blogeditor · 18 de junio de 2015
Por: Carlos De la Rosa (@delarosacarlos) y Paulina Sánchez (@pausanchez004)
Estamos exactamente a 365 días de que concluya el plazo de 8 años establecido para transitar hacia un sistema de justicia penal de tipo acusatorio. Durante casi una década una cantidad considerable de recursos, tanto humanos como financieros, se han invertido para lograr una ambiciosa meta: desarrollar un sistema de justicia eficiente, transparente y respetuoso de los derechos humanos. En este contexto, es pertinente preguntar ¿cómo vamos? y realizar un corte de caja para analizar el punto en el que nos encontramos. A continuación algunos datos sobre el escenario actual en distintos ámbitos estratégicos:
Operación
Normatividad
Recursos financieros
Capacitación
[contextly_sidebar id=”nqfVsUHxdRhqXnqzvRvgiA0T9getnt8g”]El conjunto de puntos mencionados nos llevan a un escenario global en el cual 6 de cada 10 mexicanos ya está cubierto por instituciones operando bajo la lógica del sistema acusatorio. Lo anterior significa una cobertura del 60.4% de la población y del 93.8% del territorio nacional. Sin embargo, los desafíos pendientes no son menores. En particular, queda por resolver los siguientes temas: 1) finalizar la capacitación, con énfasis en las instituciones policiacas y penitenciaras; 2) publicar las leyes nacionales faltantes para establecer el marco legal definitivo de la reforma; 3) consolidar modelos de gestión eficientes y replicables que modifiquen la lógica operativa de las instituciones; 4) desarrollar sistemas informáticos que posibiliten tanto la generación como intercambio de información; 5) concluir los proyectos de infraestructura, y 5) garantizar fuentes de financiamiento que hagan sostenible el cambio en el tiempo.
Si bien el aumento significativo de recursos y la voluntad política parecen respaldar la intención del gobierno para alcanzar la meta, aún existen serias dudas respecto a su viabilidad. En particular la grandes preguntas por contestar son ¿es un cambio de fondo o solo de forma? ¿Los recursos y acciones han ayudado a solventar las asimetrías que existen entre las instituciones de justicia para asegurar que el desempeño de los ministerios públicos, defensores y jueces asegure la igualdad procesal? ¿Con qué calidad se está operando el nuevo sistema acusatorio? ¿Estamos frente a una nueva lógica institucional o nos encontramos frente a los tradicionales hábitos simplemente disfrazados? ¿Ha mejorado la percepción y confianza de la población en las instituciones de justicia? ¿Es de verdad el sistema de procuración e impartición de justicia más eficiente, accesible y transparente? ¿Cuáles son los resultados alcanzados en materia de protección a víctimas y derechos humanos? ¿Qué casos se están resolviendo en juicio oral y qué por mecanismos alternos? ¿Se ha racionalizado el uso de medidas cautelares como la prisión preventiva? y ¿las investigaciones son científicas, confiables y de mayor calidad?
A estas alturas y con tantos temas pendientes, el gran riesgo es asumir que el 18 de junio de 2016 se concluye la transformación institucional. Es necesario dejar de ver junio del próximo año como el final del trayecto y mirarlo como el punto de partida para la consolidación del cambio por vía de un proceso de mejora continua.