Herminia Miranda · 14 de noviembre de 2024
Vivimos en una era en la que los juicios se construyen en tiempo real y los veredictos se exponen en redes sociales antes que en las instituciones. La viralidad de la justicia revela mucho sobre cómo la concebimos hoy en día, incluidos sus riesgos. Al observar algunos casos en tendencia, podemos notar tres premisas que evidencian nuestro vínculo con la justicia:
Estas tres premisas reflejan como la valoración de la justicia se transforma en un evento mediático donde el morbo, la rapidez y el castigo prevalecen sobre la imparcialidad, la reparación y la equidad. Para entender mejor cómo se percibe la justicia en el contexto mexicano, resulta útil revisar los siguientes términos:

En México, la búsqueda e incluso la misma percepción e ideas en torno a la Justicia, se ha vuelto algo distante o inalcanzable para la mayoría. La frase popular “la justicia o se hereda o se compra” ayuda a resumir una sensación generalizada de desconfianza hacia un sistema de procuración de justicia abstracto, incomprensible u opaco, que además se percibe como ineficaz, lento y corrupto al servicio de los segmentos con mayor poder. En este sentido, la corrupción, pero sobre todo la sensación de impunidad rampante (“pocos que lo merezcan reciben un justo castigo”), hace que tales percepciones sobre la justicia no sean del todo infundadas, lo que ciertamente ha ido minando la confianza de la ciudadanía en general, hacia las instituciones y actores encargados de velar por el cumplimiento de la Ley.
La justicia es un derecho fundamental y una especie de “pilar” que sostiene a toda sociedad democrática, esto choca de frente con la realidad mexicana: además de la corrupción y la impunidad, es preciso poner en la mesa el entorpecimiento y/o lentitud de los procesos judiciales, como serios obstáculos que impiden a muchas personas acceder eficazmente a la justicia; sin mencionar factores como la revictimización, la discriminación y otras dinámicas de exclusión social. Por último, a esta percepción generalizada podemos sumar la desigualdad social reflejada en una instrumentalización de la justicia en la que aquellos que gozan con mayores recursos económicos y/o influencia y conexiones políticas, suelen tener mucho mejores posibilidades de que las leyes, normas y regulaciones favorezcan sus intereses.
Hablando entonces desde el mundo de la percepción y de las representaciones que una sociedad va construyendo en el tiempo para explicarse a sí misma la vida diaria, estamos en condiciones de comprender cómo es que esta “brecha” entre la justicia como ideal y justicia en la realidad que viven miles de mexicanos todos los días, implicaría varias consecuencias para el tejido social.
Por ejemplo, una percepción de la justicia que la coloca como si fuese un bien o un beneficio escaso, y más que nada como algo que es negociable/adquirible [no garantizado por el Estado], tiene consecuencias a la larga devastadoras para cualquier sociedad –recordando que la desigualdad y la exclusión impactan más intensamente los segmentos vulnerados en la población. Para el caso de México, la desconfianza y el “fomento involuntario” de la violencia, la criminalidad, y especialmente la indefensión aprendida hacia la impunidad como un problema insuperable, ha venido creando una especie de círculo vicioso que dificulta avanzar en la construcción de sociedades más igualitarias y justas. Incluso en términos emocionales los sentimientos de frustración, ira, agravio, indolencia, etc., pueden llevar a manifestaciones de diversa índole; desde el involucramiento cívico o la protesta social en el mejor de los casos, hasta la participación en grupos delictivos, y en general una tolerancia y legitimación crecientes hacia distintos niveles de actitudes o comportamientos abiertamente ilícitos (“Si todos lo hacen y no hay consecuencias, por qué yo no”).
La justicia sigue siendo una deuda pendiente y el diálogo es un paso necesario para seguir exigiendo un sistema más equitativo y transparente para todos. ¡Nos leemos en la segunda parte!
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