Reflexionar el patrimonio cultural desde la ética del espacio

blogeditor · 22 de julio de 2020

A partir de las crisis globales, la (Bio)ética ha cobrado fuerza como una disciplina que trasciende la Filosofía. Esta “ciencia del comportamiento moral de los hombres en sociedad”1, que reflexiona sobre las cuestiones éticas planteadas por las ciencias de la vida, la tecnología y sus aplicaciones, la medicina y las políticas de la salud, sin duda debería relacionarse con cualquier otra disciplina que se jacte de dirigir sus investigaciones al estudio de las relaciones sociales, como, por ejemplo, la Geografía. Esta conjunción entre Geografía y (Bio)Ética permitiría analizar el patrimonio cultural, entendido como el conjunto de bienes, materiales e inmateriales, que son identificados por una sociedad concreta como portadores de valores culturales de la comunidad: la arquitectura, el paisaje, las formas tradicionales de llevar a cabo una actividad económica o incluso actividades recreativas y tradicionales basadas en la explotación animal, como la tauromaquia y la gastronomía, entre otros, desde una perspectiva que permita evaluar su validez y pertinencia en el espacio.

Los bienes patrimoniales –tangibles e intangibles– tienen un alto contenido simbólico que los hace merecedores de una especial protección asociada con su conservación y su valor instrumental(2); también funcionan como evidencia de el modo en el que la sociedad transforma el espacio a través de los cambios de las relaciones sociales en el tiempo. Así se genera una clara dicotomía entre conservarlos para mantener el legado cultural y utilizarlos con fines economicistas, como el turismo y la recreación.

Por un lado, la conservación y el resguardo dictan que el patrimonio no puede ser tocado y definitivamente tampoco utilizado, ya que la mejor forma de conservar para la posteridad un bien material rescatado del pasado es mantenerlo apartado de todo uso en condiciones de aislamiento controlado. La idea es evitar el deterioro que, con el paso del tiempo, regularmente seguirían los hitos o tradiciones que comprende el patrimonio cultural. Hablar del uso del patrimonio entra en contradicción con la conservación, porque el uso más abundante de los recursos patrimoniales se produce en el marco de la pujante industria turística. En el sistema capitalista se mercantilizan las tradiciones y prácticas culturales para deleite de quienes lo pueden pagar, y hay una falsa idea de identificación social a partir de vender el patrimonio con la idea de “lo auténtico” y “lo diferente”.

Esta dicotomía da paso a una problemática ética, porque se genera un escenario en el que la conservación y el uso tienen una serie de claroscuros que impiden evidenciar del todo los pros y los contras de cada uno. Por un lado, la conservación es un constante recordatorio del pasado, en tanto que, por el carácter efímero del patrimonio inmaterial, es difícil mantener estáticas tradiciones y comportamientos de grupos culturales humanos, cuyas expresiones son dinámicas y responden a las necesidades de quien las practica y reproduce. Así, “la conservación permanente e inalterada de un bien cultural inmaterial como patrimonio o riqueza acumulada de una comunidad política […] implicaría que tal elemento patrimonial dejara de ser un elemento cultural significativo para la comunidad cultural que lo ha generado”. Cuando se suma la variable “turismo”, las prácticas culturales no se mantienen inmóviles, pues la actividad tiende a modificar los comportamientos y modos de vida de los individuos integrantes de las comunidades receptoras.

Las cosas no son muy distintas para el caso del patrimonio material. Por un lado, la conservación se restringe para que las características originales de los elementos patrimoniales se mantengan intactos como muestra de la riqueza cultural de una antigua sociedad. Por el otro, el uso de estos hitos resulta en el despojo de la población a la que representa, su desplazamiento y su mercantilización para que los turistas se apropien del patrimonio y vivan los espacios a partir de los imaginarios que se forjan de éste, como en el caso de las aguas termales en Chignahuapan o la creación de áreas naturales protegidas que antes eran de carácter ejidal.

Por todo ello cabe preguntarse: ¿es ético permitir la modificación de estos hitos y prácticas tradicionales con la finalidad de convertirlas en un recurso para el consumo turístico? Generalmente, el valor extrínseco del patrimonio, basado en el desarrollo económico, sobresale por encima del valor cultural y minimiza el reconocimiento y la integración social. Además habría que reflexionar si la mercantilización del patrimonio en verdad es lo que las comunidades necesitan y quiénes son los actores que se benefician al dotarlo de valor económico.

Incorporar la reflexión ética al estudio del espacio social permitiría contestar a estas preguntas desde diferentes perspectivas. En el debate se debe fundamentar el juicio de cuáles son los valores a los que se les debería dar más peso en la conservación y mercantilización del patrimonio, sopesar quiénes son los perjudicados y los beneficiados e incluso proponer soluciones a los problemas que implica dicha mercantilización. Con la reflexión ética se puede aportar un sinnúmero de posibilidades al espectro de verdades que existen en torno al patrimonio y la conservación del ambiente.

* Claudia Valeria Sánchez Molina es estudiante de la Licenciatura en Geografía de la UNAM. Actualmente está desarrollando su investigación de tesis sobre la dinámica turística en San Miguel de Allende, Guanajuato. Sus intereses académicos se enfocan al estudio del patrimonio cultural, la geografía del turismo y la ética en la geografía. Gino Jafet Quintero Venegas es doctor en Geografía por la UNAM con especialidad en Geografía del turismo, Geografía de los animales y con posdoctorado en Bioética. Actualmente es Investigador Asociado “C” del Instituto de Investigaciones Sociales en el área de “espacio social” con la línea de descampesinización y turismo. Además, es profesor de Zoogeografía y de Geografía y Ética en la FFyL.

 

Referencias

1 Sánchez, A. (2015). “Objeto de la ética”, en Ética. Ciudad de México: De Bolsillo. pp. 15-32.

2 Martos, M. (2016). Herramientas para la gestión turística del patrimonio cultural. Manual para gestores culturales. España: Trea.