¿Por qué vale la pena oponerse a la reforma electoral?

blogeditor · 13 de noviembre de 2022

¿Por qué vale la pena oponerse a la reforma electoral?

Escribimos esto porque estamos enojadas. No solo porque, como explica Nuria en la primera parte de este texto, la reforma electoral propuesta por el partido en el poder nos parece un retroceso democrático, sino también porque, en el contexto político actual, parece imposible quejarnos de ella sin caer en la polarización partidista que tanto el presidente como su oposición han fomentado. Nos negamos a aceptar que pronunciarse en favor de la democracia sea sinónimo de discursos antiderechos, clasistas y/o partidistas, pues nos resulta contradictorio y contraproducente.

Primero, nos parece importante detenernos a reflexionar sobre qué es exactamente la democracia y por qué nos parece que vale la pena protegerla, defenderla y fortalecerla desde la sociedad civil.

Solemos entender la democracia únicamente como el ejercicio de votar. Esto resulta en que sea lógico asumir que la voluntad de la mayoría es siempre en beneficio de la democracia. Pero la democracia no es una dictadura de la mayoría ni un concurso de popularidad, como pudiera parecer a primera vista. De hecho, describirla así se aleja de los principios y valores democráticos que buscamos defender. La libertad, la igualdad, el respeto a las minorías y el respeto a los derechos humanos sientan las bases de la sociedad en la que nos gustaría vivir. Hasta aquí, puede parecer que la democracia (al menos en su teoría) es una utopía, lo cual puede llevarnos rápidamente a la decepción cuando pasamos de la teoría a la práctica.

La realidad es que la democracia es cansada, lenta y no resuelve todos nuestros problemas. Además de que quienes creamos la democracia somos personas y ello nos hace imperfectas, incongruentes y diversas, lo cual crea un caldo de cultivo perfecto para el conflicto. Pero defender la democracia vale la pena porque sus principios y valores habilitan un espacio en donde la diversidad, las diferencias de opinión y la crítica son bienvenidas, donde se escuchan todas las voces; aunque el resultado sea imperfecto; aunque no nos guste porque no sólo refleja nuestra voz; aunque ninguna persona salga del todo satisfecha. Escuchar a las demás personas y acomodar la pluralidad de opiniones es incómodo y nadie sale con la totalidad de sus problemas resueltos. Así se ve en realidad la democracia.

Nuestra democracia podrá ser joven y perfectible, pero es real. Llevamos 25 años construyendo una democracia con avances visibles. La alternancia ha dejado de ser novedad para convertirse en un resultado posible de cualquier elección. Los ejercicios democráticos le han dado vitalidad al debate público, lo cual se ha traducido, entre muchas otras cosas, en múltiples reformas electorales que nos han conducido, para bien y para mal, a donde nos encontramos hoy.

Nosotras no estamos en contra de que se abra el debate sobre cómo transformar nuestra democracia, al contrario. Las discusiones sobre el voto electrónico, los distintos mecanismos de financiamiento a partidos o la pertinencia de una segunda vuelta, por ejemplo, son fundamentales para el fortalecimiento democrático, independientemente de nuestras posturas particulares sobre estos debates. Pero esta iniciativa no fortalece la democracia, esta iniciativa es una simulación. No porque represente la “desaparición del INE”, ni porque “el INE no se toca” (de hecho, pretender que las instituciones se mantengan estáticas frente a un mundo cambiante, es indeseable, además de que la referencia a campañas contra el abuso sexual infantil nos parece desafortunada), y mucho menos porque la democracia pueda desaparecer con una reforma. Como toda buena simulación, el problema con esta iniciativa está en sus cómos. 1

Una de las consecuencias que nos preocupan más de la reforma propuesta es que sesga las reglas del juego para beneficiar al partido que esté en el poder. Esto pone en riesgo la alternancia, reduciendo los incentivos que tienen los partidos para rendir cuentas a la ciudadanía. Si no cumplen sus promesas o no hacen su trabajo, siempre debe existir el riesgo latente de perder el poder. Si la defensa del INE se asocia con el PAN es, en parte, porque ese partido fue la primera minoría que pudo ascender al poder gracias a los cambios en las reglas democráticas. Y democráticamente le quitamos ese poder cuando no nos convenció. Si permitimos que las reglas cambien para entorpecer la alternancia, si algún día Morena deja de convencer a la mayoría, sería mucho más difícil que otras alternativas puedan acceder al poder.

