Tejer redes y herramientas para el trabajo digno de las juventudes

Joel Aguirre · 9 de septiembre de 2026

Tejer redes y herramientas para el trabajo digno de las juventudes

Por Gabriel Adalid Muñoz Plata*

Durante décadas, la narrativa predominante sobre las juventudes en México ha estado atrapada en una mirada adultocentrista. Con frecuencia se nos cataloga como sujetos pasivos a quienes hay que “rescatar” o como figuras con buenas intenciones, pero sin la madurez suficiente para encabezar transformaciones profundas.

Esta perspectiva invisibiliza el conocimiento del territorio, el compromiso socioambiental y la solvencia técnica que miles de jóvenes demuestran a diario al crear sus propias oportunidades de trabajo y abrir camino para sus comunidades.

En mi propia trayectoria, y al momento de fundar Tichi Ná Wes, viví de cerca esta contradicción: contar con ideas sólidas, visión estratégica y proyectos de alto impacto, pero toparme de frente con la falta de legitimidad hacia nuestras capacidades. Las barreras para crecer no provienen de una falta de talento o voluntad; son barreras estructurales. Sin una cultura que reconozca a las personas jóvenes como agentes activos en la toma de decisiones, cualquier intento de movilidad social se vuelve cuesta arriba.

El entusiasmo inicial y los reconocimientos públicos son valiosos, pero no pagan sueldos ni resuelven la complejidad operativa que implica sostener un proyecto. Para que una iniciativa juvenil no muera en el intento, necesita un ADN de sostenibilidad equilibrado en tres dimensiones: económica, operativa y humana.

Emprender o autoemplearse no puede basarse en recetas genéricas

Desde Tichi Ná Wes hemos entendido que democratizar el conocimiento directivo de alto nivel es un acto de justicia. Por ello impulsamos la construcción de una “mochila técnica”: acercar procesos estratégicos y metodologías complejas —habitualmente reservadas para círculos de negocios tradicionales— y aterrizarlas a las realidades y contextos de las juventudes. Emprender o autoemplearse no puede basarse en recetas genéricas; requiere propuestas de valor con una identidad clara, pero lo suficientemente flexibles para responder a las necesidades cambiantes del entorno, garantizando condiciones de trabajo digno y estabilidad para quienes las encabezan y colaboran en ellas.

Esta lucha por trascender la precariedad se vuelve aún más crítica en proyectos de impacto social directo. Un testimonio elocuente de este desafío lo vive Karla González, directora de 21×3, organización enfocada en la independencia de jóvenes con síndrome de Down y con quien hemos caminado de cerca. Karla describe con lucidez que su reto más complejo no ha sido únicamente financiero, sino cultural y estructural: romper la inercia del modelo asistencialista para instaurar uno basado en la autonomía real y la neurocognición.

En un país donde muchas veces se confina a las personas con discapacidad a estancias de cuidado pasivo, apostar por su desarrollo técnico y laboral exige transformar hábitos arraigados en las familias y derribar prejuicios institucionales. A esto se suma el desgaste emocional y humano (burnout) que atraviesan los equipos y las familias cuidadoras, así como las barreras generacionales y de género: liderar transformaciones de fondo siendo mujeres jóvenes demanda redoblar esfuerzos de legitimidad frente a estructuras habituadas a enfoques obsoletos.

Tejer redes intersectoriales, el antídoto frente al desgaste y la precariedad

La experiencia de Karla y la labor que impulsamos en Tichi Ná Wes demuestran una verdad categórica: ningún liderazgo joven escala en aislamiento. El discurso del emprendimiento individualista es una ilusión peligrosa si no cuenta con un anclaje colectivo. Las juventudes somos el resultado del esfuerzo de familias, pares, barrios y comunidades enteras.

Es aquí donde cobra total relevancia la labor colectiva de la Alianza Jóvenes con Trabajo Digno (AJTD). Tejer redes intersectoriales es el único antídoto real frente al desgaste y la precariedad. Cuando la sociedad civil aporta rigor metodológico, las empresas abren oportunidades reales de inclusión económica sin simulación, la academia genera evidencia y los gobiernos facilitan marcos institucionales sólidos, los talentos se potencian sin duplicar costos. Esta articulación actúa como un blindaje: si una puerta se cierra, el proyecto no colapsa, porque está sostenido por un ecosistema corresponsable.

Apostar por el liderazgo juvenil en México no es una concesión bienintencionada ni una medalla honorífica; es una decisión de desarrollo urgente e inaplazable. El llamado para quienes toman decisiones en el sector público y privado es concreto: generemos espacios genuinos de diálogo, escucha activa e inversión en las capacidades técnicas de las juventudes. Cuando el sistema deja de vernos como beneficiarios y nos reconoce como socios estratégicos, la economía y la sociedad se mueven con una fuerza transformadora sin precedentes.

Desde Tichi Ná Wes seguimos apostando por este acompañamiento cercano y por dotar de herramientas a quienes deciden abrir brecha. Invitamos a las y los jóvenes que lideran o sueñan con consolidar sus iniciativas a sumarse a nuestra comunidad y conocer los detalles de nuestra próxima convocatoria a través de nuestras redes sociales en @somos.tichi

El camino del trabajo digno y la sostenibilidad no se recorre a solas; se construye tejiendo red. 

*Gabriel Adalid Muñoz Plata es director de Tichi Ná Wes.

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