe en el espacio educativo. No quiero invisibilizar eso que pasamos en lo general y desde cada individualidad, pero estos días me han hecho confirmar que uno de nuestros deberes es velar por la salud mental de nuestras alumnas y nuestros alumnos, con lo poco o mucho que esté en nuestras manos.
No he terminado de entender cómo y hasta qué punto podemos incidir en ella, pero me queda claro que no podemos ser indiferentes. La formación universitaria no solo nos da conocimiento y habilidades jurídicas -en el caso del lugar donde doy clases- sino que permite vínculos, cuidados y espacios para el crecimiento de la personalidad. No ejercer el título obtenido no es un desperdicio, porque siempre algo queda que cambia la trayectoria de una vida.
Las aulas también son espacios para el apoyo mutuo y el ejercicio de cuidados entre semejantes. Esas posibilidades suelen ser desperdiciadas en la educación jurídica. Creo que ahí puede estar la clave para que formemos abogadas y abogados que vean el derecho no como un medio para el ejercicio del poder sobre los otros, sino como un camino para el entendimiento.
Hoy un exalumno, como suele hacerlo, se me acercó en pasillos para hablarme de rock argentino. Según él, Seru Girán es mejor que Sui Generis. Unas alumnas me acompañaron saliendo del salón para recomendarme series y explicarme la euforia por Euphoria. No me convencieron ni de Seru Girán, ni de Euphoria, pero los pasillos son también aulas para lo que el derecho no puede explicarnos. Son espacios para aprender a construir nuevas relaciones entre colegas. Más humanas, menos jerárquicas.
Sí, escribo esto conmovida y emocionada de regresar a clases presenciales. Qué le voy a hacer. Si el mayor privilegio laboral es que tu chamba te provoque cursilerías como estas. No es queja.