La exigencia desde la ciudadanía para que las personas que nos representan cumplan sus promesas y tenga costos cuando sus decisiones no nos representan, es un pilar indispensable en una sociedad democrática. Hoy, algunos de quienes convocan a la marcha son oposición partidista. Una oposición que, en varios casos, en lugar de priorizar la defensa del INE parece estar priorizando su propio protagonismo. Grupos que en vez de buscar formas de hacer la marcha más incluyente, más diversa y más democrática muestra abiertamente sus posturas antiderechos.

Por otra parte, tenemos a un presidente que ocupa sus espacios diarios en la mañana para desincentivar la libertad de expresión, calificando cualquier crítica a su gobierno como conservadora y elitista. Si bien algunas de las críticas son ciertamente elitistas, criticarlo o no estar de acuerdo con él no es, en sí mismo, conservador y clasista. Si no salimos a quejarnos, si no evidenciamos que hay más de un tipo de crítica a su mandato, permitiremos que nuestra democracia sea cada vez menos plural, menos libre, y más autoritaria.

Como feministas creemos que es indispensable defender nuestra democracia. Defender que sea un sistema que permita la participación de minorías en las discusiones y toma de decisiones políticas, estemos o no de acuerdo con sus posturas. Nos gustaría vivir en un sistema donde el diálogo político fuera más profundo, más diverso y más creativo. Si algo hemos aprendido de la historia de los feminismos es que la hegemonía, provenga o no de buenas intenciones, tiende a favorecer a quienes ya cuentan con poder desde un inicio. Desde los feminismos, nos parece indispensable proteger la participación de las minorías y la rendición de cuentas a la ciudadanía como postura política en pro de la diversidad y de los derechos humanos. Aunque sea incómodo.

A diferencia del poder, la práctica democrática no siempre se siente rico. Nos resulta terriblemente incómodo que el estar en contra de la reforma electoral propuesta por el Ejecutivo nos ponga, aparentemente, del mismo lado de quienes usan el #elINEnosetoca y en las imágenes de otra de las convocatorias a la marcha, por parte de organizaciones de derecha, luzcan un pañuelo azul celeste. 2 Pero más incómodo nos resulta quedarnos calladas. Defender la democracia nos conviene a todas. Defender la democracia implica defender nuestra posibilidad de organizarnos, exigir rendición de cuentas a quienes nos representan y resistir a quienes nos opriman. Coincidir en que es indispensable defender la democracia no nos convierte en aliadas, ni nos adjunta, en automático, a la agenda antiderechos.

Nuestra postura democrática nos obliga a pronunciarnos pública y abiertamente en contra de una reforma que afecta nuestros intereses como ciudadanas. Independientemente de que otros grupos coincidan con esta crítica. En democracia, los debates no deberían pensarse como bandos maniqueos y rígidos. No se trata de estar, sistemáticamente, en favor o en contra de un partido o una figura política. Se trata de defender nuestros ideales y proteger nuestros espacios. Si permitimos que la crítica al poder se convierta en un discurso de buenos contra malos, nos obligaremos cada día más a quedarnos calladas. Y quién se queda callada, no le puede pedir cuentas a nadie.

* Nuria Valenzuela Márquez (@nuriav)  estudió Economía y Ciencia Política. Es cofundadora de Crucigrama. Lorena Elizondo Grediaga (@lorebore) estudió Teatro Educacional. Es cofundadora de Crucigrama.

 

 

1 En la primera parte de este texto Nuria explica qué se propone en la reforma y por qué consideramos que es una simulación.

2 El pañuelo azul celeste representa la postura en contra del aborto, la cual es una postura antiderechos.